NO MAN´S LAND
Peter Werner
¿Qué se puede decir de una película protagonizada por Charlie Sheen y dirigida por un tipo dedicado en cuerpo y alma a la televisión? Pues que en 1987 el cine norteamericano atravesaba una crisis trepidante donde la televisión había devorado la lógica narrativa y estética del celuloide y se había mimetizado como un huésped tóxico en las salas de cine, exhibiendo su banalidad, su casposidad alarmante. Por un momento -hace no tantos años, circa 2018- las series de plataformas dieron la impresión de comer el pastel de un público cada vez más convencido en que las series sustituirían a las películas.

De pronto, el público doméstico se tiraba horas y horas sentado ante la pantalla de su salón tragándose series infinitas, en gran medida deplorables. Vacías. En los años 80' también hubo un boom de lo serial, de las series de policías, de asesinatos, de jungla urbana. El concepto de la ciudad como laberinto, como jaula crecía como decorado colosal ante una demanda de convertir lo cotidiano -lo real- en algo puramente espectacular.
La diferencia con ese germen de los años 80' donde todo valía y los códigos eran abiertos, es en su esencia, la idea de la intimidad como imagen, ¿qué puede y qué no puede mostrarse en una película, en una serie? ¿es el fin de una película la estetización de lo televisivo, de convertir las piedras en oro, lo vulgar en fascinación?
Quizás el concepto de lo cool desarrollado por Tarantino en toda su obra nazca de estas épocas basadas en la pura superficie de lo aparente, donde es más importante ser guay que serlo, donde la forma prima sobre el contenido y donde, sin lugar a dudas, toda imagen se convierte en algo irrisorio, falso, inverosímil.
La utilización de la pantalla como espejo de la egolatría y el dinero, de la traición y el narcisismo llega a su esplendor en este tipo de películas con apariencia seria y profunda pero que esconden simplemente una colección iconográfica de momentos sueltos y fragmentados, cuya conexión genera historias absurdas de tebeos baratos, una especie de serie B que enfatiza el espíritu televisivo impreso en una gran pantalla: un producto disfrazado de film.
Pero como decía el gran Raúl Ruiz, en toda imagen, en todo fotograma -si se mira bien- se condensa toda una película. Y es verdad que este film de Peter Werner es un ejemplo de falsa película comunicante, de falsa mina de ideas. En ella, un espectador del siglo XXI puede reconocer películas posteriores de gran valor como Copland (1997), Arma letal (1987) o Pulp Fiction (1994).
Parece increíble pensar que un engendro como este protagonizado por un actor tan mediocre como Sheen inspire cierto cine posterior, perpetuando una idea del cine negro -de los 40' y 50' hollywoodienses- imposible de resucitar a partir del panóptico televisivo que en aquellos 80' y durante todos los 90' reinó como el gran ojo del gran hermano a través de los que se filtraba la ficción de gran presupuesto y donde degeneraba el imaginario occidental en manos de autores acostumbrados a la pequeña caja tonta.


La liberación de las imágenes con la llegada de Internet y la clara división que marcó el hecho de la deriva de las nuevas plataformas (nuevos estudios) -lo audiovisual y lo Cinematográfico: dos mundos distintos- han ayudado a aclarar el mejunje creado a partir de los 60' donde todo lo filmado parecía ser parte de lo mismo. Hoy día la cantidad de públicos es cada vez más diversa y los géneros y estéticas son más firmes -a pesar de la continua hibridación- y la cultura visual comienza a ser por fin una realidad en unas sociedades guiadas por la imagen en movimiento, aunque aún no sabemos hacia dónde.


Nos sorprenderíamos al estar viendo No man's land y sentir que -en ocasiones, de forma pasajera- visitamos una película e David Lynch, como así mismo cuando vemos una película de Lynch tenemos la sensación de estar en una de Buñuel, ante una película de terror, en un gag cómico de internet o en medio de una escena pornográfica. La mutación fílmica es la manera que el cine ha encontrado para sobrevivir a las constantes invasiones bárbaras venidas desde otros medios que siempre han querido heredar su prestigio, su inequívoca eficacia.

Como versa su propio título Tierra de nadie (No man's land ) es literalmente un lugar en el espacio-tiempo de la cultura de occidente donde la fascinación por la noche, los accidentes de vehículos y los ladrones de coches parecían ser suficiente para firmar un proyecto de millones de dólares que acababa en fiasco. El capitalismo más salvaje y silencioso estaba detrás. La obscenidad baudrillardiana se ejemplifica a la perfección. No se filma un sueño sino una pesadilla. No se prima la calidad sino la baratija que da el pego. Hubo un tiempo en el que el escenario estaba libre y no había dueño o eso parecía. El mundo andaba sin conciencia y se otorgó el poder de la representación a un puñado de realizadores acostumbrados a grabar capítulos de series familiares. El mundo del relativismo era enorme. La ciudad era una jaula. El cine era fastfood.
Hoy la cosa ha cambiado, de hecho, uno de los jóvenes extras de esta película (foto 2) es hoy uno de los actores que reinan en Hollywood.
Los tiempos cambian.
El cine sigue.
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