HITCHCOCK, UNA ENFERMEDAD
VIRUS HITCHCOCK
A Hitchcock le han tildado de todo: desde precursor de la modernidad a fascista encubierto, de ingenioso malabarista a efectista contumaz, de vago psicoanalítico a técnico vacío. Se le quiso encasillar con el sanbenito de mago del suspense cuando en realidad no fue más que un curioso formalista. Para todo artista la forma es lo único importante, la invención de una nueva estructura, de un nuevo juego, el destino último. Hoy que parece que sólo prima el contenido y la moralina, se echa de menos a artesanos como el legendario inglés, bregado en el cine mudo, en la novela negra, en el humor sajón. Su visión abiertamente comercial del negocio de los fantasmas ha creado una falsa imagen de autor frío y distante, de mero especulador de ficciones, de caprichoso chef sin escrúpulos del séptimo arte. Dominar la superficie y el silencio es lo más complicado del arte; caminar entre la realidad y la ficción es un oficio de valientes instintos llevados por una fuerza mayor. Su cine es un puzle preciso, un intento de control del universo: la visión demiúrgica de Hitchcock dotó a sus películas de cierta casposidad clásica mezclada con causticidad y perversiones no confesadas. Su cine era su propio diván -su propia canoa- aunque él proclamaba que sólo era su negocio, su manera de vender entradas.
Quizá eran las dos cosas a la vez.
Su objetivo no fue lo verosímil y desde sus inicios se aferró a lo gótico, a la niebla, al humor cruel, al espionaje. Todo su cine funciona como un enorme Mac Guffin, un señuelo que sus personajes persiguen mientras él construye su película. Los films de Hitchcock son adorables porque en ellos, toda inteligencia está entretenida en descubrir enigmas y pistas que finalmente no llegan a ningún lado. Esa manipulación del tiempo, encapsulándolo en una sola tensión (en un silbido, en una bomba, en una carta...) genera lo hitchconiano, esa zanahoria imaginaria -colgando del palo fílmico que todos siguen hipnotizados- es su clave fundamental, su piedra angular. Su marca de la casa. Pero eso sólo es una herramienta: su verdadero imán como autor reside en que -al ver sus films- nos convierte también en personajes, haciendo inclusiva su ficción: el público puede entrar en la trama e investigar al mismo tiempo que las formas, sintiendo sus mismas emociones y frustraciones.
Se ha escrito mucho sobre Hitchcock y según la época, los críticos se han hecho -más o menos- la picha un lío con su obra; una carrera de cine que ha recorrido más de medio siglo no es moco de pavo. El libro de Trufaut (El cine según Hitchcock, 1966), la biografía de Donald Spotto (El lado oscuro de un genio, 1985) o las monografías de Paul Duncan son algunos de los pilares que han construido la imagen de un cineasta, de una referencia ineludible. Neones verdes, resurrecciones, coches, secuestradores, marginales, traidores y asesinos despiadados se mezclan con cuentos fantásticos y aristócratas locos por descifrar mensajes llenos de inquietud. Su cine es indescifrable porque es una broma infinita, es venenoso pues nos induce a pensar en otra realidad, es eficaz pues sabe que su efecto ilusionista es limitado. No intenta cruzar el umbral del espejo: el arte es diferente de la realidad. Dos cosas. Dos lugares.
En Hitchcock bailan a la vez tres planos dimensionales: el juego de las apariencias (formas), el juego del conocimiento (Mac Guffin), el juego de lo ficcional (Realismo / Irrealismo). Cada una de sus películas acaba en un consenso de imprecisiones, de un árbol de falsas alusiones que hay que recomponer para finalmente claudicar en una solución fingida. Los finales de Hitchcock suelen ser torpes, explicativos y poco brillantes, lo cuál tiene una razón de ser: lo importante es el conjunto, la totalidad. Al final el truco no debe ser la guinda. Si toda la función del film se basase en averiguar quién es el asesino, esa ficción estaría condenada a un solo visionado, a una sola experiencia; caso muy extendido en el fastfoodmovie de hoy.
La película para Hitchcock es un océano de falsedades y deseos vinculados al mundo de las identidades (tan acusado hoy día también) donde todo parece mutable, máscara vil. En su filmografía existe una explícita reflexión sobre el mal innato, sobre el color, una insistente fascinación sobre la densidad existencial -intangible-, una divagación sobre el tiempo, una lección sobre el poder del encuadre -del acto fotográfico- y una inquietante cuestión en torno a la ontología amorosa -¿amar o ser amado?-.
Es cierto que Alfred Hitchcock fue una persona peculiar llena de frustraciones y represiones, es cierto además que el cine funcionó como su personal válvula de escape -además de la comida-, lo que no impidió desarrollar enormes campos de ansiedad a lo largo de sus prodigiosos fotogramas, cuadros neuróticos de un alto nivel maníaco derivados de sus debilidades inconfesadas, su relación con Alma, su relación con Hollywood, su relación con sus lecturas... todo ello tamizado por un estilo complejo y abrumador de imágenes superpuestas y sueños retorcidos que caminan aún sigilosamente por las escaleras, llevando un tembloroso vaso de leche. Beberse a Hitchcock tiene sus consecuencias.
La crítica, históricamente, le ha querido excusar de sus claros errores -limar la excelsa figura del dios- justificándose en una supuesta premodernidad que en realidad, también era culpa de otros: Michael Powell, Henri-George Clouzot, Jean Rouch, Jean Cocteau, Jaques Tourneur o Raoul Walsh le acompañan de la mano en esa aventura hacia la modernidad de las formas. Pero así como se dijo que lo peor del ilustre filósofo Ludwig Wittgenstein -su peor herencia- fueron sus discípulos, con respecto a Hitchcock, el caso ha tenido similitudes. La crítica ha tendido a exagerar al cineasta exagerado y muchas veces se ha deformado una manera de hacer que, simplemente, es artística.
Todo cine se basa en la sombra, en el aburrimiento, en los fisgones. El vouyerismo -el arte del morbo- es el motor de todo obra: conflictos, rarezas, miradas, sucesos insólitos, grados de descomposición. Lo hitchconiano es un virus de metáforas donde una cosa es lo que se ve y otra lo que ocurre. A veces lo vemos y a veces no. En ese vaivén mordaz, el espectador -inmovilizado- descubre pedazos de ficción y fantasías secretas hasta que el desnudo sucede, la atención pica y vuelve el cine, ¿qué es el cine de Hitchcock en realidad?
Sin duda la película de Sacha Gervasi (Hitchcock, 2012) no ha ayudado apenas a aclarar -¿queda algo que aclarar?- de la imagen del maestro, al igual que la de Kent Jones (Hitchcock/Truffaut, 2015) que se queda en un valor testimonial, anecdótico, por no hablar de la cinta de Julian Harroid, The girl (2012), bastante oportunista y presumiblemente entrometida. Bueno, ¿a quién le interesa la vida costumbrista de un artista si se puede disfrutar de su carrera, siempre que sea esplendorosa e interesante?
Hoy está muy de moda esa ideología que aúna a la persona y al creador, intentando subrepticiamente desvalorizar obras ya canónicas, artista ya entendidos. Toda época decadente tiende a la destrucción, anhela el vacío. Bueno, en la vida cultural todo parece una montaña rusa donde no se respeta ni a la madre del cordero. En todo caso y para ir finiquitando el tema, lo mejor de este momento actual -¿el presente?- es que se puede disfrutar de toda la obra de Hitchcock y elegir qué Hitch va más con cada uno.
Por nuestra parte recomendamos -encarecidamente- revisar la serie Alfred Hitchcock Presenta (1955-1962), los films Rebeca (1940), La soga (1948), Pánico en la escena (1950), Extraños en un tren (1951), Crimen perfecto (1954), Pero... ¿quién mató a Harry? (1955) y La trama (1976); siete pelis y una serie de jóvenes cineastas supervisados por Hitch, de un disfrute total. Dicha selección concentra la inconsistencia romántica, la astucia y el desprecio absoluto del cineasta por lo obvio, clave que le llevó a construir un milagroso sistema de silencio en gran formato, un zoológico de imágenes bárbaras, un mundo de gestos lleno de asesinos accidentales y turbulentos, onirismos varios, humor negro a espuertas y ejércitos de subversiones gourmet, regados por una extraña y deliciosa lógica matemática inglesa, apuntada en su día por Miguel Marías. Después, si quieren más -si aún no es suficiente- sumérjanse de lleno en sus canónicas obras maestras (Vértigo, La ventana indiscreta, Encadenados...) y obras sobrevaloradas (Topaz, Psicosis...) y sus flamantes fracasos (Jamaica Inn, Atormentada...) y floten en paz sobre el universo del cine, en uno de sus estados de mayor pureza, de placer.
Vale.
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