PROFECÍAS O INCEPTIONS: VISIONES DEL FUTURO
Trueno Azul
Sea como fuere, Roy Scheider sobrevuela por las noches la ciudad a su antojo y ejerce junto a su joven aprendiz -Daniel Stern, el ladrón torpe de Sólo en Casa- como voyeur aéreo que busca ventanas abiertas para satisfacer su curiosidad y sus propias perversiones secretas. Este superficial guiño al mecanismo clásico de La ventana indiscreta (1954) le llevará inevitablemente a ir descubriendo una serie de incongruencias y mentiras de las altas esferas que le convertirán en un enemigo a quien -su némesis, McDowell, entre otros-, intentarán acabar con la verdad, vamos, con Scheider.
Este -precisamente, la imagen superior- es uno de los momentos estrella de la película, cuando el Blue Thunder de Scheider -un helicóptero último modelo- intenta escapar entre rascacielos de dos cazas ultrasónicos lanzándole misiles teledirigidos a todo trapo. La técnica de evasión de Roy Scheider -además de espiar tías en pelotas en pleno vuelo o poner caras de chulo a su jefe- es acercarse mucho a las fachadas para, en el último momento, escapar como una mosca azulada. Así surge la escena capital del film ya indicada, donde un caza impacta un misil -pepinazo- sobre un rascacielos gemelo a otro muy cercano. La imagen, aparentemente inocua, traslada de forma inevitable al público de 2026 hasta el desastre de las Torres Gemelas de Nueva York de 2001 y, por un momento, la mente del espectador solapa ambos instantes -uno ficticio y otro real- sin solución de continuidad, como si uno perteneciera al otro y viceversa, haciéndose indistinguibles, formando un icono fenomenológico de un poder inesperado. Un torpedo del tiempo.
Otro de los momentos de dejavú invertido o de simple apunte recogido en el futuro, es una secuencia de Blue Thunder en el que el director John Badham decide bombardear un asadero de pollos porque, suponemos, le parece muy divertido. La secuencia es bastante cómica y su final es surrealista: después de impactar el obús, sobre un coche de policía de los alrededores comienzan a caer miles de pollos asados, lo cuál, inmediatamente traslada al público al año 2000, en concreto a la película Magnolia de Paul Thomas Anderson donde acaece una lluvia de ranas, de estética similar. Pero, ¿a dónde nos lleva esto? En definitiva a demostrar que el cine norteamericano de los años 70' y 80', a pesar de su baja calidad y su gradual distanciamiento de la esencia cinematográfica, alberga un tipo de delirio -el tecnológico, el pornográfico, el sublime- que a muchos cineastas actuales de gran formato como Christopher Nolan, Thomas Anderson o la misma Kelly Reichhardt, les ha influido de una manera subterránea y subliminal, mas dejando una huella icónica ineludible.
De todos modos, John Badham es un cineasta formado en la televisión -lo que explica ese tipo de realización a lo Equipo A-, cuya última película en pantalla grande data de 1997 -Incógnito-. Badham es el autor de cintas tan conocidas como Cortacircuito (1986) o Fiebre del sábado noche (1977) y durante 20 años llenó las salas con historias de poder, tecnología y acción, ¿no es este el género favorito de Nolan? La cuestión es que las películas de Badham son cubos vacíos de basura con un olor pestilente, donde la conspiración y los intereses creados circulan alegremente como luego lo hicieron, poco después, en películas como Robocop (1987) o Arma Letal (1987), saga que también, de cierta manera, tiene su origen en Blue Thunder.
Así podríamos concluir que John Badham es algo así como un antimaestro, un ser televisivo infiltrado en el mundo del cine; lo cuál podría decirse también de Roy Scheider, el cuál no acaba de encajar nunca con los demás personajes y adolece de una sobreactuación tan extraña como la de Al Pacino en esa película tan rara llamada The Local Stigmatic (1990).
Lo que en esta época se fragua, se normalizará en los 90' hasta tal punto que el género de acción parecerá el único sostenible en las carteleras. Ridley Scott, Michael Bay o Steven Spielberg no dudarán en coger este irresponsable relevo de violencia tecnológica que indudablemente conduce a una infantilización de la realidad, al convertir en ficción lo que antes era de piedra, al transformar una calle en un escenario, un cuerpo en una imagen, la corrupción en una trama, la tecnología en un deseo y una torre en una idea. Convertir a las películas en anticipaciones, en avisos, en publicidad sociológica, vamos, en propaganda, es uno de los grandes peligros a los que se enfrenta un público de siglo XXI perdido entre millones de films basura que no pasan de mala imitación o gore encubierto dirigidos en su mayor parte por frikis que vieron demasiadas veces Jurassic Park y Star Wars.
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