LYNCH / PENN: INFLUENCIAS INESPERADAS

 

 Carretera Perdida

1997 

El Corredor Indio 

1991 

 

 

Si a estas alturas les dijese que Sean Penn influyó a David Lynch, el auditorio se me caería encima. Pero es así. Penn comenzó a dirigir películas tímidamente con una oscura ficción -The Indian Runner (1991)- a la que siguieron dos films más junto a Jack Nicholson -Cruzando la oscuridad, 1995; El juramento, 2001- afición que sólo se retomaría de nuevo en 2007, con su popular adaptación de la novela Hacia rutas salvajes. Penn siempre ha sido un actor exigente que ha querido sacar el jugo a todas sus ficciones como cineasta: con su ópera prima casi consiguió crear una obra maestra, pues tenía todos los elementos para que así fuera; un guión enigmático, actores jóvenes en su clímax de juventud, cadillacs, bebida, amor, deseo y mucha desesperación. Incluso tenía a Dennis Hopper, que casi siempre suele funcionar como eficaz amuleto. Pero tal vez la inexperiencia al mando del barco-película le hizo naufragar ligeramente en la estructura y el tono, lo cuál genera un efecto en The Indian Runner de una extrañeza negativa.

 

A pesar de ello, la potencia de las imágenes montadas por Penn es asombrosa, ¿quién no podría encontrar un vínculo directo entre el Viggo Mortensen de esta película, con el de Promesas del este de Cronenberg? ¿quién no vería una influencia directa con el film Buffalo '66 de Vincent Gallo? y ¿quién no podría advertir los vasos comunicantes entre la película de Penn y Carretera perdida de Lynch? A ambas las separan seis años, pero podrían intercambiarse fotogramas y nadie se daría cuenta; es la misma película hecha dos veces. Una bien y una mal. Cuentos contados dos veces: una historia muy norteamericana, muy protestante.

 

 ¿Qué elementos hacen que estos dos films sean hermanos mellizos? Primero: una de las protagonistas, Patricia Arquette, es la misma en ambas, aparece como heroína, como musa. Segundo: los personajes conducen los mismos coches, por las mismas carreteras en un mundo -similar- de tinieblas, de silencios oscuros. De cierto aburrimiento. De cierta mitología. Tercero: la marca del diablo recorre ambas ficciones. Son films satánicos en cierta manera, pesadillescos. Quinto: arden cosas. El fuego es importante como símbolo. Sexto: la cinefilia es una presencia continua y fantasmal. hay muchas películas hablando en ambos films. Séptimo: las dos poseen un nivel alegórico suficiente como para establecer varios estratos de lectura.  

En ambas aparecen fantasmas, estelas, espíritus; de alguna manera son ficciones con un enorme sentimiento de culpa, un olvido que debe desenterrarse, un misterio que debe ser abrazado por toda una nación si desea curarse. Se trata de dos películas llenas de exorcismos, de trucos diabólicos, de pasión tenebrosa y música hipnótica.


 
Los rostros pálidos se ven y no se ven, aparecen para decirte cosas horribles, para que tiembles. Penn cuenta la historia de un outsider que desafía al orden establecido a la ley de la vida. Lynch nos presenta una historia doble donde alguien te persigue sin poder verlo; Lynch habla del voyeurismo demoniaco que induce al mal y Penn cuenta un episodio del ser maldito, salvaje, atrapado en una sociedad de respeto, de leyes.

La memoria sale y entra de los coches como lo hace el deseo, la fascinación por la infancia, el pasado sublime. Dos ficciones más se cruzan en este cruce fílmico: Corazón salvaje (1990) y Blue velvet (1986). Estos precedentes nos llevarían a corregir el inicio de este texto: es Lynch quien influye al joven Penn. Lo que no está claro es si Lynch recoge el hilo que deja Penn o si simplemente Penn hace un palimpsesto de finales de los 80' y principio de los 90', aprovechando una serie de elementos simbólicos de un tipo de entorno cinematográfico sumergido bajo las grandes producciones.

 

En ambas películas se habla por teléfono y se transmite la muerte con la misma fuerza que el amor, equilibrando así la balanza de la guerra de los valores esenciales, emancipando los fotogramas como si fuesen pequeños peldaños que llevan al lugar más oscuro de los corazones, al realismo más crudo desde el planteamiento más fantástico.

 


Todo arde, todo se pierde en la luz. El cine como vía de desvelamiento. Lo orgánica como estado incomprensible, la violencia como solución final a lo inevitable. La verdad como enemiga, el destino como una forma de rebelión, de fluido que siempre lleva a la destrucción o a la transformación. Sófocles, Eurípides y Esquillo aún siguen vivos en estas obras de fin de siglos, góticas y oscuras.

 

 

Estos viajes eternos nos dejan momentos estelares de detalles, colores intensos y emocionales, formas de habitar el mundo de distintas y extremas maneras, ¿por qué esta gran necesidad de visualizar lo exagerado, lo marginal, lo oculto?

 


El amor como motor de todas las aventuras humanas y la tragedia como telón de fondo se dan la mano en medio de un espíritu arrogante que quiere llevárselo todo por delante, hay algo detrás de la barra que te susurra lo que quieres oír; hay alguien en tu casa y no lo sabes. ¿Qué es lo que te está persiguiendo, quién nos vigila mientras dormimos? ¿quién hace el pino o nada en el río para llegar a nosotros?


Alguien quiere aprovecharse de nosotros a través del deseo y las tentaciones: nuestra mente comienza a perder el control y queda cautiva de lo imaginario, ¿no es este el verdadero mensaje de Penn y Lynch? ¿No es este que ellos y los grandes cineastas utilizan para hipnotizarnos? Hay algo secreto que nos condena a cometer errores, una curiosidad insana que nos hace traicionar, perdernos en el laberinto, delinquir, conducir a través de la carretera perdida.

 

 

Todos los hoteles de mala muerte, todas las carreteras secundarias, todas las deformaciones de la vida, dejan su rastro en la memoria, en la mente del mundo invisible, del azar, de la casualidad predestinada. Los neones, los ojos, los amores, La vida se abre camino de la manera más extraña: las películas nos recuerdan de forma sintética que los procesos se repiten y que lo humano es un desastre que sólo puede ser salvado por los sentimientos, no por las ideas.





Dos películas sobre el fin de un siglo de locos: el siglo XX fue un error inadmisible y no saben cómo explicarlo. La ley del Todo Vale se aplicó en todos los campos de la vida y el poder se aprovechó de ello. Lynch y Penn intentan narrar al margen de los hechos recogiendo basura del asfalto, evitando la luz del sol.



 
Todos los personajes son niños jugando a ser mayores, seres heridos por la pérdida de la juventud, por el paso del tiempo. A veces la existencia se hace insoportable y en el cine se muestra ese hecho pero sintetizado, resumido a un verso visible y audible, una composición que va creciendo en cada nueva obra. El cine, como la literatura, es un dominó interminable que muestra lo que el poder no quiere que veas; el reverso de tu alma.














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