domingo, 23 de febrero de 2025

FEBRERO 25

 

LISTÍSSSSIMUSSSS 25

Lo mejor del 24

2ª ENTREGA 


Hay películas buenas y malas, pero también están las necesarias; esas son las imprescindibles. El aprendiz (La historia de Trump) de Ali Abbasi es una de ellas si se quiere entender el origen del mal que rige el mundo en la actualidad. El mal es un sistema económico inventado por los magnates para reducir a esclavos a la población y acumular la mayor cantidad de riqueza en el menor tiempo posible. Esto es el capitalismo o la mente de Donald Trump. Abbasi, un novedoso director con títulos interesantes (The border, Shelley) se atreve con tal vez uno de los temas más complejos a tratar en el cine del siglo XXI: el poder. Son infinitas las películas que han tratado el tema, pero muy pocas las que han resumido en alguien concreto el génesis del terror.

Al igual que Robespierre en el siglo XVIII o Nixon en el siglo XX, Trump se ha convertido en el demonio de los nuevos tiempos, abanderando la mentira, la violencia y el egoísmo por encima de todo valor ético. El dinero es su única fe y el miedo su peste. El aprendiz nos cuenta cómo se crea a este monstruo, su terrible relación familiar, la desgracia de su hermano, su encuentro transcendental con Roy Cohn -el abogado más corrupto y poderoso de EEUU-, su primer matrimonio, sus primeras ambiciones, la historia de la Trump Tower y su ascenso al dominio de N.Y. y el ejército de cadáveres que deja a su paso para conseguirlo.

El aprendiz nos cuenta una pesadilla resumida en un niño pijo con ansias de independencia. La vida vista desde un punto superficial, soberbio y resentido. Todo lo que hace Trump fue por todo lo que le hizo daño alguna vez. Sus decisiones son venganzas, sus cruzadas son delirios de grandeza. El actor Sebastian Stan encarna a este villano de la realidad de una manera impecable: se podría decir que el 50% de la eficacia del fin reside en su meticulosidad de los gestos, en su presencia auténtica. Se trata de un autor-camaleón: siguiendo su trayectoria, es sorprendente descubrir su versión de Tommy Lee (Pam & Tommy, 2022) o su inmersión en la persona de Andy Pearson (Un hombre diferente, 2024), el hombre de rostro deforme.

La otra mitad de película se sustenta con la superactuación de Jeremy Strong, una simulación del mismo Nosferatu en modo abogado del diablo. Muy fuerte. Pero de hecho, la complejidad del personaje es aún mayor por el hecho de su homosexualidad, hecho que le llevará a contraer el SIDA y por tanto al rechazo de su amigo y socio, Donald Trump. La crueldad del futuro presidente se dibuja de una manera tan clara que el hecho documental parece inundar la ficción del biopic, doblegando las dimensiones hasta el punto de conectar con lo real de una manera directa; ¿dónde acaba la película y dónde la vida? ¿no se trata de un túnel de continuidad paradójico?






Todas estas razones conducen a considerar The apprentice como una de las candidatas del año a coronar lo alto de las listas. La cultura anglosajona ha sabido mezclar conceptos inconexos como la felicidad, el arte y el éxito hasta crear una falsa cultura de los negocios que hoy domina las mentes de cualquiera, ¿no ocurre a menudo que parece que toda actividad -sea de la naturaleza que sea- debe ser productiva, rentable? La filosofía de la Bolsa -si a eso se le puede llamar así- ha infectado las sociedades occidentales convenciendo al personal de que el tiempo libre sólo sirve para cuando uno esta agotado: reducir el ocio a maratones de series, televisión y comidas-basura infinitas. Como suelen denominar el presente los analistas neoliberales: el paraíso en la tierra. La gente -el público- se muere de abundancia y miseria al mismo tiempo. Las migajas son el cine comercial y la música pop. 
Si hay peli, para qué leer el libro.
Si hay peli, por qué no verla a 5x de velocidad.





Para Donald Trump, el único fin de la existencia es la riqueza, el poder sobre los demás y el éxito a toda costa. La mentira construyó desde sus inicios EEUU y la mentira se perpetúa en él como un príncipe relativista, el Gran Sofista -o aprendiz de sofista- que domina y dirige el mundo como un niño de 3 años. Trump hoy no es más que un jubilado tuercebotas que no sabe hacer otra cosa que el mal: el mal es su oficio y la manipulación de la verdad su única satisfacción.
Él es un dios de inflación económica, un vejestorio mugriento que expande su podredumbre a lo largo de un planeta asombrado ante tal prodigio de la naturaleza humana. Y el cine lo cuenta a través de los ojos de Ali Abassi y esperemos que a través de muchos otros.
Quede El aprendiz como una muestra objetiva de lo malo.
Un ejercicio de imitación llevado al extremo.
El cine como espejo. 








Pero Trump no fue el primero en someter a los débiles: la historia de Roma lo atestigua. Ridley Scott en su cruzada personal por rentabilizar sus grandes éxitos, ha estrenado Gladiator II, una especie de remember, continuación, segunda parte... de aquella historia protagonizada por Russell Crowe en el 2000. Paul Mescal (La hija oscura, Aftersun) es tal vez lo mejor de la cinta, diferenciándose de Crowe en que no hay drama en un personaje épico: la actuación funciona por el hecho de que Lucio (Mescal) es una especie de Aquiles a la romana, medio inmortal, que el público contempla alucinado por su infinita resistencia, por la ausencia de dolor. Lo segundo mejor de la película es el mensaje pacifista del final de la historia, un mensaje de unión, de cese de la violencia. Para ello, la cinta está llena de alusiones al emperador-filósofo Marco Aurelio y sus enseñanzas:
 
1. El verdadero modo de vengarse de un enemigo, es no asemejársele.
2. Lo que no es útil para la colmena, no es útil para la abeja.
3. Si no conviene, no lo hagas; si no es verdad, no lo digas. Sé dueño de tus inclinaciones.
4. Realiza cada una de tus acciones como si fuera la última de tu vida.
5. No obres como si fueras a vivir mil años; obra como si el fin estuviera muy cerca.
6. La dulzura, cuando es sincera, es una fuerza invencible.
7. El arte de vivir se asemeja más a la lucha que a la danza.
8. El mundo no es más que transformación, y la vida, opinión solamente.
9. Te embarcaste, surcaste mares, atracaste: ¡desembarca!
10. En ninguna parte puede hallar el hombre un retiro tan apacible y tranquilo como en la intimidad de su alma.

 
11. El tiempo es como un río que arrastra rápidamente todo lo que nace.
12. Una sola es la luz del sol, aunque la obstaculicen muros, montes, incontables impedimentos.
13. Contempla de continuo que todo nace por transformación, y habituate a pensar que nada ama tanto la naturaleza del Universo como cambiar las cosas existentes y crear nuevos seres semejantes.
14. No permitas que tu memoria se enajene de las cosas que tienes, sino de las que te hagan falta.
15. Concibe sin cesar el mundo como un ser viviente único, que contiene una sola sustancia y un alma única, y cómo todo se refiere a una sola facultad de percibir, la suya, y cómo todo lo hace con un sólo impulso, y cómo todo es responsable solidariamente de todo lo que acontece, y cuál es la trama y contextura.

 
16. Todas las cosas se hallan entrelazadas entre sí y su común vínculo es sagrado y casi ninguna es extraña a la otra, porque todas están coordinadas y contribuyen al orden del mismo mundo.


17. La naturaleza del universo, valiéndose de la sustancia del conjunto universal, como de una cera, modeló ahora un potro; después, lo fundió y se valió de su materia para formar un arbusto, a continuación un hombrecito, y más tarde otra cosa.


18. Pues hemos nacido para colaborar, al igual que los pies, las manos, los párpados, las hileras de dientes, superiores e inferiores. Obrar, pues, como adversarios los unos de los otros es contrario a la naturaleza.

 
 
Por último, aclarar sobre Gladiator II, que las polémicas con respecto a la fidelidad histórica son tan infantiles como ignorantes. Aquellos que se quejan o que les fastidia que una película se salga del relato oficial de los historiadores o de la tradición histórica, seguramente han leído poco o muy poco de historia. No vale leer Wikipedia y creerse un catedrático. La Historia es una pseudociencia llena de cruces de caminos, de ambigüedades, de desconocimientos. Los muy enardecidos con el tema, lean aquel libro tan provocador de E. H. Carr titulado ¿Qué es la Historia?
Lean y vean.
El conocimiento nunca está en el cine.
En el cine sólo hay movimiento y sonido, o sea, pensamiento y atmósfera, ideas y sugestión.
Se trata como de un número de magia de índole filosófico; si las cartas y los conejos en la chistera se convirtieran en símbolos sugestivos para la mente y no meros asombros, la prestidigitación podría llegar a ser cine.

En todo caso, la película de Ridley Scott no es más que un plagio de sí misma, una réplica del éxito que vagamente se supera por dejar de ser una tragedia y convertirse en pura épica.

Por lo demás, pelillos a la mar.

Mucha depravación, mucha pompa y pornografía. 

Sin sorpresas.

KK.

 

 
 
Lo que sí ha sido una sorpresa ha sido Anora de Sean Baker, una de esas historias tan frecuentadas los últimos años centradas en stripers, barras de pole dance y burdeles de moda. Sean Baker (The Florida project, Tangerine) ha cogido ese género y lo ha convertido en una comedia ácida llena de tiempos muertos y personajes colocados, entregados a los placeres fútiles de la contemporaneidad. Dinero, videojuegos, drogas raras, bebidas en cascada, Las Vegas, rusos, armenios, curas y una promesa hecha realidad: salir de la miseria.
Anora sigue la vida de una joven bailarina erótica que conoce a un niño rico que acaba por encapricharse de ella. Con mucha educación la seduce y se casa con ella. A partir de ese momento, el artefacto Anora comienza a estallar de la manera menos evidente. Lo que en la mayoría de los casos se hubiera convertido en un film de drogas, sexo y rock&roll en modo dramón de dolor y lágrimas, Baker lo convierte en una jugosa fábula sobre lo auténtico y lo falso, sobre lo evidente y lo oculto.

 
 

El sexo y el deseo son dos polos opuestos divididos entre la verdad y la mentira. Un personaje secundario interpretado por Yura Borisov, se convierte en el aliciente fílmico para llevar a otra dimensión una historia que iba para bagatela. El personaje se llama Igor (guerrero en ruso) y parece una versión del famoso Stalker de Tarkovski, no sólo por su apariencia (el parecido es indiscutible) sino por una actitud casi de ángel, dotado de una paciencia y una ternura ausente en los demás personajes, incluyendo a Anora. Así, Sean Baker nos presenta una historia de extrema sensibilidad a través de lo cómico, filtrando un drama en relato metafísico sobre lo que no se ve en una película de desnudos múltiples y piel desnuda a todas horas.

Anora es así fiel candidata a la cúspide de las listas.
Una dulce sorpresa. 






De la sensibilidad real a la sensibilidad manipulada: The brutalist de Brady Corbet es seguramente la película que inicialmente tendría las de ganar el premio gordo del año, con su excepcional dirección, un gran Adrien Brody y un cuento delicioso basado en la arquitectura brutalista... sino fuera porque el film es como un bombón Mon Cheri: primero rico, luego sugerente, para acabar en un asqueroso sabor a guinda que destruye la experiencia. En términos generales, El brutalista va superando todos los obstáculos que a un cineasta joven (1988) como Corbet podrían detener. No desarrolla clichés, da a las tramas su tiempo justo, no es demasiado dramático, no es pomposo, tiene muchas virtudes en la relación con la imagen -de hecho, si se hablase menos, la película ganaría- y la historia principal es tan poderosa que le permite ensancharse de una manera fresca, colocándose en su sitio, ocupando su lugar en la pantalla, en la mente. Por momentos recuerda a películas tan bien construidas como The master (2012) o Zodiac (2007).
De hecho, está llena de sus influencias.


 

Por otro lado, la duración del film es de más de 3 horas y media, lo cuál la transforma en un desafío más para una obra ambiciosa que a partir de la mitad, comienza a centrarse demasiado en la telenovela de los sentimientos y comienza a adolecer el buen ritmo inicial. El título de la película alude a un estilo arquitectónico inglés desarrollado entre los 50' y los 60', caracterizado por dejar a la vista la naturaleza de los materiales, la de desmarcarse del modernismo decorativo e invocar un estilo más realista, más crudo -más depresivo a fin de cuentas-, basado en la Bauhaus alemana y la estética industrial. Todo edificio que tenga pinta de una escultura de Oteiza o Chillida es brutalista: es el concepto de edificio como escultura, la idea de la película como construcción, pero ¿de qué? 

 


 
 
Sin darnos cuenta, El brutalista es una cinta que va diseñando un plan infalible, un volumen fantasmagórico empujado por la heroína, la grandilocuencia y la farsa. Sólo nuestra confianza en la brillantez del arquitecto nos salva de abandonar la historia. Enfrentarse a lo imposible, a lo nuevo, a la fe de la belleza acerca la mirada al abismo nietszchiano que se convierte en mármol, en cantera, en precisión, en perfeccionismo. Hay algo en el personaje de Brody que nos empieza a cascar cuando vemos que no  actúa con el amor que nos demostró en la primera parte. El actante se cansa, pierde la paciencia, la hermosura y se bestializa, ¿puede barbarizarse un artista?
 



 
 
Brady Corbet supera todos los envites de fondo y sigue su maratón infatigable. Ingobernable. A medida que el edificio encargado a Adrian Brody se va levantando, la película también parece erigirse muestran su verdadera cara. Pronto descubrimos que el artificio de Corbet es también un encargo con mensaje subliminal.
La película se revela hacia el final como una obra sionista de ensalzamiento pro-israelí en un momento delicado en el mundo de la vieja Palestina.
El giro final es inviable y el mensaje oculto, un veneno negro. 
La ficción se politiza, Brady se vende.
Tal vez fue la única manera de levantar el edificio, pero un montaje más ético, menos manipulado, generaría un film digno de vencer en las listas, pero la perversidad intuida en el seno del film, la mano negro que comienza a sobrevolar por la escena es tan insultante que demuele todo el diseño a pesar de las más de tres horas y media de película.
Todo era una trampa, como en Trap de Shyamalan, a pesar que la del indio se queda incompleta con un final frívolo.
 



 
 

Otra de las favoritas a coronarse es Oh, Canada de mr. Paul Schrader, siempre decepcionante, siempre estimulante. Schrader es como una droga engañosa que te excita para luego aburrirte o matarte de aburrimiento. Nos gustaría hablar largo y tendido de este film aparentemente interesante y armonioso, casi testamental del viejo cineasta de Michigan, protagonizado por un Richar Gere misterioso en principio y profundo en teoría. Pero las apariencias engañan y todo acaba siendo de una pretenciosidad de palurdos en el que se alude a Susan Sontag -como si fuese una referencia culta de alto nivel estético- y se realiza una especie de regresión psicológica sin interés alguno. Paul Schrader comenzó siendo crítico, algo así como el Miguel Marías español, medio pedante, medio genio, un tipo que consiguió hacer películas en el país de las películas y que lo ha intentado incesantemente. En los últimos años con E·l maestro jardinero, El contador de cartas o con El reverendo, pareció llegar a algo, agudizando ese estilo de película que inauduró en 1985 con Mishima. Pero parece que no: ha querido hacer un American Gigolo psicoanalítico que le ha salido verdaderamente mal, además de incompleto. La película se detiene. Se rompe. Desaparece. Falta la otra mitad, ¿dónde está señor Schrader?



 

Para terminar tenemos tres películas menores: Wicked, Coclave y Juror #2.
La primera es el nuevo fenómeno infantil a lo Harry Potter, basado en el mítico musical. La película es una pericia imaginista llena de colorido y videojuegos visuales, sobrecargada de canciones y personajes. Contrasta todo esto con la breve novela de Lyman Franck Baum y la minimalista novela de Flemming, la cuál, a este paso, van a enterrar en el olvido. Es Wicked (Malvada) una película de sepultura de la tradición intentando reescribir un imaginario prexistente, ambicionando sustituirle. Aquí hay un problema de perspectiva. La cultura audiovisual se ha propuesto revisar todos los clásicos desde hace un siglo del cine rentable y esta superponiendo ficciones espectaculares encima de prodigios de época como El mago de Oz (1939). Wicked sería -de momento- la precuela de la llegada de Dorothy, pero pronto comenzará la saga que arrasará los antiguos imaginarios.
Mientras siga dando pasta, la fábrica no va a parar.

Rescatable es la escena de un lemur tocando la batería y un mono narigudo dándole al bajo; un baile arrastrándose por los suelos de Galinda (Ariana Grande, -por cierto, actriz de lo más repulsivo y forzado) en modo fregona-serpiente y un baile misterioso -tal vez lo único verdaderamente original- de la protagonista (Cinthya Erivo) deteniendo una fiesta atronadora, instaurando una coreografía fuera de moda, arítmica, silenciosa.

Todo lo demás, bodrio club.





 
 
Llegando al final nos encontramos con Cónclave de Edward Berger que pasa de lo bélico a lo vaticano, aunque en realidad no hay tanta diferencia. Lo único presumible es Ralph Fiennes que en realidad está algo sobreactuado: lo mejor, los decorados, la arquitectura. La trama se hace por momentos tediosa y el giro final, aunque impredecible, convierte a la película en una más que se vende a los temas de género gratuito.
 



 
 

Para terminar, una linda candidata al top 10: Juror #2 del eterno Clint Eastwood. Da la impresión que le echaremos de menos cuando ya no quede nadie para hacer estas historias sencillas que esconden problemas complejos: lo humano bajo la claridad. No es su mejor película, pero supera a Gran Torino y Million Dollar Baby. Juror #2 está en la línea de Richard Jewell (2019) y Mystic River (2003), films donde lo privado se convierte en universal y el secreto, en un dolor incurable. Desde que Eastwood aprendió a hacer películas hace un par de décadas -pues antes, a pesar de los brillos puntuales, jugaba en campos de minas- ha logrado hacer unas cinco películas respetables, curiosamente, nunca mencionadas y valoradas muy por debajo de su valor real.
Se sigue confundiendo el precio y el valor de las cosas y mientras esto no se solucione no saldremos de este asqueroso siglo de prodigios y menudencias.






sábado, 22 de febrero de 2025

FEBRERO 25

 

 

 

LISTÍSSSSIMUSSSS 25

¿Qué son "las mejores películas de un año"?

1ª ENTREGA

 

Lo de este año es verdaderamente curioso: entre el grueso saco de las candidatas a mejor film de 2024, ninguna parece merecerlo, aunque es cierto que no tendría por qué ser. El público se ha acostumbrado a una producción progresiva e insana de películas que parece que cada año deben satisfacer -de todas las maneras posibles- al ojo de una demanda mundial y multitudinaria que se ha vuelto insaciable, pero que cada vez le cuesta más distinguir la basura del cine. Es cierto que la abundancia de detritus audiovisuales ha hecho mucho daño estos últimos 20 años y se ha acostumbrado a la masa a reconocer cualquier imagen como válida. Los famosos lemas milenials de "todo es igual", "todo vale lo mismo", "sólo es entretenimiento" se imponen en lo cultural, se apoderan de lo artístico. O simplemente lo anulan. Hace muy poco, el el Festival de Berlin, el cineasta Richard Linkater soltó una serie de perlas:

 1- El arte que me ofende son las películas de mierda que hacen los estudios intentando complacer a todos.

2 - Estamos cayendo en una absoluta comercialización del cine.

Para demostrar sin palabras la actitud falsaria de este cineasta acomplejado sólo habría que visitar sus últimas cinco películas e ilustrar sus propias manifestaciones. No son pocos los que admiten que Linklater no ha vuelto a hacer algo interesante desde Slacker (1990).

La cosa es que el panorama actual está copado de muy malo cineastas, malos cineastas, cineastas flipados muy malos y falsos auteurs que van de visionarios e independientes. Hay un complejo artístico por la ausencia del mismo fenómeno. El Arte, pero ¿qué tiene que ver el arte hoy en lo Audiovisual, en la película-videojuego?

Una de las películas más esperadas ha sido Megalópolis del nonagenario Francis Ford Coppola, un macrofilm arquitectónico con ínfulas utópicas llena de temas vagos y mensajes explícitos poco efectivos. Es como si Coppola se hubiera caducado, al menos desde Jack (1996), una película infantil realizada por motivos alimentarios. Coppola siempre tuvo problemas económicos, al menos después de su primera gran epopeya, Apocalypse Now (1979). La cosa es que tras medio siglo, el apocalípsis no ha llegado y no parece llegar de ninguna manera. Eso sí, el mundo sigue igual de corrupto: ¿o no era un mundo igual de tétrico aquel de Nixon que el actual, protagonizado Trump? Megalópolis es una bizantinada artificiosa remontada de la peor manera, ejecutada con una torpeza de principiante. El casting está lleno de caprichos (Dustin Hoffman, Laurence Fishbourne, John Voight, Shia Labeouf...) erráticos, de imágenes sueltas, escenas desmembradas. Se trata de un monstruo del dr. Frankenstein, decrépito, mix, vacío. Su voluntad es lo más alabable y su mensaje, reivindicativo como sólo puede hacerlo alguien al que todo le importa un pimiento.

 
Tal vez, el pecado mortal de Coppola siempre fue su megalomanismo incurable que se ha visto reflejado en esta fábula reflexiva emparentada con El manantial de Vidor, Ciudadano kane de Welles, El gran salto de los Coen o en última instancia, con El caballero oscuro de Nolan. Coppola que fue una pieza clave para muchos artistas de los 70' y los 80' (Hal Ashby, Woody Allen, Godard...), que siempre luchó y se arruinó por convertir al cine en algo más que en un producto y que tuvo en su mano todas las posibilidades para hacer de la pantalla un milagro, pasará a la historia por el tipo que hizo una trilogía de la mafia italiana por encargo. El tiempo se acaba para Coppola; su historia es la de un idealista que nunca salió del formato de estudio.
El cine muerte de la industria.


 
Luego tenemos el asunto de Emilia Pérez, un film de Jacques Audiard, otro falso auteur que va por ahí diciendo que el idioma castellano es un idioma de gente pobre. Muy francés. Audiard es un tipo que ha hecho cuatro pelis sociales y se cree un artista. Un mentecato. La cosa es que Emilia Pérez es un film que ha creado polémica por el asunto que trata y por una serie de anécdotas extrafílmicas que desfiguran la mitificación de su protagonista: una trans que escribe su propia épica. Hacer para deshacer. Del film se podría afirmar que es del estilo de Pablo Larraín, el chileno, de estética audiovisual, de atmósfera almodovariana y un regusto del mundo de Pabblo escobar, Emilia Pérez se presenta como un engendro donde los géneros se mezclan hasta convertir por momentos al drama en un musical pop. La estética de videoclip somete a la imagen y al mensaje ultrafeminista de sus tramas, intentando hacer cool una historia bastante barriobajera. Choni.
 
 
Ciertos detalles hacen respirar por momentos a un film también reivindicativo, también social, donde la propaganda es una tapadera del espectáculo barato de sentimientos fáciles y acciones previsibles. Lleno de moralina y mutaciones superficiales, todo se puede resumir en que es una película dirigida por un francés chauvinista y resentido, tratando un tema mexicano interpretado por una actriz trans junto a una dominicana sensiblona y Selena Gómez, que es para verla.
Y punto.
Polémicas a parte.
 



 
La tercera y terrible candidata es Here de nuestro amigo Zemeckis, como sabemos a estas alturas, el gran genio en la sombra de los mosqueteros de Hollywood (Scorsesse, Spielberg y Lucas) o por lo menos, el que ha hecho más con menos. Presenta una película que parece ser que le ha costado estrenar en EEUU por la singularidad de que se trata de un plano secuencia fijo. Un intento de hacer comercial lo experimental; tal vez en eso reside la virtud de Zemeckis, al igual que su fracaso. El cineasta desea contar la historia de la Humanidad no sólo desde un solo punto de vista (a lo Gran Hermano) sino desde el punto de vista de una casa, de un hogar familiar, de un entorno doméstico. La vida desde el salón aburrido de una casa burguesa. Hamburguesa. La cosa hubiera estado medio interesante si lo hubiera hecho de forma cronológica, enseñándonos desde los protozoos hasta el niño jugando con el móvil en el salón... pero a Zemeckis le aterra el posible aburrimiento del público y se inventa unos cuadros interestelares al modo del Windows de Bill Gates y obliga al espectador a viajar en el tiempo de forma caprichosa para atrás y hacia delante sin apenas sentido narrativo, atolondrando la mente de la sala.
 

 
Zemeckis también es un falso auteur lleno de complejos y miedos insuperables: después de casi dos horas de plano fijo, al final de la peli nos hace un zoom. Mamarracho insensible. No es capaz de defender sus propios principios. Zemeckis es un tipo obsesionado con la tecnología de la imagen (Polar Express, Pinocho, Beowulf...) e intenta -en esta ocasión- rejuvenecer a Tom Hanks y a Robin Wright, en un nuevo intento por dar la impresión de que en un futuro cercano ya no harán falta los actores o que al menos, se les podrá manipular al gusto del director. Here es otro videojuego infumable que cuenta la miserable historia de una familia norteamericana donde el hijo mayor e imprudente deja embarazada a su novia, demasiado joven, lo que condiciona todo su futuro hipotecándose a la tristeza y a la depresión, obligados a vivir con los padres de Hanks.
La película, con ciertas posibilidades de sorpresa, acaba aportando nada, expresando una cobardía de oficio de un calibre tocho, desplegando una cantidad tal de clichés y estereotipos, que uno se plantea si Zemeckis habrá salido alguna vez al mundo exterior o si conocerá a seres humanos reales con los cuales desarrollar su humanidad innata.
Experimento con gaseosa.
 
 
Muy distinta es la última película de Isaki Lacuesta, realizando un biopic a la española bastante sui géneris lleno de momentos poéticos y de giros inesperados, en una historia poco conocida sobre el trasiego de uno de los grupos musicales legendarios en un país donde ya ni siquiera las leyendas valen algo. Jota es el motor de Los Planetas, el primer grupo indie español inspirado en conjuntos como Radiohead. La rareza de la música y las letras conducen un film lleno de altibajos solucionados con la poesía y los tiempos muertos, en manos de un cineasta como Lacuesta, un sujeto obsesionado con el cine como cultura y oficio y que siempre ha luchado por ser reconocido y por llevar adelante proyectos inusuales (Las variaciones Marker, Entre dos aguas), cayendo en sus horas bajas en películas demasiado urgentes o comerciales (Murieron por encima de sus posibilidades, Un año, una noche). 
 
 
El sonido es el 50% del cine pero sigue sin entenderse del todo. En Segundo premio (nombre que se refiere a una de las canciones del grupo: Sentado esperando a que llames / Rezando porque des una señal / Los días cada vez van más despacio / Y solamente puedo esperar / Que vengas a explicar que todo ha terminado / Que tengas que decir que no me quieres ver / Y es imposible que hayas olvidado / Lo que los dos podiamos hacer / Y si esto que ha pasado / Va a pasarnos otra vez / Y si todo ha sido en vano / No tienes que volver / Mirando las paredes de este cuarto / Rezando porque vengas otra vez / Y todo lo que habíamos hablado / Es todo lo que vamos a perder / Si nunca quise ser el único a tu lado / Si tuve miedo fue porque acabara así / Y todo el tiempo que he desperdiciado / Se vuelve de nuevo contra mi / Y si esto te hace daño / Si te puedo hacer sufrir / Ha servido para algo / Al menos para mi) la música es lo único importante como escapatoria ante un mundo hostil. Las drogas, el egoísmo, la depresión, la fama efímera, la pasión, las decepciones... son elementos transversales de una historia arrítmica llena de desajustes donde algo se desmiembra poco a poco y sólo Jota sostiene con una voluntad misteriosa. Tal vez es la misma voluntad o el mismo misterio que también ha mantenido a Lacuesta en el oficio de cineasta y esa coincidencia ha sido el motivo de filmar esta historia.

 

 
Las interpretaciones son fantásticas (Daniel Ibañez y Cristalino) y aunque la música de los Planetas es aburridísima y monótona, el film rebaja la somnolencia melódica y hace audible un mensaje verdadero y artístico.
Una curiosidad sutil es que esta película ha sido traducida al inglés con el nombre de Saturn Return, un nombre mucho más apropiado que el original, debido al asunto mencionado en la película, condensado en esas dos palabras sajonas.
Digna candidata a una de las mejores del año.
 


 
Con La habitación de al lado llegamos a la última película de esta primera entrega de falsas mejores películas de 2024. Es la última de Almodóvar: sosa a más no poder, neutra, contemplativa y de falsa autorreflexión. Parece haber un intento metacinematográfico, casi de diario que se desvanece en el uso del cliché constante, la superficialidad y lo light. No sabemos por qué Almodóvar no aprovecha las grandes posibilidades de un film atenazado desde el inicio, con un guión explícito y vulgar que insulta la inteligencia del espectador y lo peor, que no arriesga. Cínica, irresoluta, condescendiente. Trata el tema de la muerte (eutanasia, sentimiento de culpa, pulsión de muerte) de la manera más pop posible, a lo Ágatha Ruiz de la Prada. Tilda Swinton y Julianne Moore sostienen un guión imposible, convirtiendo el ridículo en atmósfera. Por momentos la peli quiere ser Persona de Bergman, otras, un cuadro de Hooper. Al final, una cosa ni la otra, una gran decepción anunciada, ampulosa, pretenciosa y sobre todo incompleta.
Almodovar no levanta cabeza desde Volver (2006). 
Lo mejor de la película es el autohomenaje que se hace el director, plagiando el momento de la hamaca de Rossi de Palma en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988).
Guiño a los orígenes.
Copiarse a sí mismo para sobrevivir.
 





Todo arde en la falsedad por el momento y sólo Segundo Premio se salva de esta primera criba.