¿Qué es el Capitalismo, qué es el sistema extraño y sutil donde vivimos, qué tela de araña nos une de manera brutal haciéndonos homogéneos, copias desesperadas, pollos sin cabeza? ¿Dónde resiste la sensibilidad en medio de un mundo apático y estresado flotando en el vacío? Radu Jude nos trae un nuevo film lleno de momentos absurdos extraidos de la realidad. Todas las películas de Jude son espejos hipertrofiados de una existencia cruel y trágica que sólo puede contemplarse a través de la ironía y la paradoja.

El mundo occidental se ha convertido en un museo de piedra copado de subvenciones y calles limpias, de monumentos y edificios llenos de burócratas y turistas de una calidad humana bastante rastrera. El cine de Jude se alimenta de esta basura para convertir en un chiste existencial un mundo kitsch lleno de mutantes confundidos, sobreviviendo en un teatro de marionetas conducido por la inercia del dinero.
La tristeza es uno de los factores más llamativos de Kontinental 25, un retrato desesperado de una mujer llena de culpa por la muerte de un hombre al que intentó desalojar de un cuarto de calderas. Parecido a un argumento de Brecht, la película avanza en medio de una secuencia de planos finos filmados con un iphone15, no se sabe si para resaltar la precariedad generalizada de lo real, o simplemente para empatizar con un público que no hace otra cosa que mirar la pantalla que lleva en el bolsillo.

La película es un camino de reciclaje, un parque jurásico de plástico donde los monstruos ya no dan miedo. Se trata una ficción que se mete como una lámpara en la boca de los políticos, una luz que muestra un mundo precario, inasumible, un mundo repetido e indistinguible lleno de cinismo y mendicidad. La burocracia acaba siendo un oasis de horror que se cobra víctimas inocentes y enfermas. Es esta una historia de la Rumanía actual llena de gente viendo chorradas en la televisión (escarabajos, partidos de fútbol...), un mundo insensibilizado a partir de la transformación de las capitales en lugares turísticos impecables y vacíos, que es un reflejo de toda Europa.

El mundo se ha reconstruido para sacarle fotos, pero no para ser vivido. Se restauran los edificios pero no a las personas: existe un grave déficit de humanidad entre las personas. Todo son monumentos y moles de ladrillo: proyecciones de una sociedad paralizada y fea. Mastodóntica y vacía, ¿dónde está lo humano? Kontinental 25 no es una película sino una prueba de la pobreza humana de occidente, donde nadie siente la necesidad de comunidad y se encierra en narcisismos vomitivos que sólo llevan a la enfermedad y a la locura. Una sociedad enferma retratada por un genio contemporáneo: Radu Jude marca el nuevo camino de un cine activado para demoler el cinismo burgués y mediático, para convertir al cine en un arma e iniciar la guerrilla.

La tecnología no permite que las personas se desarrollen, interrumpe en cada rincón, convirtiendo en lúdico cada hecho, cada conversación, cada pensamiento. Un móvil, un coche teledirigido, un perro robot. La farsa rodea a la experiencia humana de la manera más burda, las distracciones se han convertido en monstruos infernales. El mundo jurásico no es sólo cosa de Spielberg, sino de un fenómeno fantasmagórico de consolación para ignorantes; una evasión vacía llena de dientes y monstruosidad. Ni siquiera los bosques están hoy en silencio; los mecanismos están listos para asustar, para aterrorizar al personal, para convertir a la sociedad en una casa del terror donde nadie sabe dónde esconderse.
Estadios de futbol, casas unifamiliares, residenciales, comunidades de ladrillos con doble ventana y ascensor. Curas citando los evangelios ante una fuente de esculturas angelicales prístinas. Construcciones infinitas de viviendas; la especulación como forma de vida. La promiscuidad casual. Las mentiras. El alcohol. El abuso de poder. El genocidio cotidiano. Vivimos en una especie de cámara de gas donde la población va cayendo lentamente hasta desvanecerse. Todo es un despertar abrupto provocado por el sonido de un mensaje o el arrebato de un robot. Kontinental 25 no se diferencia mucho del argumento de Matrix. Piénselo.

Pero la tragedia no sólo es de fondo sino de forma. El cuerpo y el alma son lo mismo. Radu Jude se detiene en la estética de los edificios actuales, dominados por formas vulgares y vertiginosas, carentes de gusto u originalidad, reflejos de mentes planas, sin talento, moles construidas para la mera funcionalidad o extraña pomposidad. El entorno de lo humano habla de la crisis interna, de la simplicidad y ausencia de significados. Todos los cuerpos están vaciados de órganos. Todo parece efímero, banal, reprimido.
La hiperrealidad destruye la capacidad imaginativa de los seres y los somete a un estado de formas y costumbres dignas de animales enfermizos caminando por laberintos. Todo está impregnado de tristeza y apatía. Los valores humanos se han olvidado y ahora sólo queda la épica de los constructores edificando fatales hogares para seres hipotecados, Hoy cada hogar es una cárcel, cada trabajo, una condena. Cada mensaje es una forma de alimentar al sistema, cada imagen, la repetición de una farsa infinita llamada Capitalismo.
Pero, ¿para qué aguantar todo esto? Un mundo de esclavos se refleja en el charco que Radu Jude nos obliga a mirar en un film que es más un aviso que una propuesta, que es más una denuncia que un argumento. El mundo se desintegra y sólo cambiando lo soez por la inteligencia, lo banal por lo digno y el egoísmo por la generosidad podremos entender qué hemos hecho con esta Europa desabrida y fría que sigue ocultándose en sus apariencias, en su prestigioso pasado, en su calles con camiones de limpieza, en sus papeleras de hierro fundido y sus hamburgueserías norteamericanas. Hasta que no se expulse la cultura imperialista yanki, seguiremos pensando que somos culpables de todo lo que ocurre por no expresar lo que sentimos y guardar las formas.
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