DE NUEVO, ZODIAC
una obra de David Fincher
Afirmar que Zodiac (2007) no es una película sino más bien un libro, no es del todo una boutade. Se sabe que la compleja obra de Fincher nace de otra al menos igual de compleja: de los libros de Robert Graysmith, Zodiac (1986) y Zodiac: Unmasked The Identity of America's Most Elusive Serial Killer Revealed (2002). O sea, que es una adaptación de una investigación sobre cientos de miles de papeles, de un laberinto de archivos de los que -milagrosamente- se sacó una conclusión final. El lenguaje humano es una maraña de signos a los que se les da valores que los demás desciframos en función a unas normas comunes, pero, ¿y si esas normas varían o se hacen concretas, exclusivas?


Un reloj, una película, la mirilla de un rifle, el signo del Zodiaco... todo son imágenes sinónimas que encierran distintos significados en torno a un símbolo extenuante, un enigma que encierra un trasfondo de crueldad y sin sentido. Algo transhumano. Más allá, algo sin motivo, ¿cómo entonces traducir lo desconocido a imágenes, cómo ponerle rostro a lo invisible, a lo inimaginable? En Zodiac, David Fincher exploró quizás en el pozo más complicado de la narrativa: contar lo incontable, narrar un cuento de hadas sin solución o mejor dicho, cuya solución está fuera del lenguaje; ver un hecho inefable.


En ese empeño titánico, Fincher construyó -a partir de las investigaciones inacabables de Graysmith- un zigurat de imágenes que se pliegan a partir de primeros planos de documentos, de hojas escritas, de páginas, de libros, de archivos, de notas, de caligrafías, de tipografías, manuscritos y carteles que van orientando la mente del espectador-lector a través de un árbol genealógico lleno de trampas y falsos culpables, haciendo así de Zodiac una doble película hitchconiana-bressoniana, anglo-gala, un engendro de maestrías desarrolladas como un dominó de papeles apilados unos sobre otros, desembocando en la casa del protagonista, Robert Graysmith, una especie de metáfora del colapso de la información y de la narrativa en general. La ficción-libro se detiene en Zodiac. 


Existe un momento crucial en el film donde el protagonista descubre -seguramente- la pista más importante del caso: dos libros de códigos usados por el asesino para elaborar sus juegos de palabras, sus imposibles acertijos, Todo está en los libros y esto, precisamente esto es en lo que Fincher emplea sus energías: en hacer comprender al pública que la lectura es el principio de la aventura, que el misterio requiere un esfuerzo brutal que tiene su recompensa en la imagen. Cada palabra que leemos genera una construcción ilusoria en nuestra mente, un icono que va evolucionando a medida que le alimentemos con más historias, con más palabras. Robert Graysmith, a lo largo de décadas, investigó el caso con la única esperanza de saber quién era el asesino, de verlo con sus propios ojos. Su adivinanza era tan perfecta que no parecía real; perseguir lo imposible puede ser el mayor aliciente para un alma curiosa, por un espíritu ansioso de verdad. 


Por otro lado, Fincher nos muestra la historia de la obsesión, o sea, la esencia del arte. Dejarlo todo por algo que nadie comprende: eso es el arte y esa es su aventura. Nadie excepto el artista puede aguantar ese proceso de incomprensión por el mero instinto de búsqueda de lo real, de lo auténtico, del rostro. Así Fincher juega con la Literatura y el Cine al mismo tiempo, con la intriga y la belleza de lo oculto, de su desvelamiento, del mundo de los secretos, ¿por qué una persona mata a otra sin motivo aparente? Tal vez la muerte es uno de los tabúes humanos más reverenciados y más silenciados al mismo tiempo. Pero, ¿cómo conocer algo imposible de experimentar sin caer en sus redes? Fincher aporta a la película un tercer nivel de complejidad, convirtiendo a Zodiac en una metáfora enorme sobre el cine como tentativa última de conocer la verdad última, la muerte.








Filmar la vida es filmar la muerte; el asesino del Zodiaco afirmaba que filmaba sus asesinatos. Nunca se encontraron, pero la mera posibilidad de que esto fuese verdad, abre el campo de la perversión, del vouyerismo más terrible, ¿para qué filmar a gente muriendo? De pronto, en Zodiac, filmar y cazar se convierten en una misma cosa, en un nuevo sinónimo de la misma extraña naturaleza. Tal vez Fincher llegó a identificarse con ese malvado Zaroff del que se habla en el film, ese personaje ficticio que aburrido en su isla abandonada, esperaba a invitados para engañarlos y cazarlos como animales salvajes. 

Fincher toma como referencia películas de los años 30' para contarnos una historia de los años 70' -cuando él era un niño- y convertirlo en una ficción de la primera década del siglo XXI, cerrando -de alguna manera- ese género detectivesco tan reproducido, tan manido y ofrecer una peli-síntesis de un gran género del cine al que aquí Fincher hace homenaje, levantando un templo mayor, de colosales magnitudes y sofisticaciones.



La escritura zodiacana se extiende como un virus durante al menos tres décadas donde se suceden falsificaciones, filtraciones, copias, traiciones y mensajes que empujan a la sociedad contra la pared, convirtiendo a la realidad en un papel que puede reescribirse constantemente, con el poder de gobernar el futuro con invenciones, amenazas y acertijos que hacen tambalearse los cimientos de una burguesía anquilosada, paralítica, residencial. A nadie le interesa la verdad; lo único que quieren es estar seguros y calentitos. Fincher nos enseña qué peligrosa es esa actitud de pasividad ante una inteligencia activa que reacciona y se anticipa como un sistema que conociese las debilidades de la especie humana y jugara con ellas.



Ver Zodiac una y otra vez es como contemplar una ficción que muta en torno a una infinidad de detalles, de construcciones, de paronomasias. Zodiac no sólo es una película sino una lectura de documentos, un primer plano de atención, de comprensión de cómo el propio lenguaje es el ejército más poderoso del mundo, el arma de destrucción masiva más eficaz; hoy lo vemos en la deriva de la política yanki, colapsada de mensajes amenazantes, suicidad, terroríficos, construidos para infundir el miedo en un mundo de tendencia pacífica a base de palabras, de mentiras.
El cine nos enseña que el hombre, o mejor dicho su lenguaje, es el animal más peligroso del mundo.
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