LA SUPERACIÓN DE EASY RIDER o Cómo afrontar los nuevos tiempos
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El mundo ha cambiado mucho desde 1968, al menos ese mundo lleno de utopías y droga a mansalva. De evasión fatua. De jóvenes burgueses. En realidad, durante todo el siglo XX, EEUU ha destruido regularmente el mundo a costa del bolsillo de la población. Hoy, en su canto de cisne, gobernado por un niño enfermo con peluquín rubio, el imperio norteamericano se deshace en sus propias mentiras, demostrando al mundo que China es la única y nueva dueña de las cosas, de los destinos. Fuera de eso, el texto siguiente aborda varias ideas interesantes: por un lado, el regreso de un espíritu perdido en el cine desde los 80' y 90', y por otro, cuestiones de identidad, apocalipsis, tambaleo de la infancia y un puñado de films de 2025, que parece no agotarse nunca, brotando como hongos en la espesura del lodo. Mucho lodo, demasiado.
Jose Luis Cuerda, dos años antes de su muerte, estrenó Tiempo después (2018), una reversión de su formato favorito y particular nacido en 1983 con su film televisivo Total, cuya sublimación fraguó en Amanece que no es poco seis años después y decayó en 1995 en -su menos conocida- Así en el cielo como en la tierra. Un formato variopinto, extenuante y algo difuso que deja pocas risas en su última entrega, consiguiendo, eso sí, una factura encomiable; casi una broma técnica para el género desarrollado. Tiempo después trata del conflicto de un vendedor de zumo de limón con las altas esferas de un mundo apocalíptico donde las clases se dividen en dos: los ricos y los neomarxistas. Cuerda, en su último soplo, deja secuencias ingeniosas como grupos de chavales hablando de Hegel, aldeanos revolucionarios e intelectuales dispuestos a morir por los limones y un rey de bastos encarnado por Gabino Diego desternillante; de lo mejor de la cinta.
Sin duda, el gran fracaso del 2025 es El extranjero de Francois Ozon, una apuesta segura convertida en un preciosismo artificioso lleno de aburrimiento y asepsia estética. La película, basada en la conocida obra de Camus, naufraga a cada minuto que pasa, perdiendo oxígeno a bocanadas, ¿no sé si han visto anuncios de perfumes en blanco y negro? Pues imaginen uno de dos horas y dos minutos. Un desastre de languidez que no aporta nada ni a la obra original ni al público. Ozon es la muestra perfecta de la decrepitud del cine comercial francés, ensimismado y grandilocuente. Hoy, más que nunca, no estaría demás releer aquel artículo inaugural de Truffaut Une certaine tendance du cinéma français...
Otro de los fracasos sonados es la película de Jarmush, Father Mother Sister Brother (2024) un intento de comedia macabra, un poco al estilo Polanski, otro poco al estilo von Trier, pero que de nada le sirve para encubrir una falta de ideas brutal, alarmante y problemática para un cineasta que desde 1980 fue coronado como el gran posmoderno del cine americano, filmando su infinito nihilismo y su fragmentario concepto de lo ficcional, estrenando una tras otra, piezas desencantadas sobre temas vagos que sólo se apoyan en lo cool. Ahora, tal vez se ha dado cuenta que las apariencias no son tan importantes y airea sus verdaderos deseos fílmicos: mierdas absurdas y estereotípicas, torpes sátiras sociales, metáforas baratas sobre el mundo imaginadas por un cineasta que desde hace casi medio siglo vendió su rareza y su postureo de una manera sistemática hasta calar en la mitología del cine, encubriendo su verdadera naturaleza, no la de un extraterrestre, sino la de un vulgar realizador que quiso hacerse famoso cuando tenía 20 años.
Algo mejor es Is this thing on? (2025) la nueva peli de Bradley Cooper, quien tras su Maestro (2023) era difícil que superase la hazaña. De la compleja elaboración pasa a una pieza menor, psicoanalítica y algo forzada, de una simplonería llamativa, aunque salvada por una interpretaciones potables que dan a la historia frescura y ligereza.
Esperemos que la siguiente de Cooper vuelva a elevarse a las alturas del ingenio y no acabe haciendo monólogos entre borrachos frikis.
Una película curiosa es Gia (1998) de Michael Cristofer, no muy recordada hoy. Nos muestra a una Angelina Jolie en estado de gracia, desarrollando uno de sus personajes lucido-insoportables, contando la historia de una supermodel de los 80' que introdujo el estilo punk en las pasarelas de lujo. Gia Carangi es importante sobre todo por su parte trágica, ya que fue una de las primeras víctimas famosas en morir debido al VIH. El parecido con Jolie es inexistente y por tanto, la experiencia, distinta. ¿Cómo fue Gia Carangi? No lo sabemos, ¿cómo fue Angelina Jolie haciendo de supermodel yonki? Un desparrame antipático lleno de desnudos caprichosos y muy poca moda. Jolie, al final de los 90', se hizo hueco en la industria interpretando papeles rebeldes como Inocencia interrumpida (1999) o Foxfire (1996) que le dieron un empujón hasta que se puso a encarnar a Lara Croft, se casó con Brad Pitt y se hizo la dobladora de Tigresa en la saga Kunfu Panda.
Ahí todo se terminó.
La última película interesante es Maria Callas (2024) de Pablo Larraín y su obsesión por los retratos fílmicos.
Vida privada (2025) es otra cosa. Esta película de Rebecca Zlotowski representa una tendencia actual del regreso a un tono noventero de ficciones bien construidas, sin ambages, llenas de misterios, investigaciones a lo Maigret -Simenon-, escritas con cabeza, talento y cuidado. El interés perdido en estos últimos veinte años por el contenido, dedicados más a la experimentación de las formas, han mermado las habilidades narrativas que, en el caso de Zlotowski, están en pleno auge.
Todo esto hasta llegar a Akira (1988), el mito del anime dirigido por Katsuhiro Otomo y que cambió las coordenadas de la animación para adentrarla en la misma liga que cualquier otra película realista. Akira, germen incontestable de películas como Matrix o Stranger Things -hija a su vez de toda la estética urbana de Blade Runner (1982)- funda lo apocalíptico, el inicio de la civilización atómica o del desastre o como dice Blanchot, de la conciencia de ese futuro que ni siquiera ya se puede imaginar.
Tremendo fracaso es la película Resurrección (2025) del cineasta chino Bi Gan, siendo una muestra de cómo puede estrellarse una buena idea o del peligro del horror vacui fílmico. Bi Gan, gran artesano del celuloide, intenta enhebrar la historia del cine por el agujero de una aguja, acumulando escenarios y estéticas, tonos y atmósferas, romanticismos y terrores todo a la vez. Resurrección es un cóctel molotov contra el espectador, ahogado de tanta muselina luminosa y tenebrismo gótico. Demasiado elaborada: se convierte en un laberinto insípido para el ojo.
La cronología del agua (2025) es una pequeña sorpresa dirigida por la actriz Kristen Stewart, una historia de abusos, egocentrismo y escritura, un abanico biográfico de sensibilidades y tormentos adolescentes sintetizados en el crecimiento de una chica de energía ilimitada y fantasmas variopintos. La película, una escalada en el egoísmo de una víctima que no soporta la soledad y salta de pareja en pareja buscando una estabilidad que la haga distanciarse de su propio ego, de su propia culpa, de su propia inocencia interrumpida, decae por momentos, a pesar de que el curioso montaje de Stewart y sus poéticos insertos, generan un poema intenso, potable.
La actriz Imogen Poots realiza su papel más brillante hasta el momento.
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