BROOKER: LA FALSA MATRIOSKA DEL MIEDO. APUNTES SOBRE BLACK MIRROR

 

 

La mentira es el motor de las sociedades actuales: la postverdad, la IA, la manipulación de imágenes -tendencia que viene desde los inicios de la URSS- imponen una segunda realidad llena de cebos -clikbaits- que los media y los sistemas de control utilizan de manera desaforada para reajustar la realidad a su antojo. Pero esto ustedes ya lo saben. Por otro lado, la publicidad -abuela de todo esto- siempre ha utilizado la tergiversación para ganar atención, curiosidad, dinero: todo depende de dominar el arte de la atención, de distraer la conciencia. El verdadero problema radica en que estas tecnologías y este pensamiento extendido y normalizado genera una red existencial de hechos muy poco probables, de una inverosimilitud tan siniestra que se solapa con lo real, con la existencia, ¿qué es lo real cuando todo se reduce a un juego infantil? 

 

La última entrega de Black Mirror (2025) nos habla en gran medida de los peligros de la virtualidad y la biotecnología: demonios de este siglo XXI, cada vez más artificioso y menos humano. Bueno, el creador Charlie Brooker tiende desde su primera temporada a exagerar la vida humana -en su maldad y cinismo-, lo cuál le ha llevado por los caminos apocalípticos de la ciencia-ficción, el terror, la crítica política-social y el humor negro, y todo esto hay que tenerlo en cuenta pues, ¿qué es la ciencia-ficción sino un género de paranoicos y nerds reprimidos con ganas de que todo comience de cero? ¿no son ejemplos de ello engendros grandilocuentes como Julio Verne, H. G. Wells, Isaac Asimov o Philip K. Dick? ¿no son ellos los reyes del reset? 


Black Mirror es un producto puramente contemporáneo que no podría entenderse en otro contexto que el actual, un puñado de ficciones distópicas que simbolizan el deseo del qué pasaría sí o lo que es peor: del que cuando eso pase, yo ya no estaré ahí. Es un ejercicio de ver la fatalidad de una idea llevada al extremo desde la barrera, es un gesto de mirada cobarde, como de dios acomodaticio. Todos los personajes de las historias de la serie son esclavos ante los ojos del público, mártires de una inercia exuberante y atractiva, mas inverosímil y vacía. parece más un intento de inception que de pronóstico: es como si los creadores desearan que algo así se incorporase a la realidad para darse la razón a sí mismos y por decir: ya os lo dije. 


De esta manera, Black Mirrow representa un género masoquista de crueldad infinita que consigue el efecto que tal vez critica: la obscenidad, la deshumanización. Gran parte del público se queja de la dureza de muchas de las situaciones desarrolladas aunque -en secreto-, las disfrutan, pero ¿por qué? ¿cuál es el placer de ver a otros sufrir? Sólo deberíamos pensar en programas de los 90' como el famoso Humor Amarillo de Takeshi Kitano -un cineasta marcado por la crueldad infinita- o el de Videos de Primera -del frivolizante Alfonso Arús- para darnos cuenta de que los videos virales -incluso de gatos- no los inventaron las redes, sino que se alimentaron de los instintos más vulgares de la condición humana, del espectáculo del entretenimiento occidental.  



 Hay una debilidad evidente: para creadores como Charlie Brooker se hace inevitable tomar la tecnología como elemento ficcional. Todos los gadgets imaginables son puntos de partida para desarrollar historias de la maldad, proyectando de manera inconsciente una imaginación perversa que sólo podría analizarse desde la psiquiatría. Y lo peor no es que Brooker pueda ser un degenerado disfrazado de visionario de los tiempos modernos, sino que -de alguna manera- se aprovecha -deliberadamente- de los miedos y complejos del público contemporáneo, llevándolo hasta el extremo de un brete moral, siempre moral, ¿qué es lo bueno y qué es lo malo? 


 

Lo curioso de Black Mirror -en general- es que se basa en un discurso que la mayoría del público acepta, aunque no confiesa ejercer. Básicamente es una serie que funciona como el catolicismo más rancio: de manera oficial la mayoría lo predica, pero en realidad, nadie lo practica. Ni cree en ello. Es una apariencia, una pátina moral. La gente por la calle da limosnas -a veces- pero en realidad son egoístas; sólo necesitan sentirse solidarios. Es como la cocacola; sensación de vivir. Blackmirror es exactamente como este famoso refresco: una pura ilusión de vida que nunca ocurrirá, pero que se hace verosímil por sus vagas conexiones con el presente: imaginar curas imposibles pagadas con videos autolesivos, mentiras de víctimas de bulling que modifican radicalmente la realidad, películas en las que los actores actúan mediante la mente, videojuegos asesinos, revivir el pasado a partir de fotografías, vivir dentro de un videojuego donde millones de enemigos quieren acabar con tu vida real. Se trata de una novela de Philip K. Dick.


Entonces, dónde está la innovación de Brooke? ¿dónde se encuentra las fascinación del público por ver representadas historias imaginadas hace medio siglo o más? ¿es acaso la ignorancia el gran secreto guardado celosamente por los creadores de Black Mirror para ensalzarse como realizadores ingeniosos con un toque de profetas? Es ridículo observar las caras de un público medio excitado, medio aterrorizado, viviendo una experiencia que manipula su mente desarrollando historias de manipulación de mentes. Si tiene un efecto curioso es ese: al segundo o tercer capítulo de visionado -momento en el que el espectador ya está borracho de fatalismo-, la serie -en cualquiera de sus temporadas- se convierte en una matrioska llena de hijos donde tú acabas siendo uno de ellos.  

 

Black Mirror es un huevo de madera donde te ves atrapado y no dejas de temblar: es como ver películas de terror sin que aparezca el zombi o el vampiro, es como ver Saw, pero en modo light, para todos los públicos. Black Mirror ha creado un tipo de terror sociopsicológico -sociopatológico- que parece concernir a todo bicho viviente cuando, en realidad, si uno afina verá con facilidad que el perfil es muy cerrado y local, dirigido a un sector de la población - del alma- muy concreto.

 

Relaciones virtuales que acaban mal, secuestros de responsables de redes, robots en modo vudú, historias interestelares a lo Star Trek, localizadores para niños, confesiones obscenas, agentes de seguros, relaciones con caducidad, versiones baratas de Alien, museos de crímenes, bodas elitistas, perfiles de red narcisistas, mochileros, virus informáticos, lesbianismos sobrenaturales, cazadores locos,  detectives online, fatales encuentros con ex-amantes, comediantes politizados, víctimas desmemoriadas, telebasura e implantes de memoria -chips-.

¿Qué es todo esto? 


 
Desde el año 2011 Black Mirror ha ido suministrando su droga en píldoras en forma de episodios -más o menos cruentos-, jugando a la tortura ficcional sin límites, viendo como su audiencia aumenta y disminuye, calibrando el grado de violencia que el espectador soporta para generar fidelidad. Para que todo no sea ahuyentar al rebaño. Por eso -tal vez- David Slade -el creador de la saga Crepúsculo- estrenó en 2018 Black Mirror: Bandersnatch, un ficción completa -no un episodio- donde se cuenta una historia sobre la mente y la construcción de las ficciones. Se trata en sí misma de una reflexión sobre ese mundo que -lejanamente- pervive en la serie.
 

 

Este inserto narrativo, al salirse del formato serial, de alguna manera refrescó el imaginario del mundo de Charlie Brooker, un mundo que -como ya hemos visto- más que una serie anticipatoria es un supermercado -o centro comercial- de futuros creados: tecnología y seguros. Vista de cierta manera crítica, Black Mirror es un brainstorming -un catálogo- de lo que deberás temer y desear en el futuro, de cómo deberás comportarte si sucede y una tabla de mandamientos a no cumplir pero que se cumplirán -según ellos-. Pura conspiranoia en gran pantalla, pura dopamina terrorífica y deshumanizada. Sólo hay que escuchar Mensaje al futuro del terrible divulgador Isaac Asimov para entender cuál es la clave de Black Mirror: desconfianza en el presente, ansias intergalácticas. O lo que es lo mismo: puro nihilismo y pura desesperación reprimida en modo IA.

Vivir lo que nunca fue para tener una sensación de vida. 

Un desastre.  


 

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