Are you experience? Nuevas realidades
Yorgos Lanthimos no defrauda casi nunca y este año con Bugonia, ha puesto la guinda a dos décadas -desde Kinetta- de prodigios fílmicos de una calidad y un ingenio poco común en esta cultura del remix y el copy-paste. Sin duda, podemos afirmar de forma sólida que nos encontramos ante el Hitchcock del siglo XXI, un cineasta formado en la teoría del cuerpo, en la fisicidad, en la performance como punto fundacional para abordar la psique.
Bugonia es una de sus películas más mentales aunque también, de las más superficiales, en el sentido positivo, real. Bugonia se basa en una mentira o mejor dicho, en mil mentiras globales llamadas conspiraciones y que alimentan miles de millones de mentes -alrededor del globo- que buscan respuestas fáciles a preguntas imposibles o simplemente inaccesibles. Los secretos se llevan muy mal en las sociedades basadas en la hiperinformación, en la big data, en el documento infinito. Vivimos un paroxismo multitudinario donde se nos hace conscientes de los hilos del poder y sus planes. Cada producto consumido, cada objeto cultural, cada persona... puede ser un trampa para robar información, alma o dinero. han conseguido que todos nos robemos unos a otros, que desconfiemos del prójimo, de lo humano. Nos hacen confiar en las máquinas pues carecen de error y poseen la velocidad, esa extraña virtud que muchos prefieren por encima de la calidad o la solidaridad.
Llegado este momento, los individuos oscilan en medio de teorías sobre el origen, las formas, la existencia, la finalidad, la muerte. Miran al cielo estrellado y piensan que les pertenece, que ellos pertenecen a ese todo del que todo ignoran. El mundo es cada vez más ignorante, más analfabeto, sometido a un bombardeo de barbaridades inhumanas que hacen que su cerebro colapse y deje de diferenciar la realidad de la ficción. Por eso es tan importante hacer una película sobre este temo en concreto y por eso es una obra puramente del siglo XXI, nueva, despojada de discursos clásicos, llena de ciencia-ficción, terror y fantasía; tal ver los tres elementos básicos de todas las teorías de la conspiración.
Yorgos Lanthimos revuelve la sopa y crea su propio discurso narrativo en un mundo de chalados que domina como nadie. Todos sus personajes están fuera del mundo, piensan fuera del mundo, sienten fuera del mundo. En Bugonia todo eso se sintetiza en forma de relato, de drama psicológico y experimento ideológico: una muestra de qué pasaría si una mente confundida -dogmática- lleva a cabo sus principios. La religión, la política, la medicina, la alimentación y la sociedad en sí misma es puesta en duda a partir de una creencia, de un discurso en contra del poder.
El apocalipsis discursivo, la fatalidad, el fin hacen de decorado; la mentira como único método de salvación es la clave para darnos cuenta que tanto el plano como el contra-plano están equivocados, o simplemente son malvados, ¿qué es el mal, qué son los dioses, qué es la existencia, cuál es el sentido de la vida o mejor aún: cuando no podemos encontrárselo, qué nos inventamos para aliviar el ansia de conocimiento?
Hoy deberíamos ser una civilización erudita, pero nuestra pereza y las complejas circunstancias económicas de la mayoría, crean un caldo de cultivo en el que no somos más que bacterias ciegas dando vueltas a una burbuja de aire.
El que sí vuela por los aires es Spike lee en su última obra: Highest 2 Lowest. Un engendro mutante de géneros donde cabe una peli de secuestros, una reivindicación racial y una crítica demoledora hacia la deriva de la música negra en EEUU. La pérdida del alma, la pérdida del alma. Lee convierte Nueva York en una maqueta que filma desde el aire y juega a través de sus barrios como si fuese el Monopoly. Imitando una película de Kurosawa de 1963, monta una película moralista y floja sobre la vida de un famoso productor discográfico llevando una vida perfecta que en realidad es muy frágil.
La utilización de los cuerpos, de las mafias y de la violencia como único modo de supervivencia, convierte a la vida urbana en un infierno demasiado tonto, de una fama condicionada por los seguidores, por los likes, por el marketing. ya no importa quién seas sino cuánto te promociones, cuánto te vendas. El tiempo es dinero, las personas son dinero; el capitalismo ha vaciado las cosas y los seres y los manipula a sus anchas. Sólo el éxito parece la meta de las mentes hundidas en la miseria, en el falso sueño norteamericano.
La sociedad está llena de monstruos y en Jurassic World: Rebirth se han inventado unos cuantos más para aterrorizar al patio de butacas. Dinosaurios con forma de alien, aliens con formas de dinosaurios, fantasías exploradoras y todo lo que imagines en un nuevo capítulo chapado a la antigua con nuevos personajes que engendrará nuevas sagas, ¿dan para tanto un puñado de animales extinguidos?
El que sí que da de sí es el Superman de James Gunn -creador de Guardianes de la Galaxia- quien por fin a conseguido superar los complejos clásicos sobre el personaje y ha lanzado un mágico polvo humorístico a la historia que por fin se hace potable, legible. Además resuelve de forma inteligente el dilema de la ficción: si Superman es el ser más poderoso de la galaxia, ¿quién puede vencerle?
Brevemente comentar The Smashing Machine, un film mediocre, casi televisivo, vendido a la cartelera con el único aliciente de la actuación estelar de Dwayne Johnson encarnando a un famoso luchador de combates extremos que décadas después se convertirán en la terrible UFC actual. Johnson lo intenta pero lo suyo no es lo dramático. Lo que sí hay que advertir es que las numerosas escenas en silencio al lado de su monstruoso cuerpo son reveladoras de lo extraño, del sufrimiento de un hombre atrapado en un cuerpo del que no puede salir. tal vez johnson pensó que le ocurriría como a Mickey Rourke en aquello de El luchador (2008), que renacería o se despegaría de su estereotipo, pero no es el caso.
En cuanto a Eddigton de Ari Aster es quizá la mayor decepción al tratarse de un retrato de la comunidad USA en plan revolucionario donde se mezclan demasiadas cosas y la pesadilla acaba siendo soporífera. Le falta humor y Joaquím Phoenix no acaba de encajar en un papel clave en la película, ya que es el eje de una historia colectiva donde las cosas deberían ser más claras. La gran expectación después de su vertiginosa y brillante Beau tiene miedo (2023) es tal vez la culpable de la decepción.
Y por fin It Was Just An Accident de Jafar Panahi, seguramente uno de los cineastas más importantes de nuestro tiempo con más cantidad de obras maestras a sus espaldas, sobre todo, teniendo en cuenta que llevaba 15 años secuestrado por el gobierno de su país. Esta película simboliza su libertad; para que luego digan que el cine no puede cambiar las cosas. Su terquedad y obsesión por el hecho cinematográfico le ha permitido vivir -no suicidarse- y reflexionar sobre los sistemas de poder y la deriva del mundo. Discípulo del maestro Kiarostami, Panahi es quizá el gran orfebre del cine actual, un relojero de los de antes que no deja puntada sin hilo, cabeza con gaznate.
Una película cercana a Close up (1990) de su maestro y la estética de Beckett, donde el absurdo es una sonrisa que nos lleva a lo existencial, al umbral sagrado de lo humano. Trabajado como un roadtrip típico de la tradición iraní y de su propia obra -Taxi Teherán (2015) o Crimson Gold (2003)-; lo más bello de sus películas es ver cómo s mueven los personajes, cómo aparecen paisajes imposibles, hasta darnos cuenta de que todo el teatro montado es real. es la verdad. Por eso Panahi es una especie de dios del arte contemporáneo.
Para ir acabando, atracamos en Romería, un nuevo intento fracasado de Carla Simón por vender un nuevo tipo de cine español que ni es español ni es cine. Ojalá pudiésemos ver lo contrario, decir lo contrario, pero la falta de respeto por la realidad gallega, la artificiosidad de los temas, el bajo nivel interpretativo -exceptuando a la frescura de Mitch Marín- y la anquilosada narrativa que intenta disimularse con ramalazos fantásticos -que de hecho están bien llevados, pero no solucionan la película- acaban dejándonos la limosna de las imágenes de video que filma la protagonista, por momentos muy bellos aunque vacíos, muy bellos y llenos de amor por los colores, las líneas y también las secuencias subacuáticas, vacías, pero llenas de onirismo; ¿no será que Carla Simón es una cineasta mucho más experimental de lo que muestra y se está parapetando en un método narrativo muy caducado y horroroso, lleno de cotidianidad archiconocida y momentos estereotípicos filmados cuarenta mil veces por otros cineastas de muy bajo nivel?
Y por último Weapons, cómo no una película de terror de las muchas que se estrenan a cascoporro desde hace quince años. Han inventado este tipo de ficciones que no son de género puro, sino una hibridación que casi siempre sale mal, pero que en esta ocasión no se nota del todo y puede verse casi como un drama psicológico bastante llevadero. La obsesión de los nuevos cineastas yankis por el terror es algo enfermizo: el público no se queja y ellos hacen. Se trata de cineastas técnicamente muy preparados pero que sólo tienen en la cabeza el sustito detrás de la puerta y el niño con la cara de payaso. Es fácil descubrir sus referentes; recuerdo que Spielberg y sus secuaces comenzaron también con estas chorradas subalternas y décadas después se hicieron con la industria. Esperemos que la evolución sea mejor porque si no, ya sabemos lo que nos espera.
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