AL PACINO: ¡UUUUUUUAAAAAAA!
¡Uaaaaaaaaaaaaaaaa!
¡Ua! Este es el grito, esta es la alarma principal, el conjuro de la vida. A veces se nos pierde la esperanza o simplemente fracasamos. La vida nos marca un destino demasiado oscuro o demasiado distinto para nuestros ojos. Cuando desfallezcamos, ¡ua!, cuando la tristeza llene nuestro vaso, ¡ua! Cuando todo esté perdido, ¡ua! Pues siempre nos queda otra, pues siempre hay algo milagroso en la belleza, algo misterioso en el humor. Bienvenidos a la cata de un perfume venenoso lleno de sorpresas, ¡ua!
Allá por 1992 -entrando en esa década milagrosa y terrorífica para el capitalismo occidental- pasaron muchas cosas, como por ejemplo esta versión de la mítica película de Dino Risi, protagonizada por Al Pacino como reencarnación de Vittorio Gassman y dirigida por el inigualable Martin Brest., un cineasta discreto pero digno de los mayores elogios. Películas como ¿Conoces a Joe Black? (1998), Midnight run (1988) o Superdetective en Hollywood (1984) hablan por sí mismas. No son necesarias kilométricas carreras para demostrar una sensibilidad distinta y un buen hacer dentro de la industria -ya de por sí castradora- y conseguir relatos impecables de experiencias sublimes.
Esencia de mujer es lo mejor de Al Pacino por encima de la palpitante Tarde de perros (1975), la peculiar Serpico (1973) o la sobrevalorada Scarface (1983). Ni siquiera la prematura El padrino (1972) -que además es coral- le hizo brillar tanto como este film de 1992 donde el aire es copado por su presencia de una manera absoluta: todo él es el film y sólo en él toca el cine de una amnera virtuosa. la historia de un viejo militar retirado que quedó ciego por un absurdo accidente y la necesidad imperiosa de un humilde estudiante de cuidarle para sacar unos cuartos se convierte en un viaje iniciático donde Chris O'Donell sería Dante y Al Pacino, Virgilio. Tal vez puede parecer exagerado, pero la estructura como ficción es similar y como visión, nada impar, ¡ua!
Partiendo de un contexto parecido al de El club de los poetas muertos (1989), Esencia de mujer utiliza como motivo a las elites sociales para recabar en un chantaje y una oportunidad. Al Pacino es el brujo, el hechicero que convertirá la realidad en un libro de sabiduría humorística donde el lenguaje es providencial: la palabra es el único arma que abre las puertas de los sentidos. Las imágenes no nos sirven. Estamos en tinieblas. Sólo los olores, el tacto, los gustos sublimados y la música nos guían en este infierno diseñado para la fatalidad a través de la elegancia, del decoro. No es hoy época en la que estas cosas sean valoradas, pero en 1992 Martin Brest supo darles un valor -tal vez en su canto de cisne- donde los principios y las perversiones, donde los miedos y la buena educación son compatibles con los placeres y la justicia, con la locura y la picaresca, ¡ua!
¿Por qué es importante Al Pacino en este film y no en la mayoría de sus otros -muchos- trabajos donde es demasiado histriónico o exagerado? El personaje del coronel Frank es un ser de otro mundo, alguien que ya ha muerto en vida y se prepara para hacer milagros. Al igual que un profeta, espera en silencio su momento, pues sabe que la acción es tan importante como el pensamiento. Al Pacino desarrolla en Frank una suerte de diablo lujurioso de una humanidad absoluta, un Siddharta en toda regla; un animal imperfecto atravesando todas las fases del alma, ¡ua!
No hay personaje tan bien construido, tan bien aprovechado por un obseso como Pacino por devorar la imagen. Martin Brest se la quitó, le obligó a no ver -a cegarse- para que pudiera ser otro y vislumbrar algo nuevo. El guión de Bo Goldman -Alguien voló sobre el nido del cuco, 1975- y Ruggero Maccari -Una jornada particular, 1977- es el pilar fundamental de la obra de Brest, un auténtico templo narrativo lleno de vericuetos filosofales y vivencias extrasensoriales. El film es como un whisky on the rocks ingerido de un solo trago, un mundo entero en un sorbo fuerte y delicioso, ¡ua!
Se trata de unas Meditaciones de Marco Aurelio versión los 90', un paseo con bastón plegable sobre el fino hilo de la condición humana cuando la careta se cae y sólo queda el teatro desnudo, la persona. Mirada vampírica, condecoraciones, una pistola, una maleta blanda, un hotel de lujo y una limusina. La mirada puesta en el vacío como si el vacío pudiera leerse. Conducir sin ojos, juzgar con la venda puesta para ser ecuánime. No dejarse engañar, luchar contra la memoria. Abrazar al gato, a la mujer, bailar el tango, fumar, dejarse iluminar, beber, llorar, querer morirse, ser un viejo fantasma, fantasear, amenazar, ligar, perdonar, afeitarse, analizar, pensar, beber, volver a beber, acostarse, dejar de pensar. ¡Ua!
Afinando un poco, no es difícil ver similitudes con El último tango en París (1972) de Bertolucci, eso sí, sin erotismo ni morbosidad, mas con un alto grado de eficacia e inteligencia, carente en la cinta protagonizada por Brando. Y en esto vamos a ser claros: Esencia de mujer es un film-mágico, una ficción puramente irreal -como lo podría ser Being There, 1979- y no realista, poseedora de un optimismo perdido en el siglo XXI donde todo es apocalíptico y derrotista: pesimista, depresivo. Desde un punto terrible de la existencia, Esencia de mujer inventa una solución imposible ante un problema catastrófico: hoy día, una versión de este film hubiese terminado media hora antes, claudicando en un obvio suicidio, ¡ua!
Si nos empiezan a enseñar algo los 90' es que el cine debería dirigirse siempre hacia un camino más original, fuera de la senda marcada, para seguir manteniendo la idea -pues el arte es idea- de que podemos imaginar la vida de otra manera muy distinta a la impuesta por un sistema de control como el capitalista. Las películas deberían ofrecer un campo de batalla ampliado donde el alma corriese a sus anchas, fuera de toda constricción, de todo freno. La naturaleza humana es muy poderosa pero quieren hacernos creer que no. El coronel Frank demuestra que aún siendo un ser imaginario, imita a la vida hasta tocarnos ese secreto que guardamos en el corazón y que no queremos que nadie vea, ¡ua!
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