almodóvar y otras películas del montón; crónica de un verano
Amargor almodovariano,
crónica de un verano
La carrera de Pedro Almodóvar acaba en el año 2002. No es esta una boutade cualquiera sino una manera de afirmar que desde hace más de dos décadas, el toque Almodóvar se ha agotado por completo. Desde la magnífica e inesperada Hable con ella, el cine del manchego ha ido dando tumbos en medio de la confusión de un salón de espejos donde ni siquiera la autorreferencialidad le salva del naufragio. Una cosa es la decadencia orgánica de una inspiración o estilo y la otra es la insistencia errática de estetizar la mediocridad y el vacío para desembocar en autoindulgencia y victimismo barato. seamos claro: el manantial almodovariano se ha secado o lo que es lo mismo, a pesar de ser una marca rentable y prestigiosa, su valor real ha desaparecido. El formato ha caducado. No penetra. Y no es cuestión de gusto u opinión, sino de algo evidente y catastrófico moviéndose en la pantalla. Un ego enfermo lleno de vanidad y ceguera.
En su última película -Amarga Navidad, 2026- nada funciona normalmente y apenas se pueden rescatar un par de momentos -la aparición de Amaya (por cierto, en este link podrán ver algo espectacular, https://www.youtube.com/watch?v=6tCjflXY9CM), y el paseo de las protagonistas por Lanzarote mientras sopla el viento- que contrastan con un cúmulo de secuencias y de flashbacks inoportunos que intentan replicar viejas glorias de su propia filmografía, agotando la paciencia y la sensibilidad del espectador con interpretaciones huecas, historias profundamente insípidas y un montaje incoherente que intenta disfrazar la vaguedad del film que, a estas alturas, nadie en el patio de butacas es capaz de entender; de entender la necesidad de crear esta película.
Da la impresión que cada avance de la película la hace más débil, alimentándose de personajes pasajeros sin consistencia, sin química, seres de una irrealidad tal que el nivel fílmico baja hasta cotas de escuela de estudiantes. La sensación del cine de Almodóvar desde hace exactamente 23 años es de decepción absoluta, lo cuál engendra en el espectador una enorme tristeza por un cineasta que urdió títulos como Todo sobre mi madre, Tacones lejanos, ¡Átame! o Mujeres al borde de un ataque de nervios y que llevó el cine español hasta la leyenda.
Su obsesión desmedida por el Popart y su estética le han llevado a repetirse, a clonarse hasta un punto de vaciedad donde los colores ya no significan nada, donde las palabras no sirven para comunicarse y donde las pastillas se convierten en la gran tragedia de una experiencia pseudoartística donde nada es rescatable y donde muchos callan por respeto o decoro. Pero hay que decirlo, Almodóvar debe tomar una decisión si quiere que su cine resucite más allá de sus propias cenizas. Las cenizas han volado y la fórmula ha expirado. Seguir maltratando al público con explicaciones obvias y personajes narcisistas que lo único que transmiten es rechazo y vergüenza, estupor ante una mediocridad patente que intenta seguir respirando cuando la botella se ha terminado.
Sólo un cambio de ruta, de proceder, puede salvar este barco sin velas que navega a la deriva viviendo de las rentas de una fama que puede desaparecer si se sigue insistiendo en gestos de enorme torpeza y nihilismo que pueden ser la daga de Bruto sobre un Almodóvar que -una vez- consiguió ser un breve emperador del cine.
El título de Barker es una película de terror disfrazada de fantasía a lo Big (1988) pero mal enfocada y de un tono totalmente adolescente; la de Knight es un puro videojuego; la de Borte es una pantomima ridícula de Russell Crowe; la de Borgli -quizás con algo más de sustancia- es una especie de remake de la película de Woody Allen, Deconstructing Harry (1997) pero disuelta en falso halo de romanticismo y comedia barata que acaba en agua de borrajas y tirando de la cadena.
Todo esto refleja que -sobre todo- el universo anglosajón vive una de sus épocas más pobres a nivel de calidad y originalidad, a pesar de la desmesura de estrenos y millones, la hibridación entre estéticas televisivas y cinematográficas le está haciendo mucho daño al arte de cortar historias y los productores más afamados están invirtiendo en subgéneros y remakes camuflados sin gracia ni valía, lo cuál precipita a la industria de Hollywood a un agujero sin fondo donde también arrastra a un público cada vez más absorto ante lo inocuo e intrascendente de la cartelera, refugio de las imaginaciones populares de todo el planeta.
Incluso títulos tan potencialmente importantes como Dead Man´s Wire (2025) de Gus Van Sant o Vast of the Night de Andrew Patterson se van derritiendo a lo largo del metraje, produciendo una sensación de falta de vigor y audacia, proponiendo estructuras narrativas alucinantes que acaban en nada o en muy poco. La sensación de que los viejos autores estiran el chicle y los nuevos no acaban de fraguar, alimentados por una cultura Z llena de relativismos e instantaneidades muy poco recomendables para afrontar cualquier arte mayor, se va ampliando en cada título y el error se repite como una pandemia, como un virus inevitable que habla de un fin de ciclo de una industria que parece refugiarse en los videojuegos, en la virtualidad y que se agarra a los viejos éxitos para seguir ordeñando a una vaca sin leche que pronto morirá por sí sola.
Incluso películas como Chronology of water (2025) de la actriz Kristen Stewart o la elogiada The mastermind (2025) de Kelly Reichardt adolecen dentro de su peculiaridad en zonas importantes del metraje, como si el último impulso, el último esfuerzo de terminar la película se hiciese imposible, como si el mismo David Cronenberg en su última entrega The Shrouds (2024) fuera incapaz de hilvanar una buena historia que enganche más allá de la obviedad de la muerte. Vivimos en un mundo en el que la IA parece copar todas las respuestas y las decisiones, podando la imperfección bendita del ingenio humano, su eterna curiosidad, su anhelo incesante por el misterio y la emoción. Tal vez sea eso, tal vez el gremio de guionistas de la industria está bloqueando sus mejores manuscritos hasta que les suban el sueldo; quién sabe.
Lo que está claro es que el zeitgeist está hundiendo una de las parcelas más fecundas de la cultura mundial y está reduciendo el cine a subgéneros como el terror y las adaptaciones, los biopics y los videojuegos. La infantilización espectacular continua hasta que todo sea una guardería mundial y nos den el biberón en forma de pastillas.
Como último consuelo recomendar títulos olvidados de extrema calidad y singularidad como Pharaon (1966) del injustamente olvidado Jerzy Kawalerowicz o -si les parece una cosa muy lejana- la maravillosa película de Hlynur Palmason, Winter Brothers (2017), un auténtico diamante en bruto. Antes de ver la nueva de Mandalorian les recomiendo ver la comedia agridulce Un poeta (2025) de Simón Mesa, y por supuesto, antes de ver la última fricada de Spielberg, les conmino a que vuelvan a revisar películas tan valiosas como Crónica de verano (1961) de Morin y Rouch o la deliciosa Love meetins (1964) de Pasolini, aunque sólo sea para recordar que una vez el cine fue verdaderamente grande y valioso, y que la gran momia que representa todo el corpus fílmico -toda la gran historia de este arte que deglute al propio Arte en sí- tiene aún algún sentido.
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