EL FUEGO LOCO / EL FUEGO FATUO: LA CIMA DE LOUIS MALLE
Le fou follet
El fuego de Malle
(1963)
No se sabe si por error o descuido, en su legendario Diccionario del Cine, el historiador Georges Sadoul olvida mencionar, valorar y detenerse en, quizás, la mejor película de Louis Malle. Cuando Sadoul completaba su compendio cinéfilo, la obra de Malle sólo llegaba hasta Black Moon (1975) -El Unicornio-, lo cuál es más que suficiente para valorar su filmografía pues todo lo que hizo después es más prescindible que lo realizado en su primera época. El Malle joven tocó unas teclas en el mundo del cine que sus compañeros de generación obviaron en los años 60'. Malle fue el primero en copiar todo tipo de estilos y usarlos a su favor de una manera discreta y en varios casos muy eficaz. Los amantes (1960), Ascensor para el cadalso (1958) y Lacombe Lucien (1974) son pruebas de ello: arrebató el erotismo contenido de Antonioni, el misterio inquietante de Resnais, los gestos de Bresson y la puesta en escena de Renoir, por no hablar de su gran mimetismo con la obra de Henri-Georges Clouzot.
La cuestión pertinente es que si hubiera que desarrollar una idea sublime sobre Malle, sólo se podría hacer en torno a dos películas: una sería su salvaje ópera prima, El mundo del silencio (1956) y la otra sería El fuego fatuo (1963). Aunque los historiadores suelen saltarse este curioso film -no se sabe si por cuestiones morales o profesionales-, se hace ineludible bucear en sus imágenes y sus sonidos hasta encontrar una gruta de tesoros incalculables, dotados de una rara sensación paradójica donde el mal y el bien se tambalean y donde -extrañamente- Malle encontró un singular equilibrio que consiguió mantener a flote una obra que en parte es clásica y en parte, contemporánea, lo cuál la convierte en una pequeña obra maestra del cine.
El fuego fatuo es un cuento fílmico sacado de la novela homónima del escritor Pierre Drieu la Rochelle, una historia suicida de corte existencialista sobre el sentido de la vida y la dificultad de asumir el paso del tiempo. Sin duda es la pieza más filosófica de Malle y por eso, tal vez, la más sofisticada y congruente de su filmografía a pesar de sus enormes imperfecciones. La obras maestras tiene ese factor de impureza que las mantiene abiertas en el porvenir, dejando entrar a todo tipo de sensibilidades y exquisiteces sin miedo a ser juzgadas. Una obra maestra es por naturaleza ambigua e incompleta. El fuego fatuo tiene esto y mucho más, ya que empezando por su autor, casi todo su contenido es polémico. Con respecto a Malle, hay que decir que fue envidiado por su generación por representar a un cineasta excesivamente mimado por la crítica y las instituciones en general. Si el núcleo duro de la Nouvelle Vague representó en sus inicios el cine punk de los 60', Louis Malle representaría al autor privilegiado por las elites, hijo de un multimillonario que sin duda le facilitó sus inicios y sus contactos. Por otro lado, la película es provocadora debido a su tema: el suicidio, la depresión, el alcoholismo.
Poco a poco, con el avance del film, nos enteramos de que Alain Leroy bebe -o ha bebido- porque es incapaz de relacionarse con el mundo real: su pérdida de juventud le ha llevado a un callejón sin salida donde la tristeza es inmensa y la vida sólo conduce a la Nada. Este personaje digno de Camus o Sartre, ideológicamente alineado con Kojeve y Fitzgerald, es un producto típico del Romanticismo del siglo XIX, de aquel delirio inventado por personajes como Novalis o Poe, Byron o Baudelaire. Así, nos encontramos ante el fenómeno del poeta maldito sobreviviendo en un tiempo ajeno a su espíritu, enajenando así su visión de las cosas. Alain mira por la ventana y admira a los paseantes ya que ignora cómo soportan el hecho del absurdo de la vida: ¿qué les mantiene vivos, qué les empuja a ser felices?
Sin duda todo el cine de Louis Malle sigue esa búsqueda: la felicidad es un lugar imposible que nos rodea. Todo esto no parecería un problema complicado si no estuviera contemplado desde la visión de un ser vanidoso y decadente como Alain, un muerto viviente que intenta alargar su agonía existencial alejándose del mayor veneno conocido: la bebida. Lleva cuatro meses sin tocar la botella pero su mente le está traicionando, obligándole a llegar a conclusiones abstrusas, a ideas letales. Semánticamente los fuegos fatuos son emanaciones gaseosas acontecidas en los lagos o cementerios, derivadas de descomposiones orgánicas. El curioso color de estas luces fluorescentes creó en la cultura una leyenda de fantasmas y almas voladoras de un poder metafórico envidiable. Así, el término -la traducción del título al castellano- nos lleva indefectiblemente a pensar en luces de muertos, en pasados que se revelan, en mensajes del más allá. Toda esta fantasmagoría unida a la ridícula vanidad y a la actitud petulante de Alain -con el que nunca empatizas-, genera un estado de extrañeza hundido en las constantes melodías de Erik Satie que van apoderándose del film hasta hacerlo música, hasta enterrarlo en la noche.
El fuego fatuo es una pieza contemporánea pues convierte el cine en canción, el discurso en melodía. Hoy día la cultura es eminentemente oral y musical debido a su deriva popular: a pesar de que Le fou Follet posee un tono aristocrático que la emparenta con el mundo cerrado de Visconti o Resnais, el poder corrosivo de su historia -o antihistoria- persiguiendo a su héroe -o antihéroe- conecta fragmentariamente con una sensibilidad muy actual -aunque a la vez universal- cercana a cierto cinismo, a cierto escepticismo idealista instalado en las nuevas generaciones, distantes de la experiencia real, sumidos en mundos y redes virtuales intangibles, etéreas, raudas. Evanescentes. A Alain la vida se le escapa de las manos sin saber por qué, deseando que todo se detenga, que todo le abrace. El narcisismo del protagonista es una de las claves del cuento de Malle: Alain es un Adonis entristecido por una falsa idea de deseo y de placer, un ser platónico y enfermo resistiéndose a abrazar el realismo, la carne, la verdad.
Alain no puede tocar las cosas en movimiento, no acepta la condición pasajera del tiempo y convierte en locura una impostura, el alcohol en un refugio de olvido. Como cualquier depresivo, Alain vive encerrado en un museo de recuerdos, de asuntos sin terminar, de nostalgias imperecederas, de fotos, de cartas, de souvenirs simbólicos que le recuerdan lo que pudo ser su vida y no fue. Alain se engaña cubierto de cansancio y desesperación, intentando que los objetos de su habitación no le traicionen. Alain tiene mucho miedo -como lo tienen todos los enfermos mentales- a volver a ser querido, pues ellos conlleva la contrapartida de volver a ser abandonado. la vida, entre otras cosas, es un ejércitos de adioses, los cuáles, si no son asumidos como inevitables, conducen a la locura, a la enfermedad, al vicio, a la perversión.
Hoy día, el ambiente nihilista y frívolo que domina la sociedad -además de ser causa de un materialismo desmedido y de una religión basada exclusivamente en el dinero- es muy similar al episodio vital de Alain, personaje que podría encarnar perfectamente el zeitgeist actual, donde la civilización parece estúpidamente atenta a nimias banalidades como salvajes combates de lucha, mundiales de futbol o mujeres semidesnudas enseñando el culo por doquier. Todo ellos con el motivo de un trasfondo económico deleznable. La ética ha desaparecido de la sociedad desde que los movimientos de ultraderecha lideran los destinos del mundo. Las bestiales matanzas de gladiadores en la Roma imperial y las horrendas guerras que asolaron el mundo Antiguo durante milenios parecen querer instalarse de nuevo como algo cotidiano y connatural a una sociedad ideada, tras la tragedia del Holocausto, para vivir en paz. La paz es lo único que importa en una vida relativamente feliz: hoy, la inseguridad y la precariedad han valido a los poderosos para crear una sociedad confundida y adicta a memeces que, lamentablemente, en muchos aspectos, se parece a Alain.
El fuego fatuo no reparte soluciones de ningún tipo: se trata de una obra netamente fílmica que muestra una realidad desde la intimidad del horror. Se trata de un baile, de una coreografía espectacular basada en la miseria de un ser moribundo que no ve los milagros de la vida, que es incapaz de comprender que los demás son un tesoro incalculable y que representan la única oportunidad para salvarse. Cuando el solipsismo y la introversión cruzan el umbral de lo degenerado, sólo el otro pueden hacernos conectar con la esencia de las cosas. las cosas en sí mismas están vacías: somos las personas las que las llenamos de valores, de principios. Si sólo vemos la superficialidad de las relaciones, su rentabilidad, su interés, si sólo calculamos las probabilidades de éxito y nos reducimos a una prudencia absoluto con respecto al mundo estaremos perdidos. El Fuego fatuo trata de esto y de mucho más, de una obra tachada de fascista en su día, rechazada, apartada por su espinoso tema, por dar en crudo su mensaje más atroz, por ser demasiado densa, demasiado retorcida.
El miedo es el gran motor del poder. Anular a los individuos hasta sumirles en una prisión es su único objetivo. Evitar los seres rebeldes. Una sociedad cada vez más apartada de las Humanidades, de los buenos libros, de la buena literatura, del buen cine, del buen teatro, de la buena danza... es una comunidad débil. Una sociedad invadida por el conceptualismo y el mínimal, por el pensamiento decorativo -muy egipcio y por tanto clasista- y el cine de terror -cuando no gore- es una comunidad intoxicada, enferma, prisionera.
Tal vez esta fue la historia que asombró a Malle y que quiso hacerla viva a través del cine; quizás una coincidencia y cierta improvisación le llevó a crear su obra maestra sin saberlo. Él, que fue hijo de multimillonarios, quizá se vio reflejado en ese Alain atenazado por un tipo de vida que acabó matándole, esa dinámica snob llena de purismos absurdos y estéticas fantásticas que son sólo vivibles en cierta adolescencia, en cierta juventud. Apagada la ilusión, sólo queda el cine. Lo que se muestra es la realidad, pues el Séptimo arte trata de este fenómeno imprevisto de atrapar fragmentos de existencia para, si son valiosos, que nunca se escapen. Jamás.
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