Roger Gual, Cesc Gay y la matanza del mal cine; fuegos lynchianos
EL MILAGRO DE LA MANTANZA
Roger Gual es un auténtico fracaso: aquel cineasta que deslumbró en 2002 -junto a J. D. Wallovits- con su inigualable Smoking Room, estrena ahora -24 años después- un auténtico desastre titulado Los creyentes. Con apariencia de capítulo rastrero -de miniserie flojeras- la cinta se mueve en una estética standard sin asunción de riesgos de ningún tipo, guiada por una narrativa simplona, sin más atractivos que el paisaje asturiano y un curioso José Coronado -quien por primera vez cambia su habitual fraseo para encarnar a un fanático conspiranoico-. Lo de Roger Gual no hay quien lo cure ni quien lo pare, el virus televisivo que recorre el cine es terrible y mortal y la influencia de las series -lejos de ser un complemento- se ha convertido en el verdugo letal de la mayor parte de los cineastas actuales, lobotomizados por estéticas Netflix, Amazon o HBO; algunas de las razones por las que la deriva actual de la ficción se está comiendo su propia cola, uroboros repitiéndose a sí mismos en la más absurda y pobre de las posibilidades.
(2026) es la demostración fehaciente de la profunda crisis de una industria superada e inservible, dando sus últimos coletazos, dando señas inequívocas de agotamiento y finitud. El ciclo se ha terminado para gente como Spielberg, Scorsesse, Coppola o Zemeckis. Todas sus producciones desde hace dos décadas naufragan de las maneras más estrambóticas y no hacen más que vivir de las rentas, de un mundo que ya no existe.
Disclosure day o El día de la revelación -la cuál como comprenderán no aparece por ningún lado- es un film oportunista que recoge cierto fenómeno -muy yanki- relacionado con la leyenda de los ovnis. No es casualidad que en 2025 se estrenó un documental específicamente sobre el tema, donde un exmilitar intenta esclarecer todo el asunto y obligar al gobierno a aceptar dicha realidad secreta. El documental es de Dan Farh y su nombre es The Age of Disclosure. En él, senadores, miembros de la CIA, militares e investigadores especializados acaban confesando la verdad sobre un tema casi metafísico que pertenece más a la leyenda que a la historia, pero ya se sabe, a los norteamericanos la Historia les toca un pie. Si no tienes algo te lo inventas y si lo que inventas se va de madre, creas una creencia.
Pero la cosa es aún más grave pues films como Molly's Game de Aaron Sorkin o La muerte de Robin Hood de Michael Sarnoski, de facturas impecables de cierta sofisticación, caen en el aburrimiento rápidamente, dando la impresión que los nuevos cineastas están a por uvas y muchas veces se esfuerzan tanto en definir el envoltorio que el contenido se queda seco, grumoso. En la cinta de Sorkin, aunque más elaborada que la de Sarnoski, la repetición de rutinas secuenciales acaba apagando el interés de la película, como si aquella realidad de las partidas clandestinas de póker fuere un túnel infinito por el que viajar. El dinero como argumento tiene muy poco recorrido. Por otro lado, la cinta de Sarnoski, a pesar de sus bellos paisajes marítimos, peca de severidad y contención, lo que deja a su protagonista -Hugh Jackman- en ese limbo interpretativo del ni fu ni fa, de la estatua de sal que acaba sabiendo sosa. Hay un miedo al riesgo, a inventar, a salirse de lo conocido, de lo prestigioso. Hoy, que abundas los realizadores profesionales, apenas existen los cineastas.
Pero dejando atrás todo pesimismo, retrocedamos a otra mala película de Spielberg -Los Fabelman, 2022- y visitemos su última secuencia, donde el joven protagonista visita el despacho de John Ford, interpretado por David Lynch, ¿qué está ocurriendo en este momento? ¿qué dos cines confluyen en una misma figura, qué dos estéticas? Lynch-Ford obsesionado con chupar sus puros fálicos, da un lección básica al protagonista del insípido film sobre dónde colocar el horizonte en un plano. Arriba o abajo, nunca en medio. Esta lección formalista sobre la mera construcción del plano, contrasta con la mirada del joven que sólo ve figuras, detalles obvios -contenido- en los cuadros que sirven como ejemplo. Lo curioso es que todos los lienzos versan sobre el Salvaje Oeste, mostrando escenas ideales del desierto, los vaqueros y los indios. Para que esta secuencia fuese justa, el protagonista le debería haber preguntado al mutante Lynch-Ford por su implicación en la idealización del genocidio indio que fulminó a los indígenas estadounidenses de la faz de la Tierra; la parte de films de Ford que tratan el tema, imprimen una leyenda falsa en la que los indios son una especie de asesinos tribales parecidos a demonios, y el Séptimo de Caballería, una especie de ejército de ángeles azules que purificaban el mundo. Una falacia dulce para un imperio inminente.
Lo clásico y lo moderno o mejor dicho, lo moderno y lo postmoderno mimetizándose: una leyenda sobre otra, una mentira sobre otra. Este extraño regalo -a medias- realizado por Spielberg es más que un cameo o un chiste por más que ellos insistan en quitarle importancia, en hacer la pantomima, la caricatura del autor de La Diligencia (1939). Ante todo es un síntoma de los tiempos, un homenaje al cine de calidad -oficial- que ya nadie -en Hollywood- parece saber hacer, o desea analizar. Los directores como Spielberg se aferran al propio mito del que surgieron -el gran espectáculo- y a las leyendas que crearon sobre sí mismos; su inconsciencia es vergonzosa, su ética, ausente. A Spielberg ya le pasó con La lista de Schindler (1993), pero de esto ya hablaremos en otro momento.
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