Roger Gual, Cesc Gay y la matanza del mal cine





Roger Gual es un auténtico fracaso: aquel cineasta que deslumbró en 2002 -junto a J. D. Wallovits- con su inigualable Smoking Room, estrena ahora -24 años después- un auténtico desastre titulado Los creyentes. Con apariencia de capítulo rastrero -de miniserie flojeras- la cinta se mueve en una estética standard sin asunción de riesgos de ningún tipo, guiada por una narrativa simplona, sin más atractivos que el paisaje asturiano y un curioso José Coronado -quien por primera vez cambia su habitual fraseo para encarnar a un fanático conspiranoico-. Lo de Roger Gual no hay quien lo cure ni quien lo pare, el virus televisivo que recorre el cine es terrible y mortal y la influencia de las series -lejos de ser un complemento- se ha convertido en el verdugo letal de la mayor parte de los cineastas actuales, lobotomizados por estéticas Netflix, Amazon o HBO; algunas de las razones por las que la deriva actual de la ficción se está comiendo su propia cola, uroboros repitiéndose a sí mismos en la más absurda y pobre de las posibilidades.

Lo malo es que Gual no va solo: ya hablamos anteriormente en estas páginas de Almodovar y la claudicación de su cine a un estado de enfermedad crónica donde el juego de espejos se convierte en su mayor castigo: cada película suya, desde hace más de una década, refleja una impotencia y una falta de ideas que apenas toca el nivel de serie de a medio día. Por otro lado están cineastas como Gracia Querejeta, autoindulgentes y muy poco talentosos: por ejemplo, su Felices 140 (2015) es un auténtico cataclismo narrativo lleno de clichés y minucias de parbulario en modo perverso-chic. Ya me entienden: es una de esas películas hiperburguesas, construidas con eso que se define como problemas de primer mundo, donde todo lo que sucede es tan artificial -y superficial- que acaba siendo vomitivo. Ojos como platos. No hay huevos. Felices 140 está en la línea de acción de Perfectos extraños (2017) de Álex de la Iglesia o Carnage (2011) de Polanski, por poner dos ilustres ejemplos de este formato inmundo que convierte a lo burgués en una colmena de asesinos y mentirosos que sólo piensan en el crimen como forma de juego: gente aburrida que se entretiene con los demás de la manera más cruel.  

Sentimental (2020) de Cesc Gay, también mete los pies en este lodo, deformando -más, si es posible- la idea de cine de autor que este cineasta intocable -aún no se conoce la razón- construyó desde hace más de un cuarto de siglo. De hecho, Cesc Gay es uno de los grandes cultivadores de este mal cine, de esta podredumbre que asola a una industria que no cesa de sacar pecho -aún no sabemos por qué ni con qué motivos-; lo bueno del cine es que se puede proyectar y se puede revisar. Truman (2015), Félix (2018) o 53 Domingos (2016) dan fe de que Cesc Gay también está perdido en un tipo de idea cinematográfica truncada, inverosímil y nefasta. Al menos nos queda la consolación de Ficción (2006) donde el cineasta quizás, llegó a su cumbre narrativa e hizo una reflexión inconsciente sobre lo que debería ser su trabajo y no lo que ha sido.

Pero la cuestión no se queda en territorio nacional: en 1981, Andrzej Zulawski estrena Possesion, una peli de psico-terror protagonizada por el desaparecido Sam Neill. Aunque la tonalidad ochentera posee aún una densidad inquietante y una imperfección adictiva, la película va demostrando en su progreso que no es más que un ejercicio amateur con pasta. Lo malo de este tipo de películas mediocres que aparentemente caen en el olvido, es que entre los frikis del terror siempre hay alguno que es cineastas y rescata ideas. Así, voilá, en 2025 Curry Barker tiene las pelotas de hacer una especie de remake al que bautiza como Obssesion, película híbrida entre Big (1988) y Scream (1996). Ahora mismo todo el mundo habla de esta patochada siniestra y narcisista que se basa e la idea del amor como enfermedad, de la magia como pesadilla. Es muy de nuestro tiempo confundir términos, invertirlos. La Generación Z -o quien la inventó- se ha empeñado en resignificar cualquier cosa en vez de inventar cosas nuevas, en robar todo y estropearlo para que el pasado pierda valor y sólo un presente vulgar lleno de miedo y trauma sea posible. Parece que es exagerado decir esto, pero miren a su alrededor y encontrarán un ejército de nihilistas iletrados sin principios cuya enorme ignorancia es tan inmensa que es su gran arma. 

Todo es superficie, falta de referencia. La cosa es tan grave que incluso las vacas sagradas de Hollywood muerden el polvo: la última película de Steven Spielberg,
(2026) es la demostración fehaciente de la profunda crisis de una industria superada e inservible, dando sus últimos coletazos, dando señas inequívocas de agotamiento y finitud. El ciclo se ha terminado para gente como Spielberg, Scorsesse, Coppola o Zemeckis. Todas sus producciones desde hace dos décadas naufragan de las maneras más estrambóticas y no hacen más que vivir de las rentas, de un mundo que ya no existe.

Disclosure day o El día de la revelación -la cuál como comprenderán no aparece por ningún lado- es un film oportunista que recoge cierto fenómeno -muy yanki- relacionado con la leyenda de los ovnis. No es casualidad que en 2025 se estrenó un documental específicamente sobre el tema, donde un exmilitar intenta esclarecer todo el asunto y obligar al gobierno a aceptar dicha realidad secreta. El documental es de Dan Farh y su nombre es The Age of Disclosure. En él, senadores, miembros de la CIA, militares e investigadores especializados acaban confesando la verdad sobre un tema casi metafísico que pertenece más a la leyenda que a la historia, pero ya se sabe, a los norteamericanos la Historia les toca un pie. Si no tienes algo te lo inventas y si lo que inventas se va de madre, creas una creencia.


En dicha línea va Disclosure Day: un mejunje irritante que mezcla La Guerra de los mundos, E.T., Encuentros en la tercera fase e Indiana Jones. Una ficción que se emborracha de conspiración, esoterismo, Expediente X y X-men al mismo tiempo. El batido mental es tremendo. No hay por dónde cogerlo. Spielberg, en su senilidad cinematográfica, crea con taca-taca, sumergiendo sus imágenes vacías en bandas sonoras huecas, predecibles y caprichosas que generan un ambiente paquidérmico lleno de fracturas, poros enormes y una vergüenza ajena de un nivel espasmódico. Lamentable.

Pero la cosa es aún más grave pues films como Molly's Game de Aaron Sorkin o La muerte de Robin Hood de Michael Sarnoski, de facturas impecables de cierta sofisticación, caen en el aburrimiento rápidamente, dando la impresión que los nuevos cineastas están a por uvas y muchas veces se esfuerzan tanto en definir el envoltorio que el contenido se queda seco, grumoso. En la cinta de Sorkin, aunque más elaborada que la de Sarnoski, la repetición de rutinas secuenciales acaba apagando el interés de la película, como si aquella realidad de las partidas clandestinas de póker fuere un túnel infinito por el que viajar. El dinero como argumento tiene muy poco recorrido. Por otro lado, la cinta de Sarnoski, a pesar de sus bellos paisajes marítimos, peca de severidad y contención, lo que deja a su protagonista -Hugh Jackman- en ese limbo interpretativo del ni fu ni fa, de la estatua de sal que acaba sabiendo sosa. Hay un miedo al riesgo, a inventar, a salirse de lo conocido, de lo prestigioso. Hoy, que abundas los realizadores profesionales, apenas existen los cineastas.


Pero dejando atrás todo pesimismo, retrocedamos a otra mala película de Spielberg -Los Fabelman, 2022- y visitemos su última secuencia, donde el joven protagonista visita el despacho de John Ford, interpretado por David Lynch, ¿qué está ocurriendo en este momento? ¿qué dos cines confluyen en una misma figura, qué dos estéticas? Lo clásico y lo moderno o mejor dicho, lo moderno y lo postmoderno mimetizándose: una leyenda sobre otra. Este extraño regalo realizado por Spielberg es más que un cameo o un chiste por más que ellos insistan en quitarle importancia. Ante todo es un síntoma de los tiempos, un homenaje al cine de calidad que ya nadie -en Hollywood- parece saber hacer. Y por eso se esconde la basura detrás de caras conocidas, de prestigio, de garantías legendarias. Godard en El desprecio (1963) utiliza a Fritz Lang y a Briggitte Bardot para suplir un film decadente, vacío y seguramente el más artificioso del francosuizo. 

Sea como sea no pierdan la esperanza y vean películas como Into the Inferno (2016) y Nomad (2019) ambas de Werner Herzog y descubran al fabuloso escritor Bruce Chatwin y su fascinante obra. El cine -como el lenguaje sirve para muchas cosas, pero nunca como un artefacto de puro entretenimiento. Por eso, si alguna vez visitan la película de Ermanno Olmi de 1978, El árbol de los zuecos, al menos, durante dos horas, serán felices y conscientes de cómo ha cambiado la civilización, de cómo hemos cambiado como personas y de qué hacemos hoy delante de una pantalla la mayor parte del día, mientras la naturaleza sigue creciendo y el mundo sigue siendo un milagro que nunca se acaba. 

 

 

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