LOS TIEMPOS ESTÁN CAMBIANDO: 12 PELÍCULAS
1. The lost bus de Paul Greengrass
Se trata de un roadtrip sobre llamas, sobre la destrucción de la civilización burguesa: la naturaleza hace sus purgas particulares. El calor, la muerte, la infancia y un sólo héroe, Matthew McConaughey, un actor resucitado en el 2013 con Dallas Buyer Club, ungido como el nuevo héroe de Hollywood tras Interestellar, True Detective, The Beach Bum o Gold. Ahora el héroe se recicla: aparece en este film a modo de Keanu Reeves en Speed, como imitación de Kurt Russel en Llamaradas. Pone caras de desesperación y no es para menos: todo California arde y él tiene que conducir un autobús infantil.
¿Qué nos muestra esta película? La devastación y la impotencia de una sociedad del primer mundo claudicando bajo las fuerzas telúricas. Ningún progreso prevalecerá, ningún futuro será controlado. Todo se convertirá en cenizas en algún momento. Pero, ante lo imposible, aparece el héroe ficcional, el Homero que todo lo arregla con su Ulises, aquel que ve entre las llamas y puede colar la flecha entre las hachas. La pregunta es la siguiente: ¿por qué Christopher Nolan ha elegido a Matt Damon como su nuevo héroe cuando ya tenía uno entrenado para la nueva Odisea?
2. The baltimorons de Jay Duplass
Esta comedia es de lo mejor del año, una pequeña historia como de los 90', algo intrascendental que se convierte en affair, en trayecto invernal hacia un lugar donde el amor es imprevisible. Este tipo de ficciones están resucitando últimamente, apartándose de las nuevas tendencias frenéticas de una industria periclitada y enferma llena de efectos especiales y orgasmos pornográficos. Una película sencilla para un nuevo mundo de sentimientos.
Los actores son fantásticos y desconocidos; ella, Liz Larsen, es sencillamente brillante -¿no es realmente un alucine su parecido con la mítica Linda Manz?- y su compañero, Michael Strassner, ¿no es el nuevo John Candy versión cuquidepre? Parejas rotas, un dentista y su paciente, un día entero en la vida de dos solitarios, de dos desencantados que vuelven a encontrar la vida.
Muy divertida: los tiempos están cambiando.
3. The Phoenician Scheme de Wes Anderson
La misma mierda de siempre rollo Anderson. El peligro de quedar atrapado por tu propio estilo es la enfermedad de este cineasta impoluto y original que ha acabado siendo aburrido.
En pintura se le podría equiparar a Vermeer: técnica sublime, contenido banal, ineficaz.
¿Cuántas películas idénticas puede seguir haciendo Wes Anderson?
Cine pop industrial, repetición infinita de formas muertas: un museo de cadáveres, de seres sin alma; y eso que sus últimos cortos no estuvieron nada mal. ¿No será que Anderson se debería dedicar a hacer videoclips, a concentrar su estilo en piezas más pequeñas, a filmar cuentos breves, a bajar la dosis?
4. Black bag de Steven Soderbergh
De nuevo, infumable. Fassbender sigue sin atinar y su fulgurante carrera se está convirtiendo en un escaparate de maniquí.
Respecto a Soderbergh, se puede decir que desde la serie The Knick (2014) no ha hecho nada potable.
5. Steve de Tim Mielants
Fascinante película en modo Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) pero en el ámbito adolescente a través de los ojos de un terapeuta inmerso en la problemática de la incomunicación y la violencia. Existe una edad en la vida en la que todo nos parece un infierno porque no sabemos qué ocurre en la realidad. Todo eso, exagerado, genera la marginalidad, la degeneración. La adolescencia es un mundo de emociones exacerbadas que pueden acabar en tragedia, en pesadilla. Cillian Murphy demuestra que hay vida después de Nolan y que sus registros crecen con el riesgo.
En general, película interesante, aunque algo forzada en cuanto a las drogas y el sentimiento de culpa.
Los chavales: literalmente extraordinarios.
6. Una quinta portuguesa de Avelina Prat
Sin duda, película revelación del año; el film encuentra un nicho oculto de sencillez con aroma a Ozu, a Manoel de Oliveira, al nomadismo de Joshua Logan en versión juego de fantasmas, de costumbrismo mágico, de buenos sentimientos.
Se echan de menos este tipo de películas donde las cosas suceden porque tienen que suceder y las tragedias no se dramatizan demasiado y se dejan pasar: que ardan todos los mapas del mundo si aún podemos perdernos en algún lugar de la geografía para encontrar la felicidad.
7. The Ballad of Wallis Island de James Griffiths
Película menor de gran envergadura, ¿qué hacer con una fortuna inacabable? ¿qué hacer con la suerte infinita? El film nos enseña que pase lo que pase hay que guiarse por el corazón y dejar los complejos y los prejuicios a un lado. El paraíso puede estar en cualquier parte, sobre todo en la música.
Una comedia distinta con un Tim Key irrepetible.
8. aka Charlie Sheen de Tony Todd, Benedikt Sebastian y Charlie Sheen.
Una de las películas imprescindibles del año: los secretos de la vida de uno de los actores más ingobernables de Hollywood, con una escasa filmografía citable, pero con un recorrido vital digno de Arthur Rimbaud. Líder de ese grupo de poetas malditos y millonarios compuesto por personajes como Johnny Deep, Nicholas Cage o River Fenix, Sheen hace de portavoz de una generación del exceso, explorando en su elocuente memoria y repasando una cronología llena de altibajos donde se encuentran rarezas tales como su oportunidad perdida de haber sido el protagonista de Karate Kid o su victoria, junto a su padre, en un partido contra Michael Jordan. La historia de Charlie Sheen es la historia del hijo de uno de los actores más míticos de los años 70', un niño que vivió el rodaje de Apocalipsis Now, que olió la sangre de su padre, los excesos de su padre y el vicio del cine, de ser famoso. Sheen sólo quería ser joven y famoso y alargar eso hasta el fin de los días y es cierto que, de alguna manera, lo ha conseguido. Esta película es su demostración. Él mismo es su obra más importante.
¿Es Charlie Sheen un actor o sólo un estafador con mucha gracia? ¿Es Charlie Sheen un drogadicto con mucha pasta para rehabilitarse o es un artista oculto maestro en el arte de las apariencias, de la mitificación del Yo? Lo que queda claro es que su mente ha viajado muy lejos fuera de este mundo y que su búsqueda insana del placer ha sido fulgurante. Pero no lo ha conseguido solo: la ayuda ultragenerosa de su familia le ha salvado la vida, aunque ninguno de ellos -excepto uno de los hermanos- haya querido aparecer en el film. Ellos saben mejor que nadie que es un enfermo incurable. En todo caso, gracias a ese apoyo, hoy Charli Sheen puede contar su aventura en vivo y jugar con sus recuerdos como si se tratase de una novela de aventuras.
Camellos, madames, prostitutas, series de televisión, novias, hijos, pensiones, escándalos, juicios e infiernos infinitos regados con una supuesta sangre de tigre que le permite hacer cualquier cosa: el relato de un inmortal que visitó el reino de la muerte y se burló de ella.
Un ejemplo de qué hacer con el dinero cuando lo único que buscas es el placer.
La historia en vivo del gran hedonista de los 90'.
La historia de cómo convertir tu vida en un show; una superación del espectáculo a través del espectáculo.
De lo mejor de la década.
9. Sinners de Ryan Coogler
Presentada como una película reivindicativa a modo de El color púrpura, se puede decir que es un ejemplo más de ese tipo de películas mutantes multigénero que van engañando al público dándole dosis distintas de valores: racismo, blues, mafia, religión, vampiros. Todo a la vez. O mejor dicho, de forma consecutiva. No te lo ves venir: es un método inagurado por aquella extraña película de terror llamada Nope (2022), la cuál ya mezclaba a Tarantino y a Shyamalan.
La cuestión de esta película la explica perfectamente el galerista y comisario Joaquín García Martín: Viendo “Sinners” el año pasado uno pensaría que lo que está viendo es puro camp: actores terribles, números musicales horrorosos, diálogos malísimos, trama absurda, fotografía hortera… pero, sin embargo, no lo es. Falla en lo fundamental: “Sinners” es la historia de dos hermanos heterosexuales y es una historia de racismo. Es una película de hombres-hombres y trata un tema serio. Nada de esto puede ser narrado a través del lenguaje del camp. La metáfora (en este caso el mito del vampiro) del sufrimiento de un hombre por el color de su piel es un tema demasiado serio para hablarlo en esos términos. Aqui no puede haber espectadores perdidos porque Ryan Coogler se lo toma todo muy en serio. Es todo mas sencillo: Sinners” no es una película camp, no puede serlo. Es sólo terriblemente mala.
Pues eso.
Una especie de remake mix entre Abierto hasta el amanecer y Steven Spielberg.
Lo mejor, después de los créditos, un blues tocado por el protagonista del film. Una pasada.
10. The Life of Chuck de Mike Flanagan
Siempre evanescente y onírico, Flanagan vuelve a las dimensiones del inconsciente y convierte la narración en un triple puzzle psíquico en el final de la vida de una persona. Guiado por el argumento de un libro del pésimo Stephen King, rey de la literatura popular, nos trae la historia fractal de un ser anónimo, la complejidad de una mente en forma de ficción.
A los críticos les ha gustado mucho, pero no acaba de convencer. Llena de contenidos burgueses, de una cierta inquietud, de una estructura ambigua.
11. Blue Moon de Richard Linklater
Se trata quizás de su segunda mejor película -después de su brillante doble estreno con Novelle Vague- y del mejor personaje de Ethan Hawke, siempre contenido e irritable. Por fin Hawke hace un personaje y no emula ese gesto fingido y silencioso que le hizo famoso. La película es petulante como el personaje, lo que la hace exitosa, eficaz, encarando la ambición de la idea y su desarrollo. El tema no es interesante pero el guion es magnífico y la propuesta mínimal funciona por momentos hasta convencer.
De nuevo la música como leit motiv, provoca una historia triste de un hombre triste que escribía canciones de amor que ya nadie recuerda.
12. Una casa llena de dinamita de Kathryn Bigelow
Como si vieras las noticias: el hiperrealismo en desarrollo.
Un aburrimiento yanki para yankis.
Propaganda encubierta.
Militares.
Rollo.
No ver.
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