LAS MUJERES AMAN EL AMOR; LOS HOMBRES AMAN LA SOLEDAD. GODARD, 1990
1990
¡Nueva olaaaaaaa!
Una alegoría sobre el mundo del cine
Para inaugurar la última década del siglo XX Godard inventó una fábula clásica contada de forma oblicua. Partiendo de la estructura narrativa de The Prince and the Pauper de Mark Twain, cuanta la historia de una rica heredera que encuentra a un moribundo desconocido del que se enamora. Él la idolatra y la sigue en su mundo de poderes e intrigas, de intereses y mentiras; el mundo de las apariencias.
Contado así, Nouvelle Vague parece una cinta sencilla, un cuento primaveral sobre el amor y los secretos, pero la fragmentación godardiana y la conversión del guión en una cita continua y descontextualizada, convierte a la experiencia de ver la película en una auténtica voladura de sesos, estimulante y bella por descontado.
Lo que en realidad se expone en esta película no es exactamente lo que parece, de hecho, la evolución de la trama -o una de las tramas o niveles- aborda aquel territorio del doble, del fantasma, de la invasión de cuerpos que provoca -en principio- una complicación añadida al difícil puzle godardiano propuesto. Toda película de Godard es un desafío estético, una partida de ajedrez de doble péndulo, o sea, una ficción que se basa en cierto patrón conocido y que tiende hacia otro patrón -real y sofisticado- desconocido o incomprendido por la lógica o la ley -de formas y fondos-.
Godard mezcla en la palabra sus obsesiones: citas del mundo de Bogart -La condesa descalza-, de ficciones televisivas y referencias al cine negro mezclado todo ello con un tratamiento de la imagen bressoniana, junto a referencias puramente literarias que hacen del conjunto un pastiche cultural de alta velocidad e inquietante sensaciones. Lo bueno del cien de Godard es que desaparece la psicología -como en todo arte- y sólo quedan las formas relacionándose entre ellas, ejerciendo su oficio de trueque gestual. El cine de Godard es un mercadillo estético, un frutero lleno de múltiples tradiciones que se reúnen -de forma pasajera- para contar una historia que no acaba de quedar clara pero que subyace -no del texto- naturalmente de la imagen.
Por eso Godard nunca escribió novelas, pues necesitaba primero ver una imagen -o dos preferiblemente- para saber si podía filmar el mundo de esa manera, un mundo -el godardiano- entendido como un teatro de voces autómatas, de títeres anarquistas que pululan en un mundo incomprensible donde las conversaciones se suceden como páginas de un libro imaginario, de un museo total.
Nouvelle Vague (1990), como todas las películas que realizó desde 1980, es una pintura romántica, un lienzo de gran formato y extensa profundidad que cuenta un detalle, un instante en la vida -imaginaria- de un puñado de personajes que vienen y van en coches, alrededor de una mansión idílica en medio de la mente del cineasta. Todo es un sueño cimentado a partir de un cuento literario, todo es una historia de amor que se va haciendo perversa, amoral.
Así, la vida.
¿Qué es verdad y qué es mentira? ¿Qué papel adoptamos en la sociedad y cuál en la intimidad? ¿A partir de cuándo se pierde el alma y comienza el cuerpo? ¿Qué es lo más superficial? El corazón. Godard siempre abordó el misterio del amor como un imposible, como una entelequia cultural sólo exitosa en la ficción, en las leyendas medievales, en las películas de los 30' y los 40'. El único amor verdadero -relación duradera- que tuvo Godard fue con el cine y de ahí su obsesión y de ahí su devenir. Esta relación fantasmagórica le persiguió toda su vida hasta el punto de definir su vida y condicionarla de manera total. Godard pensaba a través del cine, sentía a través del cine y se expresaba a través del cine: la dependencia era total. El arte como enfermedad crónica, el cine como el teatro de la mente.
Como en las grandes obras, el argumento sólo es la fachada de un hotel lleno de estancias, de niveles superpuestos y capas de cebolla que convierten a una película en un ser autónomo y libre, en vez de en un objeto de consumo cultural: en un espectáculo. Quizás por eso las películas de Godard no son de fácil comprensión, por que funcionan de una forma orgánica, de una manera real; todos somos muy complicados. La Humanidad es en sí misma una complejidad inaudita llena de dudas y curiosidades, de traiciones y generosidades de carácter irresoluble. De alguna manera, al ganar conciencia, al elevarse en ese escalón de lucidez, lo humano se convierte en un misterio mayor que sobrepasa la inteligencia corriente, la lógica de la razón.
Así, ante tal hermetismo, se dice que una de las lecturas más acertadas de Nouvelle Vague es precisamente la alegórica, en concreto la que se refiere a la relación del cineasta con el mundo del cine. El primer Alain Delon que aparece en el film -el vagabundo romántico- representaría al cineasta-poeta, inocente, sensible, lleno de sueños, introvertido y valiente que se deja guiar por un mundo de negocios, de tráfico de intereses y envidias que acaban destrozándole, matándole. Esta primera víctima sería para Godard su primera experiencia en el cine, cuando él llegó con todas sus ilusiones intactas y su libreta de notas llenas de ideas brillantes que -milagrosamente- consiguió llevar a cabo entre 1960 y 1965. Cuando su cine quiso hacerse rebelde y tendió hacia la reflexión política, la industria lo abandonó, lo dejó ahogarse en el mar de su propio talento; primer duelo.
Cuando aparece el segundo Alain Delon, la cosa cambia, pues se trata de un ser que ha aprendido la lección y ya no se dejará seducir por la fama y las apariencias y comenzará a domar a la belleza, chantajeándola -como dijo Rimbaud-, jugando a su mismo juego para conseguir otra cosa: la libertad. Por eso, tras 15 años de un cine caótico lleno de ideas y amarrado demasiado a lo actual, Godard comenzó con Salve quien pueda (la vida) una etapa gloriosa de tapices inmensos llenos de naturaleza y milagros: Alemania año 90, Helas por moi, JLG/JLG, The Old Place y Elogio del amor. Toda esta etapa godardiana es muy poco conocida y quizás la más rechazada por su aparente tufo pretencioso y por ser exageradamente lírica, lo cuál, en los tiempos que corren, son elementos peores que la sarna. Fuera de controversias populares, los sueños materializados en estas películas son mixtos, plurales e hipersensoriales, aunando en su seno muchas otras películas de Godard, de hecho, en Nouvelle Vague, ¿quién no siente cierto ambiente contenido en El desprecio (1963) o en Pierrot el loco (1965)? ¿O quien no recuerda secuencias similares a Passion (1982) o a Detective (1985)? o más aún, ¿quién no ve un vínculo con Vivir su vida (1962) o El soldadito (1963)?
Ver para creer.
Un cine para ciegos.
Todo es un sueño que cuenta la verdadera realidad: nos dejamos comprar por ideas que nosotros mismos construimos y somos traicionados por esas mismas ideas hechas realidad. El cine es una industria y debe ser esquivada con la picaresca del artista moderno, del artista-crítico, del artista absolutamente moderno: del poeta.
El poeta debe morir en vida par aprender que el egoísmo del mundo lo usará para limpiarse la boca; si el artista quiere jugar al juego de los abalorios dorados debe saber que están vacíos y que él los debe llenar con sus estrategias para llegar al corazón del público.
Todo es un viaje infernal hacia el corazón humano.
Y hay muchos que intentarán arrebatarte lo más preciado: tu identidad entendida como herramienta de felicidad.
El asombro ante el mundo, el pensamiento, la acción, el sentimiento, la emoción... es un ejército de universos sin historia cronológica, sin reglas posibles. Existen y sostienen la existencia: un fenómeno que sólo puede observarse como símbolo, como esbozo, como idea fragmentada en fogonazos de lucidez: mensajes de otro mundo, unidos para contar la historia de la recuperación del tiempo perdido, del tiempo robado. La repetición del mundo entendida como una nueva posibilidad de entendimiento entre nosotros y el más allá.
Alain Delon aparece como un personaje zen, un monje trapense encerrado en el lujo de la inmundicia, de los negocios, perdido en las fábricas, caminando taciturno preguntándose ¿qué será todo esto que me rodea? ¿Hacia dónde de dirige la civilización?
Alain Delon es un falso William Wilson y por eso Nouvelle Vague no es un película de terror ni una película gótica, sino una comedia romántica en el sentido dantiano: una narración renacentista pasada por el filtro de la modernidad, un poema de Novalis escrito por Thomas Pynchon. De ahí su sentido, de ahí su necesidad.
Sus niveles son numerosos, su viaje, único.
El cine de Godard comprendido como un enigma, una experiencia vital a través de la mente de los ojos de un ciego.
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