EL FIN DEL GRUNGE Z
Neogrunge
Se acabó la función, se acabó el melodrama, se acabó la serie más famosa de la Generación Z y sobre todo, se acabaron las polémicas absurdas de si la serie debía ser más porno o menos porno, de si se improvisaban los guiones o de si Sam Levinson robó la serie -o la idea original de la serie- a una friki de la que nadie sabe. Euphoria es hija de su tiempo y refleja todas las contradicciones posibles que puede ofrecer un presente demasiado cercano. Habría que dar gracias al señor Levinson de haber finiquitado esta última temporada de una manera distinta a las dos anteriores, llenas de adolescentes haciendo chorradas de adolescentes. Euphoria ha terminado como se merecía: de manera sentenciosa y convirtiendo su estilo teenager en algo más cool: el neogrunge, o sea, una suciedad dentro de lo aséptico, un pequeño alarido dentro de una nota electrónica sostenida en el tiempo. Nada revolucionario, pero de cierta significación. Levinson decidió dar un volantazo de 180º a la estética y las tramas para convertir a la popular serie en una tarantinada de altura. Serpientes, botellas de champán, personajes sesudos, puticlubs, tramas cruzadas, muertes inesperadas, humor negro y violencia a cascoporro como aparecen -exactamente- en Abierto hasta el amanecer, Kill Bill, Pulp Fiction o incluso True Romance. Levinson toma a Tarantino -o a Tony Scott por extensión- como una especie de canon al que va homenajeando en cada secuencia como si se tratase de Antonioni o el mismo Akira Kurosawa. Malos malísimos, rubias pícaras, morenas manipuladoras y hombres egoístas en versión caricatura -pues quién duda que todo el cine de Tarantino no es más que una especie de cómic en movimiento- envueltos en tramas de narcotráfico y venganza extrema. Carreras infinitas, chantajes, policía secreta, atmósferas de wenstern, de cine noir y planos máster -uno en cada inicio de capítulo- para intentar disfrazar a la serie televisiva en algo más cool que un producto de consumo: en una película.
Si esto no es suficiente para convencer a los renegados pataletas de que gracias a Levinson la serie mantiene algo de valor -algo de dignidad-, vean de nuevo la serie. Al menos con esta perspectiva: no son los actores los que han crecido y aprenden de la vida real, sino la serie misma como un organismo vivo, la que ha ido desprendiéndose de infantiladas caprichosas y clichés somnolientos para enfundarse un nuevo vestido que -aunque no es original- es valiente y tiene corazón. En el Arte es lo que cuenta; todo lo demás es papel mojado, facturas y complejos. Hay que dejar que el propio medio reflexione sobre lo que hace, que mute de maneras inesperadas y abandonar las ideas preconcebidas de lo que debe ser la industria, el espectáculo o la burda adolescencia.
Sam Levinson es un neogrunge, un punki aburguesado -hijo de célebre cineasta- que introduce una lectura de la Biblia muy interesante: al final, la obra es un libro en el que todos lo pasan muy mal, pero en el que todos acaban saliendo para delante. No hay otra. Hay que seguir a pesar de los obstáculos, a pesar de las dificultades. De alguna manera Levinson da una bofetada al pensamiento débil, al pensamiento de la facilidad, de la pereza, de la comodidad y como si fuese una especie de Kurt Cobain resucitado, crea imágenes intensas y a la vez inverosímiles, superando la crítica social y la propia trama para centrarse en los objetos, en la luz, en la geometría de los planos. Todo esto pasa desapercibido pero es lo más importante para un artista: el control de las formas.
En esta temporada, Levinson -mucho más liberado que en las dos anteriores- empieza a acariciar ese gusto por lo cinematográfico, por el detalle, por el giro sutil, por lo excéntrico, por el error.
Un poquito de profundidad para enmarcar a una generación mood.
Algún día Sam Levinson -quizá- se acerque a la complejidad de Twin peaks 3; mientras tanto, emula a Tarantino y su mundo pop, le añade pornografía y dispara al cielo. Euphoria, en tierra de nadie, se queda suspendida como el coche de Rue en el primer capítulo de esta última temporada: balanceándose entre dos mundos muy distintos. El éxito o el prestigio, la vida o la muerte, la libertad o la prisión.
La suciedad o el like.
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