SE TIENE QUE MORIR MUCHA GENTE: NO ERES ESPECIAL, TE JODES






Hay dos ficciones clave en las que se apoya esta miniserie: una es Broad City (2014-2019) -de Iliana Glazer y Abbi Jacobson- y la otra es Flebag (2016-2019) -de Phoebe Waller-Bridge-. Chicas agudas y rápidas repartiendo estopa a todo quisqui, saliendo de los follones más rocambolescos, a partir de una realidad creada como un juego de chistes donde todo acaba siendo ridículo o denostado. Se trata de un producto muy acorde al pensamiento actual -el postnihilismo- donde la precariedad asumida genera un tipo de humor donde las drogas, el sexo y la crítica de lo cotidiano combinan en un cóctel molotov que hay que beberse de un trago.


 
Pijas, lesbianas y depresivas son las nuevas heroínas en medio del mapa del escepticismo, mujeres jóvenes afrontando un mundo sin futuro donde aceptar que el destino vulgar de las cosas es la única baza a jugar. La cuestión es cómo elaborar una pantomima de lo real sin que quede demasiado denso o demasiado estúpido: así, en Se tiene que morir mucha gente (2026) de Victoria Martín se consigue algo -quizás- inédito en el ámbito español, muy parecido a lo que hace una década se consiguió en el anglosajón: burlarse de la vida con cierta gracia. 
 
 

 
Victoria Martín publicó en 2023 una novela homónima en la que se basa la serie, dirigida -junto a ella- por Nacho Pardo y Sandra Romero. La historia es una síntesis de experiencias acumuladas por la autora, quien es una exitosa podcaster y guionista. Imaginamos que el paso por todos esos programas -La Resistencia, Yu, M80- basados en la pura frivolización de la existencia, dejó en su inconsciente un poso enorme de chorradas y situaciones que, enfocadas de una manera original, podían dar fruto.
Vamos, es como escribir Friends pero a la española. 
 


Aquí en España las cosas llegan tarde, pero Victoria Martín ha sido una de las únicas que ha conseguido moldear -y hacer potable- mundos tan sórdidos como el del pijismo integral, el lesbianismo de postureo y la falsa depresión. Idealizar la realidad, ambicionar mundos incompatibles y negar el desarrollo de la vida son tres formas de negatividad que Martín consigue fusionar para conseguir que la amistad sea la protagonista de un puñado de aventuras -que se hacen cortas pues la serie es mini- en las que la juventud queda enmarcada por una aureola infantilizada y débil, muy lejos de la realidad, pero en tono destermnillante. Vamos, que te ríes. 
 

 

Por eso no hay que tomar en demasiado en serio el contexto y sumergirse sin miedo en este mundo milenial lleno de confusiones y miedos, muy parecidos a los de otras generaciones; la diferencia es la velocidad. Una guionista, una camarera-actríz y una bon vivant -en versión repelente- intentan hacerse paso por la enredadera de la supervivencia, salpimentando sus estados de ánimo con drogas e ironías traducidos en diálogos frenéticos que se activan y desactivan dentro de su propia frescura. El casting -casi en su totalidad- es muy adecuado para una puesta en escena naturalista, donde el lenguaje lo vertebra todo y donde las palabras explotan como la dinamita.


 
Sé tiene que morir mucha gente es una ficción burguesa con tendencia softpunk, un retrato urbanita de problemas de urbanitas de menos de treinta. Un caos. En La llamada (2017) -serie tullida y malherida al no ser lo suficientemente valiente para inventar un tercer acto a la altura- de los Javis, Anna Castillo y Macarena García ya demostraron que su dupla funcionaba  a la perfección. Por otro lado, Laura Weissmahr aporta el tono más humano de la serie que equilibra lo esperpéntico y obsceno de sus otras dos amigas, a la que se añade una cuarta, una niña -Sofía Otero, 20000 especias de abejas, 2023- en forma de alucinación que representa el pataleo constante de la consciencia, el Pepito Grillo diabólico que en vez de salvarnos, nos lleva a la ruina.



Feminismo sarcástico, reivindicación de todo el pensamiento de género en código farsa, clichés a cascoporro, buenos y malos, envidias, traumas y mentiras envueltas en papel-plata, imprimiendo el espíritu de Thelma & Louise (1991) mezclado con El príncipe de Bel-Air (1990-1996), Bob Esponja (1999-2026) y Margaret (2011) -junto a todas las demás referencias mencionadas anteriormente-. Volvemos a vivir una década desenfadada que intenta quitarse las pulgas de encima: los alegres 20' se están viviendo en estos momentos y Victoria Martín ha sabido transformarlos en una gamberrada minuciosa llena de grandes personajes y grandes carcajadas.
Sabe a poco.
Esperamos más. 






 

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