LISTÍSSSSIMUSSSS 25
Lo mejor del 24
4ª Entrega

¿Cómo puede afrontarse un tabú? Hablando. Mostrando. Pensando. ¿Por qué existe el miedo?, ¿por qué la muerte es algo impronunciable, impracticable? El cine contemporáneo, a través de su sentido de la perversidad y su oscuridad innata, nos muestra caminos nuevos para navegar: Polvo serán, de Carlos Marques-Marcet nos agarra de la mano para obligarnos a vivir una anomalía lejos del instinto de supervivencia, muy lejos del dolor. La vida es maravillosa como una canción de María Callas donde todo flota, como en esta película -en la línea de películas como Annette (2021) o Cantando bajo la lluvia (1952)- donde la evasión de lo ordinario abre un telón sin fondo donde los sueños suceden de forma original. No es este un experimento caprichoso, sino una manera de refundar el realismo a través del musical.

Decía el crítico Carlos Losilla en aquel libro tan poco leído, La invención de la modernidad (2012) que las nuevas olas de los años 60' establecen nuevos deambulares en medio de un mundo en descomposición donde el análisis lleva a las catacumbas, hogar del horror. La ilusión se disgrega en narcisismo y la puesta en escena, convertida ésta en un reflejo ambiguo, en una trasferencia. El imaginario de Hollywood se deshace y en su lugar, el público proyecta una serie de deseos-ideas para -tal vez- imaginar cómo sería ahora que no existe un patrón oficial. Según Losilla, el cine moderno llena las imágenes de seres ultramundanos, de fantasmas que ya no saben existir, amar... por eso Godard se carga el cine noir, Antonioni se carga el melodrama y Bergman acaba con lo fantástico a través del psicoanálisis. Sin embargo, el más evasivo de todos ellos, acabará resultando la mayor influencia del presente: Alain Resnais, el mago enloquecido, el asesino del viejo terror, resucita el musical a través de la parálisis, deteniendo el sigo -al menos- durante cincuenta años.

La danza y la música son dos elementos fundamentales de la obra de Marques-Marcet, un drama aliviado por lo fantástico, reanimado por una infancia vital potenciada por su protagonista, encarnada en una magnífica e inédita Ángela Molina, inmersa en un universo lleno de Stanley Donen, pero también de Leos Carax y un poco de Pablo Larraín. En realidad, todo es lo mismo cuando se trata de salvar al cine. Las referencias y autoreferencias de lo contemporáneo son cada vez más llamativas en un panorama entrecruzado donde la originalidad parece pasar por un inevitable hipercruce de géneros; resurrección de fábricas de sueños, de puestas en escena olvidadas, d euna vitalidad moribunda que se riega desde el nicho.

El cine contemporáneo se vuelve nostálgico por necesidad. Macabro. El pasado retorna para demostrar que lo nuevo sólo se encuentra en la tradición, en la relectura de lo ya acontecido. La esencia del cine. En su ontología. La acumulación infesta de imágenes de la actualidad sólo sobrevivirá si los cineastas aceptan su herencia, su tradición más profunda, sólo si aprenden a reconstruir los imaginarios a pesar de un público caníbal que ni siquiera sabe reconocerlos, que ni siquiera sabe ya distinguir el grano de la paja.
Se hace necesario refundar el cine, hacerlo patente, revolver la memoria. Volver a Martín Patino, a Buñuel (documentalista), a Joaquim Jordà, a Carlos Velo.
Mientras tanto, lo romántico aparece como sublime y el vacío se vuelve sombra en escenarios oníricos, en discursos sobre la muerte y la vida, sobre el paisaje, la existencia o lo telúrico, ¿quizá esté reapareciendo un cine existencialista, a pesar de la indiferencia y el cinismo circundante?

Cuando la verdad no aparece por sí misma, las cosas comienzan a hablar, el mundo se convierte en un artefacto para comunicar una realidad fatal y preciosa al mismo tiempo donde viejos dinosaurios como Leo McCarey o Richard Brooks se mezclan con Bergman o Resnais; así nace lo contemporáneo después de las ruinas finiseculares de Jose Luis Guerin, de la fantochada de American Psycho y el comienzo del cine digital. La posibilidad infinita como bandera, la duración como estética y desesperación de un público que sólo ansía entretenimiento breve e intenso, dará como resultado un efecto errático, donde un público supuestamente abierto a la experimentación regalará toda su atención a la ficción de un puñado de superhéroes, metáforas capitalistas de una mente utilitarista, pragmática, anglosajona.

Desde yankilandia, sólo David Lynch se instalará como uno de los pilares de este nuevo cine fragmentado e ilusorio, Lynch, un cineasta que de joven viajó a Europa para conocer a Oskar Kokoschka, aquel pintor austríaco cuyos personajes se desmoronaban como peluches de trapo, como torres heridas, como muñecos deprimidos, cansados del peso d euna existencia voraz, agotadora.
Así se suceden los personajes de Polvo serán: seres enfermos, deprimidos, encantados por el conjuro de la vida, apaleados por el gran verdugo: la Realidad. Esta última película de Marques-Marcet es sin duda una de las sorpresas del 2024, una de las señales de vida de un cierto cine europeo, siempre secreto, siempre imprescindible.
Máscara sobre máscara, todo se va enrareciendo. Por ejemplo, en Joker: Folie à Deux de Todd Phillips se pasa -sin solución de continuidad- de la ficción a la contraficción, de la industria al arte, del melodrama al musical con una velocidad pasmosa, cortocircuitando la conciencia, la emoción, ¿qué estamos viendo en realidad? Tal vez el futuro de las imágenes industriales tenga que pasar -como pasó el mundo de la cocina- por una fase de falseamiento de los sentidos, de confusión de sensaciones, de engaño paradigmático, desconsolando al gran público, haciéndole entender el callejón sin salida en el que se encuentra un arte-negocio, agotado por su flaqueza autoimpuesta, por su distanciamiento de lo real, por su sobreexplotación de lo espectacular. La Historia se hace muy pequeña, la imaginación, raquítica y el espectáculo deviene en prisión invisible. Joker: Folie à Deux intenta liberar al público de ese estigma burgués; un tartazo en la cara para condescendientes y cínicos.
Lo ocurrido era previsible: enfado general de la opinión general, aplauso de cierta crítica sensible, perspicaz.
La cara del payaso sólo esconde la de un actor -Joaquím Phoenix- que lleva jugando con el público -al menos desde su intachable I'm not still here (2010) que la industria quiere seguir olvidando, pero que por su relevancia, queda. A pesar de su naturaleza fantasmal, una de las virtudes del cine es que queda, que permanece y es una memoria que puede volver a verse. A resucitar.
Quizás sea Tarantino el primer cineasta postmoderno quien -con su Kill Bill Vol. 1 (2003)- establece el film-collage sin complejos, con estética dominante de videoclip y spot publicitario, donde la variedad espectacular se convierte en norma, aunque todo se convierta -finalmente- en un totum revolutum sin mucho sentido y mucha nada. Animación, realidad, humor, gore, samurais, kunfu... cóctel molotov. Sin embargo, crear un precedente no representa una señal de acierto, de hecho, Kill Bill es una de las piezas audiovisuales con menos interés del siglo XXI. Le queda muy poco para desaparecer. El cine de Tarantino se quedó en lo cool como única baza; es el Disney de lo burgués-emancipado.
Una farsa.
Un callejón sin salida.
Fuegos de artificio.
Por eso películas como Civil War son tan importantes en estos tiempos en los que el terror deviene realismo o profecía de presente. Alex Garland, su autor, es un cineasta de terror que ahora cuenta distopías a lo Philip K. Dick, demostrando que la vieja ciencia-ficción de los alucinados de los 70' se convierte en un refugio en medio de la realidad enloquecida de EEUU y sus dirigentes megalómanos; los deseos del público se plasman en la pantalla al final de la cinta. Matar a un presidente diabólico es un deseo universal, casi un arquetipo libidinal que va acompañado de la esperanza inútil de que una cosa así arreglaría el status quo.
El mundo, desde el final de la Segunda Guerra Mundial está construido para sea así.
Lo que ocurre ya estaba ideado.
Más que nunca es importante revisar películas como Zeitgeist I (2007) o Colapso (2009)
En un lugar de excepción se encuentra la interesante Kind of Kindness del siempre originalísimo y perverso Yorgos Lanthimos quien, tras su fracaso absoluto con Poor Things, nos trae una cadena de cortos encadenados, de relatos breves que versan sobre lo incomunicable, sobre lo pudoroso, sobre cruzar el umbral de la carne; de tratar al cuerpo humano como un motivo ficcional, como una moneda de cambio; el siglo del cuerpo. El intestino se une a lo lírico y todo lo demás es tener un estómago fuerte y ojos entrecerrados ante las imágenes del Hitchcock del siglo XXI, un cineasta clásico ejerciendo su oficio de monstruo terrible, de estratega narrativo, aprovechándose de una atmósfera vital -mundial- donde parece que las imágenes pornográficas -lo explícito- son recibidas con total naturalidad... en otros tiempos, películas de Jodorowsky, Carmelo Bene o Fernando Arrabal fueron tachadas de vomitivas, de mal gusto, ilegibles; hoy, Lanthimos trabaja con superestrellas infantilizadas y es premiado en todos los mejores festivales del mundo.
¿Será este un momento donde lo sádico es ya el nuevo wenstern?
La identidad, la guerra, la música... todo se mezcla en un vermut nocturno que nadie quiere beber pero del que todos beben porque no hay otra cosa. O parece que no hay otra cosa. Las máscaras de Lanthimos, los soldados de Garland, Bob Dylan convertido en Chalamet o el peor Nosferatu de la historia -de Robert Eggers, otro cineasta procedente del género de terror, pero muy alejado de Murnau- conforman una macedonia irreversible de ficciones dispares que ahondan en el psicoanálisis, el remake o la distopía.
Interior, copia y futuro.
Tres pilares de lo contemporáneo, ¿quién imaginó alguna vez que este circo se convertiría en un zoo?
La muerte se fotografía navegando hacia la perdición de las imágenes, mirando en un espejo el reflejo de la tristeza, una carne que no se reconoce, que no encuentra un sentido verdadero para sobrevivir. Las muñecas rusas se suceden, las cortinas, las canciones, las batallas, las sonrisas-mueca; la desesperación reina en el imaginario del cine. En la cinta de James Mangold, A complete Unknown se nos relata una versión de los años legendarios de Dylan sin demasiada floritura, recordando los mejores títulos de este realizador comercial: Copland (1007) y En la cuerda floja (2005). En el film es emocionante recordar que en los años 60', los más lúcidos vieron que los tiempos estaban cambiando. Hoy, tras muchas cosas y décadas, uno se pregunta si el cambio persiste o se ha frenado en seco, ¿qué pensará Dylan del presente?
En otra dimensión, aparece la austera L'amour ouf -traducida como Corazones rotos- que simboliza el presente del nuevo cine francés, encallado en la tendencia -tema urbano, musical, violencia, juventud- pero resolutivo; el film de Gilles Lellouche es como Anora: parece una cosa y luego es otra u otras distintas. Es cierto que hoy la influencia entre cineasts es un terrible problema, ya que todos conocen muy bien el mercado, la técnica y el desarrollo del cine en el presente; se percibe así una endogamia rarificada en muchas películas que por ello no pierden cierto valor narrativo, aunque casi siempre incidiendo en viejos lugares comunes o incluso nuevos. Lo que está claro es que en gran medida, la estética del videoclip se está volviendo un recurso de primera orden, tal vez un lenguaje más afín a unas nuevas generaciones llenas de inputs y estímulos que conectan mejor con lo musical que con lo dramático, ¿acabará siendo la normalidad un supuesto cine-danza?
Todo se sucede de la manera más errática, aunque siempre con destellos. Volviendo a Lanthimos, nunca hay que desdeñar lo asqueroso si en realidad no hay otro alimento a mano... En un mundo construído mediante la incertidumbre y la idea del éxito, no es extraño que los cineastas actuales se vuelvan oscuros y cínicos, incluso bizarros y neobarrocos. Recordemos a Albert Serra -y su evolución de lo más austero a lo más remilgado-, a Apichatpong Weerasethakul -y su deriva espiritualista-UFO- o Lisandro Alonso -y su tendencia a lo sobrenatural-. De hecho, uno de los grandes pilares del cine contemporáneo, Miguel Gomes, demuestra con su última película Grand Tour, que hay algo vivo aún en mundo y que a pesar de su pesimismo y de que la mitad de sus películas son aburridísimas e innecesarias, sus brillantes momentos de lucidez convierten a sus películas-diario-álbum en perfectos artefactos de estética postmoderna llenos de milagritos esplendorosos. Sólo con ver la secuencia de la noria y la del hombre recogiendo huevos de oca, la película estaría más que justificada, a pesar de sus tremendos defectos llenos de artificiosidad y sosería ingrata.
Un inolvidable vals de motos en medio de Shanghai, barcos navegando por los ríos lodosos orientales, selvas, nieblas, jugadores empedernidos, cigarros infinitos, opio... todo lo necesario para una gran aventura impredecible y llena de misterios y de osos panda entregados al placer sobre las ramas.
Tal vez el cine, considerado como arte total, liberado de toda norma, se ha convertido a través de los nuevos cines del siglo XXI en una página en blanco llena de supersticiones y que al igual que toda práctica contemporánea, ha dejado de pensar en el público -insensible y holgazán- y se ha dedicado a disfrutar; los grandes cineastas de hoy se dedican a dejar que la película sea lo que quiera con tal de que alimente la pasión y provoque sensaciones perdidas en un público pasivo y despistado, sin criterio alguno -robado por la abundancia- y obsesionado por la narrativa tradicional -machacada una y otra vez por las viejas industrias. Más que nunca, el mundo de los autores vuelve a golpear en la mesa, en un mercado audiovisual sobresaturado y exiguo, perdido en un callejón sin salida pobre y sin luz. Lo nuevo como problemática, lo narrativo como lastre y la salvación -o la invención- del cine como meta, marcan un primer cuarto de siglo, donde por primera vez en la historia, ninguna película parece sobresalir sobre las demás, en un panorama crítico perdido en menudencias, en anacronismos, falta de rigor, elecciones politizadas, caprichosas y una morosidad intelectual que cubre de espesa negrura un futuro intacto pero muy borroso de la dirección que el cine tomará en un porvenir, quizás aún demasiado lejano como para poder oler su aroma.
(y después de cuatro largas entregas...)
MEJORES PELÍCULAS DEL 2024
1. El aprendiz de Ali Abbasi
2. Polvo serán de Carlos Marques-Marcet
3. Kind of Kidness de Yorgos Lanthimos
4. Segundo Premio de Isaki Lacuesta
5. Volveréis de Jonás Trueba
6. Dune II de Dennis Villeneuve
7. Grand Tour de Miguel Gomes
8. Nickel Boys de RaMell Ross
9. Hard Words de Mike Leigh
10. Anora de Sean Baker
Fin.
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