LA VIDA EXCESIVA DE WILLI HEROLD



 
EL CAPITÁN
/ DER HAUPTMANN /
 (2017) 

Robert Schwentke 




La historia se repite dos veces, primero 
como tragedia y después como farsa

S. Z.


Es esta una pequeña historia de la guerra, de esas que no trascienden pues hay demasiadas y todas son horribles, ¿quién desea seguir escuchando historias de nazis en 2026? Desde los años 50' se creó una tradición fílmico-novelística que construyó un género propio: el nazi. Seres horribles, mecánicas del horror, tipos rubios diabólicos sin escrúpulos, tanques temibles, barro y campos de concentración. Un mundo mitificado tras la guerra que ha llegado a ser uno de los tópicos de las ficción que ha devorado a los demás genocidios mundiales, convirtiéndose en la metáfora del mal por antonomasia. Un nazi es un diablo, esto es así, pero un diablo construido a partir de una estética determinada -la estética de la destrucción- llena de fantasía y nihilismo. Reduciendo al absurdo la cuestión: un grupo de niños jugando a ser los dueños del mundo.  

Y tal vez de esto va la película de Robert Schwentke, un film sobre el final de la guerra, en 1945, al filo de la derrota alemana, un momento extraño para un ejército que parecía todopoderoso, pero, ¿cuál fue su verdadero poder, cuál fue la clave para que todo esto funcionase hasta un horizonte tan extremo?

El Capitán (2026) cuanta una parte de la historia de Willi Herold, un joven deshollinador que acabó siendo paracaidista, derribando tanques ingleses en Salerno en 1943. Estos precedentes no se cuentan en la película: el film comienza en el momento de su deserción de una patrulla y en su vagabundeo hasta encontrar el coche abandonado de un capitán de la Luftwaffe. Dentro estaba todo su equipaje; Herold se disfraza de capitán y de inmediato ensaya su papel. Schwentke nos cuenta la historia de un actor, de una larga y terrible performance realizada por un muchacho de 18 años.


Al final de la guerra, Alemania estaba llena de desertores desesperados que robaban y violaban a mujeres en las granjas rurales y los pequeños pueblos. Alemania era un caos: sus propios hijos estaban destruyendo sus propias entrañas. La locura de la guerra, la tristeza y la inhumanidad adquirida por la violencia convirtieron a los traidores en animales salvajes; una escena hobbesiana de manual donde la idea del nacionalismo se cae por sí misma. Alemania contra Alemania es una de las grandes ideas que desarrolla esta película. El mal acumulado por una nación soberbia y confundida por ideologías de ultraderecha se vuelve contra sí misma, autodestruyéndose en medio de la ruina insalvable. Así, la historia de Willi Herold es una metáfora de todo el nazismo -de su creación, de su esencia, de su mentira- sintetizado en la ridícula historia de un impostor al que las excepcionales circunstancias, le dotaron de un devenir poco usual.



Gracias a su extremada frialdad y a sus silencios eternos, Herold consigue imponen el poder de las apariencias a otros desertores y oficiales hasta llegar al campo de prisioneros de Aschendorfermoor y tomar el control del lugar, asegurando que tenía órdenes directas de Adolph Hitler. Después de tomar el mando, Herold asesinó brutalmente a un centenar de personas -pequeños saqueadores, desertores, vagabundos, civiles- en una semana. La muerte múltiple le otorga verdad a Herold y él lo sabe. Interpreta su papel al milímetro. No dice ni una palabra de más. Mantiene el tipo. Es una estatua de sal, pero nadie lo sabe. Su identidad va creciendo a cada segundo, demostrando que el nazismo sólo era una fachada enorme y espectacular, un anuncio publicitario que escondía fanatismo y demencia, silencio y vacío. Detrás del nazismo no había nada más que signos vacíos, que miradas arrogantes, que un disparo al aire; los nazis obligaron a los alemanes a ser compinches de una masacre que ellos mismos no querían ejecutar. Willi Herold simboliza esta actitud aristocrática del asesino profesional, de la limpieza clínica, del poder de lo impoluto. En un mundo de suciedad y podredumbre el que tiene la verdad -el poder- es el que está limpio. 


Los espejos son importantes porque muestran lo que somos para los demás, porque permiten perfeccionar, simular una imagen correcta que lance un mensaje adecuado, falso. El espejo genera la idea de duplicidad de lo humano, nuestra proyección como personajes, no como seres. La imagen que vemos no tiene alma: es un cuerpo vacío dispuesto a ser decorado, a ser gesticulado. Frente al espejo somos lo que nuestros deseos suspiran. Willi Herold, de profesión deshollinador, hijo de un humilde techador, quiso ser más grande que su propia ambición, que su propia supervivencia: simuló ser un furher a sabiendas de que pronto, toda la fantasía nazi se evaporaría. Quiso vivir el sueño del poder antes de que desapareciese, quiso alargar la mentira antes de que fuese revelada. Lo que hace con los prisioneros alemanes, es lo mismo que se hizo con los judíos: una humillación inhumana, un juego de matar sin consecuencias, un chiste privado. 



Willi Herold es un don nadie que revela el poder de los prejuicios y las tautologías: cuando escuchen a un político decir algo muy obvio, tiemblen. La extrema derecha basa sus discursos en un supuesto sentido común que no va más allá de lo superficial: por eso lo populista triunfa entre el vulgo. Hablan de lo que la gente puede ver a simple vista, defienden las interpretaciones más banales, más superfluas pues son las más sencillas de entender, como asumiendo que la realidad es una simpleza. Pero esa es la gran mentira de la extrema derecha: el mundo es hipercomplejo pero ellos hacen creer que no lo es, que la vida se resume en el dinero y el comunismo, en la inmigración y el terrorismo. Todo lo demás carece de importancia y sólo vale su interpretación pues ellos mismos predican que es equivalente a la verdad.
Willi Herold actuó igual que Hitler, igual que Trump, igual que Netanyahu y tal y como están las cosas, la película El Capitán se erige como una profecía de lo que va a ocurrir: Trump y Netanyahu están perdiendo aliados por todas partes, verosimilitud, creencia. La política sólo se basa en la fe, en alguien que dice lo que va a pasar y lo que se va a hacer. La gente vota porque cree y punto. Le da su confianza. Willi Herold consiguió eso y mucho más, hasta el punto de regodearse en su poder adquirido y confesar ante otros nazis que en realidad su uniforme era una mentira, una farsa para, ante el estupor de la verdad absoluta, dotar a su confesión de un tono de farsa de chiste, eliminando su sentido real.
¿Qué es real y qué es mentira? 
Herold descubrió que con poder, no hay distinción y se puede pasar de una a otra sin esfuerzo, sin consecuencia. Piensen en Donald Trump.



Al final la historia de Herold se fue al traste, como todas las grandes mentiras. Los ingleses bombardearon el campo, él huyó con algunos de sus soldados, ahorcaron a gente inocente, saquearon y vivieron lo poco que quedaba de Reich como si en realidad fuese el principio: un momento de celebración y desenfreno. Imbuidos en la mentira, ninguno de los seguidores de Herold logró huir del teatro que Herold había montado. Los que no murieron fusilados por Herold, fueron arrestados por la policía nazi que también arrestó y juzgó a Herold. El cinismo nazi llega hasta límites insospechados: condenado inicialmente a la horca por sus acciones irregulares, fue exculpado por un alto cargo e incorporado al ejército por su lealtad a los ideales nazis. Su comportamiento -aunque brutal- respondía a la actitud de un verdadero nazi. La película no lo cuenta, pero Herold acabó desertando por segunda vez y se incorporó de deshollinador en Wilhemshaven. Con el paso del tiempo, la posguerra le pasó factura: tuvo que robar para comer y hurtando una barra de pan fue arrestado. Esta nimiedad derivó en una investigación sobre su trayectoria y una condena final que le llevó a ser fusilado en 1946. Murió con 21 años, lo que demuestra que un adolescente podría haber dirigido el régimen nazi y llevarlo hasta el extremo del mal que llegó en realidad, siendo una prueba del juego de niños en el que se basó un régimen que nunca debió existir y que hubiera terminado con toda la Humanidad de haber logrado el éxito que ni Adolph Hitler ni Willi Herold pudieron lograr.
Dos pobres resentidos que convirtieron sus represiones en una vía apolítica que condujo a la barbarie a uno de los países más avanzados de Europa. La ignorancia y la violencia, la soberbia y la mentira hicieron de los alemanes un pueblo dominado por inadaptados que se aprovecharon de la filosofía y la historia, de la magia y la religión, del deporte y la medicina, para desarrollar un mundo de ciencia ficción que sustituyera a la única realidad existente, generando una fantasía terrenal que acabó en pesadilla oscura. 
Piensen en Trump, quien hace poco ha presentado el proyecto de erigir un arco de triunfo neoclásico en Washington. Con la que está cayendo: construir una mentira por absurda que parezca necesita cada vez de más absurdo, de más demencia. Una mentira más grande. Más muerte. Que parezca que es real, más real. Realidad expandida. Recuerden que Trump ha comenzado una guerra con Irán que parece no arrancar nunca y que él mismo a finalizado sin que realmente se sepa cómo ni por qué. No sabe cómo salir del conflicto y niega tajantemente todo lo que no le conviene. Se cierra en banda, sale por peteneras. Evade la verdad constantemente intentando manipular la realidad. Piensen que ha invadido Venezuela para emplear su petróleo gratis. Piensen que amenaza con invadir Cuba porque sabe que no puede defenderse. Piensen que vende armas a Europa para que Europa se las venda a Ucrania quien lucha contra Putin, aliado secreto de Trump. Piensen que es el símbolo del mal como fue en su día Willi Herold o Adolph Hitler. Donal Trump es un genocida junto a Netanyahu; dos líderes terroristas que arruinan a sus países y pronto les llevarán a la bancarrota. Queda muy poco para la era de los desertores.
Trump ya está oliendo el barro, pero quiere disimular con su estética impoluta, con la estética del terror, del mal. Un arco de triunfo blanco y dorado.



Como epílogo, apuntar que lo mejor de la película de Robert Schwentke es el final, los créditos. El cineasta se permite una brillante boutade, una fantasía dentro de la fantasía. Una performance a la altura de la de Hitler. El cineasta permite a Herold y a sus secuaces desembarcar en la realidad de 2026 de una ciudad cualquiera de Alemania y dejarles hacer: se pavonean en su coche militar por la avenida principal mientras todos los paseantes, atónitos, miran la escena como recordando algo terrible, una imposibilidad. No saben que están en medio de una farsa y se preguntan ¿a qué viene este chiste de mal gusto? La sociedad alemana ha sido castigada moralmente desde los años 50' por su silencio y su pasividad, por haber sido cómplice directa del genocidio y dueña de una amnesia inverosímil: no sabíamos nada, no sabíamos nada. Incluso las generaciones actuales han heredado este sentimiento de culpa secreto que siguen silenciando, intentando que no se note un pasado próximo que saben, no debería haber ocurrido, pero que sus más cercanos antepasados permitieron que ocurriese. Una sociedad corrompida desde su base que avanza como gran potencia, herida por el fanatismo y que hoy vuelve a coquetear con la derecha, con el mal. Durante los créditos, vemos incómodas escenas en las que Herold y sus compinches atracan a transeúntes azarosos, robándoles los móviles, las gafas o los auriculares. Una pandilla de gánsters robando al primero que pase: eso fue el nazismo, pandilleros sanguinarios y analfabetos sin escrúpulos, lobotomizados, manipulados por la idea de la superioridad y el poder, de que la única supervivencia posible es el dominio del otro. Niños malos: jóvenes deshollinadores vestidos de Hugo Boss.
Si dejamos que ocurra, será así.
No seamos cómplices del mal, por nuestro propio bien.
No le sigan el rollo a Willi Herold.
Vale.






















Comentarios

Entradas populares