NOVELLE VAGUE: LA MEJOR PELÍCULA DEL 2025
LA PUREZA NO ES DE ESTE MUNDO
Jean-Luc Godard / Richard Linklater
Vemos una mano que roba para salir del lenguaje, para escapar de la formalidad. El mundo está lleno de clichés, ¿cómo no ser prisionero de ellos? El Arte. El cine. La coreografía secreta es la que abre el camino nuevo, el gesto perturbador y amoral, el estallido. Todo artista verdadero es una sorpresa-bomba, un atentado contra lo establecido. En 1959, Jean-Luc Godard sentía que llegaba tarde a su destino, o sea, a la modernidad cinematográfica, al verdadero cambio, al nuevo paradigma y aceleró el tiempo, anticipando la visión moderna, la nueva actitud del arte.
Godard abandona sus estudios de antropología pero teniendo en mente a Jean Rouch y su caos; malvive en pensiones de París pero anotando todos sus sueños-ideas; roba pequeñas joyas a sus familiares para salir adelante, pero sólo para convertirse en lo único que podía ser: un trilero de la emoción, un romántico empedernido rodeado de un mundo demasiado serio, demasiado carca. Había que hacer algo nuevo. Todo estaba a punto de comenzar: el prefacio de las revoluciones burguesas, la venida hippi, la psicodelia, la performance, el rock, el glam y la gran invasión del arte abstracto americano. El status quo del arte estaba a punto de dar un vuelco. Las reglas iban a cambiar de un momento a otro y Godard -por instinto- lo sabía.
Cómo darse cuenta de estas cosas es casi imposible y si ocurre, además tienes que estar preparado para recoger esa antorcha ardiente, esa responsabilidad de una manera total y clara, lo cuál es bastante improbable y el error parece el único final. Tienes que ser el elegido para no quemarte en un momento tan frágil, tan decisivo y de alguna manera, por alguna carambola que aún nadie se explica, Godard fue el antihéroe elegido de esta -quizás- última leyenda del cine -la Nouvelle Vague- donde todo o nada parece real al mismo tiempo y cuyo legado palpita hoy en las nuevas generaciones que se acercan -por una cosa o por otra- a este fenómeno - el cine moderno- que cambió de la manera más elegante, una forma de concebir el arte cinematográfico.
Dicho esto, Richard Linklater se atreve a inventar lo desconocido, generando un teatro de lo que -posiblemente- pudo ser ese caldo de cultivo donde coleteaban un montón de jóvenes locos por el cine; un mundo narrado por los libros y los supervivientes de ese mundillo que asombró al mundo. Por supuesto que otros factores de época ayudaron a que esto ocurriese, pero el enorme entusiasmo de una generación que entendió el cine como la única salida del arte para continuar la corriente humanista que estaba a punto de desaparecer, es milagroso y fundamental. Godard -sin duda- fue el más brillante de esta generación de cinéfilos: podría haber sido novelista, el heredero de André Bazin o de Henri Langlois, un poeta extraordinario, un tenista genial o un magnífico estafador, pero decidió - por unas o por otras- ser cineasta con todas las consecuencias, asumiendo su destino, el verdadero arte de su tiempo. Este momento clave de la vida de Godard es el que intenta mostrar Linklater: el instante en que un artista decide sacrificar todo por lo invisible, por el veneno de la luz.
Tal vez, lo que Linklater ha intentado con este film-espejo es arrogante o pretencioso de primeras, ¿qué puede aportar una película en 2025 a una cinta legendaria del cine de 1960 sobre la que tanto se ha escrito y se ha inventado? Como todo mito, À bout de souffle es impenetrable. No existe un diario de cómo se rodó, no existe un making-off y casi todas las personas involucradas ya están muertas, además, el propio Godard -a partir de los 70' en su deriva política- se encargó de sepultarla para siempre despreciándola sin tapujos, tachándola de ejercicio burgués, de artefacto fílmico, de artimaña menor para iniciar una carrera que poco después tomó otra ruta, otras direcciones.
Y es verdad que los mismos cortos que Godard había filmado antes de À bout de souffle eran dudosos, insostenibles; nadie esperaba demasiado de un tipo demasiado inteligente, demasiado vago. Frente a la formalidad de Truffaut o la profesionalidad de Chabrol, frente a la elegancia de Resnais o el talento de Vardá, Godard aparecía como un indio salvaje que no duraría demasiado en la industria, que no encajaba en un sistema de producción. Y no les faltaba razón. Él nunca quiso filmar una película de gánsters, pero le interesaba la serie B, lo marginal, la estética documental, lo fantástico; ese territorio inexplorado que dominaban personajes como Jaques Tourneur, William Beaudine o Robert N. Bradbury, un universo de bajos costes y mucha aventura; la vía del nuevo cine. El cine debía resucitar pues se estaba muriendo a lo Stanley Donen. Hollywood era un cementerio de colores y él era el nuevo Prometeo; aquel que le robó el fuego a los dioses. Si Godard pensaba así era porque se había dado cuenta de la parte material del cine, de su lado capitalista, clasista: el gran obstáculo para los cineastas, para la salud del cine.
¿Cómo librarse entonces de toda atadura mecánica, de todo formato preconcebido, de todo método clásico -y por tanto lento, torpe y obsoleto- para dar a luz a un nuevo faro que indique el camino entre la densa niebla del aburrimiento y lo anquilosado? ¿qué imágenes nuevas debían nacer? ¿qué filmar para purificar una disciplina enferma, obsesionada con la fama y el lucro?
Linklater nos muestra cómo -antes de nada- Godard buscó el consejo de los maestros: Rossellini, Bresson y Melville. El triángulo de la premodernidad, el triángulo de las Bermudas. Godard anotó los consejos de estos tres sabios y adaptó la tradición de Howard Hawks y Nicolas Ray y envolvió todo eso con la atmósfera del fantasma de Bogart -recién muerto en 1957-; esta fue su universidad. Así, la película se convirtió en un homenaje a un viejo modo de hacer películas y a un tipo de personajes ambiguos y malévolos que en realidad no eran buenos ni malos y que se movían en un fino hilo de seda donde se jugaban la vida a cada paso con una sonrisa en la boca. La Mona Lisa. En definitiva, Godard quiso mostrar el juego del cine y a la vez poner a funcionarlo como juego. El metacine como una manera de dialogar dentro de las imágenes, la metavida como un símbolo romántico del sentido profundo de la representación: ¿qué es lo que vemos: a Jean Seberg haciendo de Patricia Franquini o a Patricia Franquini haciendo de Jean Seberg? Hay un momento que las dimensiones se cruzan y el cine de Godard se fundó en ese cruce de caminos donde la cosa deja de estar clara.
Así, en este juego de espejos, en este laberinto de percepciones, Nouvelle Vague (2025) aporta una nueva arista de confusión a la claridad impoluta de la película original, sustituyendo la imaginación del cinéfilo y del historiador por un relato homogéneo donde todas las anécdotas y fantasías que han acompañado durante más de medio siglo a Godard y a su ópera prima, quedan resueltas a la perfección, resucitadas de la manera más cuidadosa, más justa. Tal vez, lo más adecuado sería haber hecho un film más punki que el del propio Godard, pero para eso se hubiera necesitado a Godard mismo. Ante la ausencia inevitable del enfant terrible del cine, Linklater toma la opción de construir un film impecable y armónico utilizando características idénticas a las originales (color, textura, formato...) y simulando una sensación, un ambiente y una forma que traslade al público, no a una época, sino a una mentalidad de ver y de hacer.
No hay duda de que Linklater ama el cine de Godard y sólo un cineasta totalmente verdadero en su intención podría haber hecho lo que él ha conseguido. En 2017 se estrenó Le Redoutable, película fallida de Michel Hazanavicius que intentó contar la vida de Godard a partir de los 70', ¿por qué ese film no funcionó y el de Linklater sí? Tal vez la diferencia estriba en comprender al autor de una manera total, emocional y no sólo histórica o política. Godard fue un ser en movimiento, un alma camaleónica que cambiaba de muda en base a su evolución, pero siempre en referencia a una misma idea fundamental que nunca varió en su carrera: ¿qué hacer con el cine? ¿cómo desarrollar el último gesto romántico de la civilización? Como se puede ver, Michel Hazanavicius no entendió este pensamiento, esta sensación sutil que rodeaba el aura de Godard; un ser solitario, silencioso y apasionado. Linklater lee ese espíritu a la perfección y en vez de montar una bufonada, nos muestra al bufón mismo poniendo patas arriba el mundo, enseñando sin enseñar que una raza de cineastas subterráneos están dispuestos a hundir el sistema establecido sólo para hacer que las películas vivan en libertad.
Godard inventa la libertad en el cine.
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