La vida debe ser embriagadora. Degueullase
La vida debe ser embriagadora
Michel Houellebeq / Near Death Experience
(2014)
Benoit Delepine
Tormenta eléctrica, largo prólogo. Michel toma pastis en la barra de una cafetería. Invita a la pareja de su lado. Regresa en coche a su casa fumando con los dos lados de la boca. Ya en la cama por la noche, se queja a su mujer que el colchón chirría. Bebe vino en casa. Llega su familia de la compra. Se marcha a dar una vuelta en bici. Vive en el campo, cerca de unas altas montañas. Pedalea en silencio, mira el paisaje, sube un puerta. El viento mueve las ramas de los árboles. Abandona la bici. No puede más. Sube la montaña, tira el casco y asciende hasta las alturas rocosas.
En la cima fuma; sus dedos de pianista sostiene un lánguido cigarro que chupa con su labio caedizo. La imagen de Houellebecq es terrible, asquerosa. Degueullase. Tira el paquete de tabaco, sigue ascendiendo. Va vestido con un majot con el patrocinio de la marca BIC. La de los bolis de escritura; toda su figura es macabra. Irónica. Se cruza a unos excursionistas. No los saludo, sube y babea. Está agotado, llega al mirador de la cima, salta la baranda; está a punto de lanzarse al vacío. La intromisión de un turista casual frustra sus planes. Camina hasta una enorme presa. Piensa de nuevo en lanzarse. Sube la pierna por encima del muro: de pronto aparece una familia jugando a la pelota. Vuelve a intentarlo por la noche, pero no puede. Algo lo impide. Se siente muerto por dentro. Camina en la oscuridad. Se mira las manos; no se siente un ser vivo.
Se queda a pasar la noche: por la mañana piensa en la vejez, en el deporte, en su disgusto a no ganar. Mal perder. Inseguridad. Piensa en una piedra y en un árbol de su infancia; al lado había enterrada una bota de plástico que siempre le aterrorizó. Piensa en el trabajo y cómo este, al final, conduce al vacío existencial. Se siente una paloma mensajera con un mensaje atado a la pata, un mensaje ilegible. Él está sólo bajo el sol. Tiene sed: encuentra una piscina de agua no potable. Escala, se tira al suelo.Quiere ser una piedra, una mosca, una libélula. Recuerda a un cuento de Hoffmansthal. Envidia la vida breve, insignificante. No soporta la inercia de la vida, el destino indestructible de la sociedad. Su pasividad. Encuentra restos de comida: come mermelada, disfruta siendo un mendigo, un animal carroñero. Piensa que tiene 56 años y le gustaría que le considerasen un ser sin objeto, un jubilado, un ser obsoleto para el sistema; pero la vida contemporánea le considera joven. Hoy todo es joven porque lo joven es más rentable que lo viejo. Hoy nadie es viejo. Todo el mundo debe seguir mejorando, entrenando, sufriendo, manteniendo el tipo. La idea falsa de la infinitud.
Coge una piedra enorme, hace pirámides de piedras, crea su propio juego para hablar con sus hijos y su mujer; confiesa que le llegó un momento en la vida en que todo se acabó; todo se le hizo insípido, vacío, triste. Habla con las pirámides de su templo personal y parece ensayar un discurso que les dirá a sus familiares antes de suicidarse. En realidad es una confesión, una purificación, un deshago de los pecados. Michel cree que todo se queda en las piedras. Desde cierto perfil se parece al escritor Céline. Es asqueroso, repugnante. Parece un monstruo. Es una reencarnación de Céline en majot de ciclista. Todo se nubla, vuelve la niebla, la tormenta. El prólogo. Le brillan los ojos, su boca siempre está torcida, disgustada. Pasa una segunda noche en la montaña. Libera a un conejo muerto de unos alambres y lo lleva al su templo, cerca de los túmulos de piedras: ha creado un mundo, un ritual, una creencia particular a lo Joseph Beauys. Todos los artistas lo hacen. No pueden parar de crear. Además, se parece a Joseph Beauys. Beauys decía que la imperfección es la única manera de acercarse a la verdad, de ser auténtico, de encontrar la esencia de las cosas.
Mira un cigarro, ¿de dónde lo ha sacado? Houellebeq construye una fábula cómica sobre la creación. Intenta hacer fuego con unos palos. El cielo es azul y la montaña está del revés; por momentos, su mirada es la de Cézanne, pero él no se parece a Cézanne aunque también está haciendo variaciones sobre el retrato de una montaña. De la misma montaña. De pronto se pone a dibujar sobre una piedra, con un tizón: intenta dibujar un bisonte. Se da cuenta que después de 15 mil años no puede y tampoco puede hacer fuego. Involución, ¿a dónde hemos llegado? No sabemos hacer lo básico. ve pasar un helicóptero a lo lejos. Deambula como un animal, mira los árboles. Da vueltas como un niño para marearse: la vida debe ser embriagada. Ataca a una tienda de campaña: odia a los excursionistas, a los humanos. Él es un animal. Roba en las viñas, pasa la tercera noche. Sobrevive sin preocupación, con la paciencia del animal. Sale la luna. Vuelve a la idea del suicidio. No se siente de este mundo. Inventa fábulas cósmicas.
Baja de la montaña y arranca un ramo de flores.
Le recoge una chica en la carretera.
Al rato, se tira en marcha y se queda tirado en la carretera.
Lo peor: la chica no mira hacia detrás y continua.
No quiere saber nada de esa desesperación, de ese chiste llamado Michel Houellebeq; un poeta del siglo XXI, un ser Degueullase.
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