Untold: Chess Mates. Bolas calientes
Untold: Chess Mates
(2026)
Thomas Tancred
Hans Niemann es un genio, no sabemos si del ajedrez o del espectáculo, pero nadie duda que encarna a un brillante personaje digno de la ficción. Niemann (San Francisco, 2003) es una especie de Mozart del tablero cuadriculado, del juego de estrategia más famoso del mundo, al menos occidental. Como Mozart frente a sus coetáneos, este chaval de 22 años desarrolla un estilo punk que descoloca a un público acostumbrado a un perfil de maestros ajedrecistas con pinta de matemáticos apesadumbrados. Y más aún si lo comparamos con Magnus Carlsen (Tonsberg, 1990), veintiún veces campeón del mundo y en parte, dueño del lucrativo negocio del ajedrez online, que de alguna manera representaría la tradición de superajedrecistas que encajarían más en figuras como Bach y no como las de Beethoven.
Lo de la comparación musical no es gratuita, tanto un compositor de clásica como para un ajedrecista profesional, la estrategia, el orden de las piezas, es una auténtica obsesión. Es su vida, su mente. La mente de estos dos colosos pertenece a esa familia de niños excesivamente inteligentes dedicándose a disciplinas excesivamente complicadas. A los matemáticos de la primera mitad siglo XX les ocurrió algo parecido: todos se obsesionaron por crear un modelo de la Naturaleza -Bohr, Planck, Einstein, De Broglie, Schrödinger o Heisenberg- y todos compitieron unos con otros hasta ser los autores -indirectos, pero fundamentales- de las mayores tragedias de la Humanidad: la bomba atómica, el gas mostaza, el miedo mundial a la desaparición de la especie. Y todo con un puñado de números artificiales que ordenan la realidad para darle un sentido que, en realidad, sólo puede demostrarse en el cálculo puro, o sea, en abstracción entendida como una entelequia.
Hans Niemann y Magnus Carlsen no buscan un modelo de la Naturaleza sino un método de juego que les haga infalibles y además, millonarios. El noble juego del ajedrez, que nunca movió fortunas -aunque sí grandes conspiraciones políticas como la de Bobby Fischer- es hoy un negocio muy lucrativo para los elegidos: los maestros jugadores y las empresas online. Así, los dos protagonistas de esta intrincada historia relatada con claridad en el documental Untold: Chess Mates de Thomas Tancred, son dos enemigos que luchan por el lucro y por la fama, por el dinero y el poder a partir de un juego intelectual, el cuál parece ser relegado al fondo de la cuestión, cuando en realidad debería ser lo único importante: el ajedrez.
Pero ya se sabe que entre mentes tan brillantes y superestratégicas, la soberbia es casi una forma de ser y la megalomanía, una forma de actuar. En esta historia, Magnus Carlsen es el rey divino e intocable, Hans Niemann es el nuevo Prometeo -destinado a robar el fuego de los dioses- y Chess.com es la empresa yanki más famosa y millonaria del negocio online. Sobre este triángulo de poderes se cimenta un documental que nos ilustra sobre una historia ya contada en la prensa: la ascensión vertiginosa de Niemann -en un par de años- a la elite del ajedrez profesional, la partida ganada -inesperadamente- a Carlsen en la Copa Sinquefield de 2022 y las supuestas trampas empleadas por Niemann para lograrlo.
Este documental -como muchos otros sobre personajes contemporáneos yankis que acaban siendo estafadores- no va sobre el ajedrez, sino sobre la verdad y la mentira, ¿quién miente en realidad? ¿Miente Carlsen al sentirse humillado? ¿Miente Niemann empleando un truco imposible de detectar? ¿Miente Chess.com para asegurar su negocio? ¿Mienten los tres para forrarse? No hay que olvidar que estos tres personajes son millonarios, seres moviéndose en un mundo muy friki -el del ajedrez- lleno de complejos y personalidades múltiples. Niemann y Carlsen son dos niños prodigios pero de naturalezas muy distintas cuyo objetivo es el mismo: la ambición de ser el número 1, de ser el mejor, con todo lo que ellos conlleva. En un magnífico artículo sobre el documental, el especialista Leontxo García cuenta varias anécdotas personales en las que ha estado junto a Niemann viéndole jugar, que no hay nada que indique que sea un tramposo, pero que hay ciertos gestos, ciertos postureos, que sí hablan de su inmadurez y de su necesidad de darse importancia como una estrella del rock.
O sea que aquí, en todo caso, el problema es la actitud, el espasmo, el grito, el decoro. Las nuevas generaciones no saben nada de eso, no respetan los protocolos y menos los individuos que han crecido frente a una pantalla de ordenador navegando por la red, aprendiendo a jugar al ajedrez con un ratón en la mano. El tiempo parece más rápido, la velocidad aumenta; de ahí la obsesión de Carlsen por imponer en el circuito profesional las partidas rápidas. Estos dos superclase son hijos de un tiempo fugaz, infinito, matemático. Hace casi un siglo, Heisenberg instaló su principio de incertidumbre en la física moderna y con ello relativizó, entregando al azar divino el conocimiento del mundo. No podemos conocer la situación de una partícula excepto en el momento de observarla en un instante, después, se pierde, su destino se hace incierto para la mente humana. La Naturaleza es volátil, rapidísima, inimaginable; tal vez alguien la hizo así para que no llegásemos a su secreto. De esta manera el mundo está llegando a una situación análoga: la cultura de la posverdad, el nihilismo, el pesimismo, la incredulidad generalizada, la conspiración múltiple. En cierta manera, todo vale para explicar cosas inexplicables o mejor aún, cosas obvias.
Con el caso de Hans Niemann ocurre algo parecido: hasta hoy nadie ha podido probar sus supuestas trampas frente a Carlsen -ni los algoritmos más sofisticados, ni los especialistas más agudos, ni el propio Carlsen-, a pesar de que éste intentó desprestigiarle a nivel mundial, acusándole de sus supuestas tretas. Al final, Niemann -como si se tratase de un plan perfecto- denunció por una millonada indecente al campeón del mundo y a sus aliados -Chess.com- por acusarle, entre otras extravagancias, de jugar con bolas vibradoras metidas en el culo para recibir señales morse con jugadas maestras sólo al alcance de un ordenador. Magnus Carlsen se cree un dios infalible y todo lo que esté por encima, es artificial; cree estar en la cima de lo humano, se cree perfecto. En el otro extremo esta Niemann, un niño muy listo haciendo de las suyas con un estilo poco ortodoxo, el cuál, aunque incómodo, no es ilegal, sólo humano. Así Niemann es un ser heisenbergiano, una partícula cuyas actividades son difíciles de explicar, imposibles de analizar. Todo esto nos lleva a la metáfora del gato de Schrödinger, una breve fábula inventada por este matemático para derrocar al intocable Heisenberg. Tal vez la historia se repite, los egos chocan y el campo intelectual sigue lleno de niebla donde puede ocurrir cualquier cosa. Parece ser que Einstein reprochó a Bohr .mentor de Heisenberg- que Dios no juega a los dados con el Universo, a lo que Bohr le respondió: nosotros no podemos decirle a un dios cómo jugar, aunque parezca ilógico, el juega como quiere.
Pues eso.
Vale.
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