PELÍCULAS MARCIANAS: DE RAIMI A DURÁS
LA CIENCIA FICCIÓN NO ES
JULIO VERNE NI H. G. WELLS
Si alguien busca -a estas alturas- emociones sobrenaturales, sólo tiene que abrir un periódico y desatarse el cinturón. Hará de vientre pero bien. Por un lado, un genocida teñido con agua oxigenada aterrorizando al mundo con mentiras de niños de tres años, conduciendo a su país hacia la bancarrota, y por otro, aventuras espaciales poco verosímiles utilizadas como cortina de humo: ¿sabían que hay una novela de Julio Verne que se titula Autour de la Lune (1870) -Alrededor de la Luna- que describe exactamente lo que hoy -muy excitados- publican los periodistas?
El mundo, desde que Heisenberg coló su bola de lo cuántico, se ha convertido en un relato, no ya histórico, sino paranoico. Toda ciencia ficción es eso: una variación forzada del sentido común con el objetivo de sorprender a una mente acostumbrada a las normas del realismo, a las leyes de la naturaleza. A la ciencia clásica. Ahora, por desgracia, vivimos en la fe de la probabilidades donde cada individuo es una frustración constante ya que siente el derecho a acceder a todas las experiencias. Hace más de un siglo -en la época de Heisenberg- se inventó un tipo de arte, el cine, que de una manera humana, simulaba esa sensación de viajar a todas partes, de ser todos los héroes. De morir y resucitar al salir de la sala. Uno de los cineastas fantásticos en secreto es Billy Wilder, ese austrohúngaro de sangre polaca que convirtió los chistes en ideas, o al menos esa fue su tentativa con películas tan sobrenaturales como El mayor y la menor (1942), un historia prelolita -de Nabokov- filmada en medio de la guerra, sobre deseos prohibidos; una historia de Marte. Cómo no El crepúsculo de los dioses (1950), una historia narrada por un muerto flotando en una piscina; ustedes me dirán. Otra es Ariane (1957), una historia de detectives y amores surreales a la altura -de extrañeza- de Alphaville de Godard. Casi nada. Y por último, la poco conocida La vida privada de Sherlock Holmes (1970), una historia fantástica en sí misma, con monstruos y acertijos, donde el enigma se convierte en viaje e el tiempo.
De lo último que el público puede saborear, si lo que quiere deglutir es algo de psicodelia fantástica de calidad, sólo hay que acercarse a Common Side Effects (2024) una locura dirigida por Joseph Bennett y Steve Hely -productores a su vez del delirio cómico más grande del último medio siglo, The Office- que trata sobre el descubrimiento de unos hongos milagrosos que curan todo mal y que abren la conciencia hacia el mundo de las visiones. El mundo real no existe, todo son partículas que se ordenan de una forma o de otra; lo que nosotros conocemos sólo es una dimensión de la materia, de lo visible.
¿Podemos acceder al más allá de las apariencias o es un terreno vedado para la conciencia humana? Todo esto -más una crítica brutal al negocio de las farmacéuticas- construye un relato de aventuras y conspiraciones untadas idealismo y filosofía new age. Una delicia fantástica.
Otra película remarcable y camuflada por un argumento sociológico es Urchin (2025) la ópera prima de Harris Dickinson, un film sobre un ser de otro mundo, un joven mendigo lleno de problemas de supervivencia quien, tras un ingreso en la cárcel, pasa una temporada intentando comenzar una vida diferente. La libertad entendida como ciencia ficción es la idea que gobierna la mente de Urchin -como la de todos los seres como él-, individuos que idealizan el placer y entienden la vida como un paso veloz hacia la Nada. Para Urchin, el vacío es la existencia y él es un meteoro que va dejando un rastro de destrucción, entrando y saliendo de la oscuridad, sin acabar de comprender por qué los demás viven como viven, haciéndose daño, cumpliendo órdenes estúpidas. Urchin siente el tiempo como si viviese en otra dimensión, en un fractal distinto, por eso sus acciones son contradictorias a la inercia de la realidad impuesta. Tal vez la locura sea sólo una desubicación en el supuesto mundo ultradimensional de olas de luz.
Para ir terminando, una de miedo. The Alabama Solution (2025) de Andrew Jarecki -el regreso del flamante cineasta, autor de la estremecedora Capturing the Friedmans (2003)- en modo 4x4 atravesando los senderos del infierno por el interior de una de las cárceles más terribles de EEUU. Una película colaborativa -gran parte de las imágenes están grabadas por los presos- y secreta donde puede verse una realidad casi imposible de imaginar llena de podredumbre, dolor e ilegalidad a expuertas. Un infierno en la Tierra del segundo milenio, increíble para la mente común, violenta para el más violenta. Una metáfora de los intestinos del sistema norteamericano; su verdadero rostro sin máscara, sin mentiras. Realidad cruda y dura en medio de una circunstancia inimaginable. Una rareza de primera.
Por último, Send Help (2026) de Sam Raimi -Darkman, 1990- una historia de psicópatas luchando por el control mezclado con naufragios, bulling, violencia extrema y playas paradisíacas. Raimi, que a lo largo de su obra ha realizado un tipo de films muy irregulares y siempre dudosos que le han ido dejando en la segunda fila de las oportunidades y los galardones, hace tal vez su mejor película -fiel a su estilo- en un momento que Hollywood aprecia este tipo de tratamiento frivolizante pero profundo, pacífico pero violento. Las películas de Raimi siempre han sido descafeinadas, grises. Así su saga de Spiderman (2002-2007) o su Dr. Strange en el multiverso de la locura (2022) siempre flojas e interesantes al mismo tiempo, siempre aguachirri potable, pero sólo potable. Raimi fue un director que vivió de las rentas desde El ejército de las tinieblas (1992) y que nunca acabó de despegar, quedándose de tamborilero de banquillo, de realizador friki. De hecho se parece mucho a Shyamalan, aunque por los menos este último se fríe y se come lo que él mismo hace y muy de vez en cuando no sale tan mal. Pues eso, Send Help entendida como una nueva versión de La isla del Dr. Moreau de H. G Wells donde los seres mutan y se desafían probando así los límites de la condición humana y de sus habilidades, cada vez más mermadas por una sociedad dormida en la comodidad y la apatía.
Aunque en realidad, las películas más extraterrestres del planeta siguen siendo las de Marguerite Durás, cuestión que tarde o temprano este blog deberá abordar para que no se vayan a la tumba sin haber disfrutado de maravillas marcianas como El camión (1977) o Los niños (1985). Eso sí que es raro, eso sí que es cuántico, o mejor dicho, teoría unificada.
Vale.
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