S.D.: UNA CHARADA PARA DESPISTAR A LO REAL




Stanley Donen
El fin de Hollywood

DE CÓMO SE DILUYÓ UNA INDUSTRIA



Cuando comienza Charada, a los dos personajes principales se les derrite la cara. Audrey Hepburn venía de filmar con Wilder, Cary Grant de vibrar con Hitchcock. Eran dos grandes estrellas encontrándose en 1963 en una película autoparódica -que aunque parezca sorprendente es el origen de la saga Aterriza como puedas (1980), o de Sólo en casa (1990)- filmada por un cineasta que se hizo famoso haciendo locos musicales en los 50'.





Como buena parodia clásica que es, utiliza varios tonos para descodificar la percepción del público, vamos, que nos intenta engañar -como su propio nombre indica- para que la trama funcione y debamos ir eligiendo quién es el malo. Esta característica es por supuesto, una virtud, comparada con la tendencia a la tautología y la obviedad de las películas comerciales de hoy. Stanley Donen, que era muy pop -incluso antes de pop- mezcla de todo un poco para inventar un collage que parece comenzar como una película de Hitchcock, desarrollarse como una de Howard Hawks y terminar como otra de Don Siegel.





Estamos en los años 60' y Hollywood está acabado. Películas como Cleopatra (1963) representan el canto de cisne de un formato ya moribundo. En dicha situación, Donen -que siempre fue algo independiente- desarrolla un cine forzadamente artificioso, intentando llevar el glamour a lo siniestro, a lo caricaturesco. Ciertamente Charada es un film esquizofrénico lleno de idas y venidas que marca un punto de inflexión en la deriva del cine de Donen.






Otro ejemplo de ese cambio es The grass is greener (1960) una película fallida pero que ya muestra -sobre todo en el guión- un intento de regreso a películas como Luna Nueva (1940) de Hawks, donde lo surreal y el absurdo protagonizan secuencias inconexas, casi teatrales, en un planteamiento brillante con torpe ejecución.




¿No son estos signos decadentes muestras evidentes de un agotamiento extremo de la industria? El suicidio, la infidelidad, el casposismo, el machismo elegante, la pretenciosidad y lo grandioso como contraste ante lo ridículo son las frívolas piezas con que Donen intenta revitalizar un mundo en decadencia que se derrite por sí mismo, metiéndose un tiro en la pierna.






El aburrimiento, la depresión, el intento de simulación de películas italianas de los 40', el artificio técnico como argumento estilístico, el hieratismo catatónico de los personajes, las risas vacías de Jean Simmons o la doble moral -injustificada- de Deborah Kerr. ¿Qué ocurre en Hollywood para que genere este tipo de caprichos vacíos? Un ictus cultural.




Las pistolas son de agua, las caras se derriten y los mayordomos ionesquianos son lo mejor de un cine que marchita y que anuncia una sequía de décadas, un vivir de las rentas. Es cierto que Godard se aprovechará de toda esta estética y alimentará sus películas con toda esta basura estético, hoy casi ilegible.




Sólo películas como Bodas reales (1951) o Cantando bajo la lluvia (1952) parecen resistir el paso del tiempo, e incluso Siempre hace buen tiempo (1955) -una película probélica- aún mantiene una magia especial -tal vez sostenida in extremis por Gene Kelly- y alusiones a cosas tan dispares como El hombre tranquilo (1952) de Ford o Los mejores años de nuestra vida (1946). Es cierto que esta película aún mantiene el tipo ejerciendo una violencia gratuita y un despliegue espectacular que cada vez es más vacío, más forzado. Toda esta decadencia implosionará en Funny Face (1957), una de las peores películas que pueden verse, un icono del kitsch más recalcitrante que en realidad simboliza la gran deriva hollywodiense hacia un mundo falso, pasado de moda y lleno de mal gusto. Tal vez Stanley Donen fue uno de los últimos supervivientes, abrasados por una estética carente de vida que cayó por su propio peso.
Caras derretidas, rostros aburridos.
Todo sumergido en alcohol y billetes.
Una historia de Hollywood que se detuvo al final de los años 50'.

 












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