NO TENÍA NADA MÁS QUE LA NADA - CLAUDE LANZMANN


 


Je n'avais que le néant 
Shoah par Lanzmann
 

Claude Lanzmann no tenía nada más que el cine. Él no lo sabía cuando en 1970 comenzó un épico viaje hacia la mecánica de la memoria. Qué es el cine y qué podemos hacer con él, son tal vez las cuestiones que se abordan en esta aventura sobre la verdad y la mentira en manos de un detective del Holocausto. Lanzmann va aprendiendo -a través del rodaje de su obra maestra- que la vida es mutación y que la filosofía puede convertirse en novela y la carne en jabón. Todo cambia para que el tiempo transcurra pero hay cosas que se esconden u olvidan y hay héroes como él que intentan rescatarlas, recordarlas.


La recuperación del recuerdo, del relato, es la misión de este cineasta romántico lleno de dolor y desesperación, asombrado ante unas piedras que se hacen humanas ante sus ojos. Las ruinas deben ser reconstruidas, pero el mal lo impide. Je n'avais que le néant (2025) es una síntesis perfecta del transcurso de quince años intentando rescatar las últimas historias vivas del genocidio nazi. En este making-off de lujo se muestran imágenes nunca editadas por Lanzmann, restos de metraje que revelan potencias imprescindibles y asombrosas de la intensidad de la película, ruinas cinematográficas de un valor incalculable.



En ellas vemos a personajes de todo tipo: asesinos, granjeros, peluqueros, estadistas, traductores, niños, iglesias, vías de tren. Shoa (1985) fue un hito histórico, un monumento a la perseverancia, a la creencia en la Humanidad. De alguna manera es un film apocalíptico hecho por una mente ambiciosamente humana. La colosal y densa complejidad de Shoa la hace -muchas veces- incomprensible, inabarcable; la síntesis ordenada por Guillaume Ribot la convierte en un cuento curioso lleno de emoción.




Todo lo que filmó Lanzmann tiene una huella inconfundible, como si la materia que estaba tallando fuera toda de un mismo material. Los trenes, las palabras, el miedo, el dolor, los secretos, las millones de muertes, los fantasmas, Polonia, Israel, Treblinka, Sobibor... Un mundo lejano al que nadie quiso acercarse desde 1945 y donde tal vez, se instaló un olvido que nadie valoró hasta que Lanzmann viajó allí y dio voz a aquellos que habían visto de cerca los vagones y los perros nazis que mataban niños en los bosques. Lanzmann quiso desenterrar un gran secreto: un mundo que la Humanidad -de alguna manera- quiso borrar como si nunca hubiera sucedido. Los granjeros lo saben todo, mucho más que los historiadores o los periodistas. Ellos conservan la memoria del mundo en un lugar deshabitado, perdido.




Je n'avais que le néant muestra sintéticamente los gestos significativos que construyen a los verdugos; su egoísmo, su maldad infinita, sus mentes cerradas en discursos terribles. A partir de un momento, Lanzmann descubre que para desenmascarar a los malvados hay que tratarles con mentiras, pues son alérgicos a la honestidad y están preparados para rechazar la verdad en todas sus formas posibles. Ribot nos cuenta -a través de las imágenes y de la lectura de un diario de rodaje del cineasta- cómo Lanzmann se ve obligado a cambiarse de nombre y ha inventarse una trama para conseguir entrevistas con antiguos colaboracionistas nazis. Tiene que disfrazarse, que mutar. Shoa es la mutación de la memoria en algo coherente, más allá de la leyenda.




Claude Lanzmann sacrificó toda su vida en la elaboración de este film titánico que perdurará para siempre en la historia humana como símbolo del caos y de la nada, como la búsqueda del sentido de la vida más allá de las apariencias; una radiografía del genocidio que sigue siendo el icono del Infierno, del fracaso humano. ¿Cómo pudo ocurrir? ¿quién fue capaz de ejecutar la Solución Final? ¿cómo pasársele a alguien por la cabeza que todo esto podría encubrirse para siempre? ¿cómo alguien pudo acabar con lo humano por una falsa idea, por un mero constructo? ¿y cómo una sociedad entera -la alemana- pudo consentir tal barbarie a costa de otros y quedar muda después de la guerra?



Estas y otras muchas son las preguntas que intenta responder Shoa a lo largo de sus ocho horas de duración, junto a sus inevitables films complementarios: Un vivant qui passe (1999), Sobibór, 14 octobre 1943, 16 heures (2001), Le rapport Karski (2010) y su testamento titulado El último de los injustos (2013) o su última entrega Las cuatro hermanas (2018). Todo lo que hizo tuvo una brillantez inusitada, una paciencia de sabio eterno, de ser fundamental. En el mundo del arte existen dos tipos de artistas: los interesantes y los necesarios. Lanzmann fue uno de los necesarios y la película de Guillaume Ribot es un homenaje maestro a la altura de su personaje principal. 
El año pasado, Claude Lanzmann hubiese cumplido cien años; el estreno de este documental cierra el ciclo secular de una vida dedicada al cine de la manera más salvaje que se pueda concebir. Sin duda es una de las mejores películas sobre un cineasta, una de las mejores del pasado 2025.



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