miércoles, 11 de diciembre de 2013







MAN WITH NO NAME
2009
Wang Bing






Él no habla. Él no canta. Él no mira. Él siembra, cuida y recoge, él come, limpia y duerme. También fuma y arranca trozos de mierda de vaca en una carretera por donde ya no pasa nadie. Él vive en una cueva llena de tinieblas y enciende una vela para llamar a la luz. Pero no mira. No habla. Sólo anda de aquí para allá, sabiendo lo que tiene que hacer -lo que él ha inventado- sin perder un minuto. Si no hace lo que hace, morirá, pero él no quiere saber qué es la muerte. Él es un hombre en el que se concentran todos los hombres que no están. Me explico: donde él vive no hay nadie porque todos se fueron de allí y por eso él sobre todo anda y camina mucho de aquí para allá, para buscar cosas que le faciliten otras, para encontrar algo que le sirva para inventarse otro algo parecido a lo que no existe, porque donde él vive, nada existe en realidad; para los demás, él tampoco existe.
Es un film sobre la inexistencia aunque también trata de un hombre que no habla y también es una prodigiosa máquina del tiempo o cohete espacial filmado por Wang Bing, que nos lleva a un mundo desierto y hostil donde el hombre no tiene lugar. Podría ser la luna. El film es un hombre viviendo en un planeta extraño llamado tierra, donde sólo habita él, donde sólo respira él, donde, cuando muera, nadie se dará cuenta, ni siquiera él mismo. El film de Bing reúne la mayoría de los elementos de la estética contemporánea: el outsider, la deriva, la ventana, el paseo, el desierto, el vacío, el silencio, la imagen, el misterio, la aventura, la contemplación... bueno, quizás todo ésto sean sencillamente los motivos de siempre y tal vez, a lo que se llama contemporáneo no sea más que una continuación de esa soledad que viene masticando al hombre desde la Edad Media. Por eso decía lo de la máquina del tiempo, pues con Bing viajamos mucho más allá de la China desonocida y extraterrestre, sino que vamos mucho más lejos, tan lejos que nos encontramos a nosotros mismos en todos los tiempos, representados en esa esencial figura que se mueve lenta y sin hablar, alejado de la histeria y de la neurosis que infecta a las ciudades contemporáneas (!oh lo contemporáneo, ese gran desconocido¡). Bing no nos muestra un paraíso ni mucho menos, sino un molde interior de lo que somos en realidad despojados de toda la parafernalia que parece que mantiene en pie a la esquizofrenia social, lejos de los artilugios que parecen querer hacernos creer que podemos ser inmortales y ubícuos, cuando realmente, seguimos siendo sólo eso: alguien que recoge mierda del suelo para sobrevivir.
El film es pura ausencia y a la vez, puro barroquismo, me refiero, a un vacío que se ve en cualquier rincón sin dejar hueco a nada más, por eso es un film barroquista y ausente, un film fantasma que filma a un fantasma vagando por un tiempo que le es ajeno. El no es un héroe sino un campesino. Él no es un ejemplo sino una excepción. No es la respuesta sino una pregunta. Él es el dios de su propio mundo y por eso somete a todo y todo se le da.
Hay un momento especial en el film, en cuál el campesino se tropieza con una piedra. Al instante, la coge y le da varios golpes, castigándola con ira. Es el único momento en el que podemos ver su poder, su poder sobre las cosas en un mundo que cree suyo pues sólo está él y porque, de alguna forma, él lo ha inventado todo. Él es un dios y Bing es un filmaker que se transforma en  follower para ver qué ocurre en un lugar cuando no hay nadie. Me imagino a los dos caminando por los caminos desiertos de China y lo que es un film casi metafísico, se transforma en una comedia de autor (¿qué será eso?). Pero eso sólo me lo imagino yo, pues Bing nunca aparece, pues su objetivo es filmar como un fantasma.
Un fantasma sólo puede ser filmado por un fantasma.
Man with no name no es un film triste, ni un film doloroso, sino sólo una existencia desnuda y pueril llebada al grado cero de la parquedad, es un regreso a las cuevas, una profecía troglodita de lo que quizás esté por venir si algún día desaparecen todas las comodidades que hipnotizan y cogelan el espíritu. Se está mejor en el sofá... pero él no tiene sofá y todo es peligro a cada segundo y las estaciones pasan sobre su cabeza sin pasar, siendo su cuerpo una constante que lucha y que dura por sobrevivir un día más en ese extraño lugar donde todas las teorías de Locke y Hume se deshacen, porque Bing filma un hombre que es un hombre a pesar de no vivir con los hombres y que no habla porque no lo necesita y que no llora porque no quiere llorar, sólo quiere recoger boñigas en el camino para seguir muriéndose de miedo en su cueva del desierrto.










viernes, 6 de diciembre de 2013




BURDEN OF DREAMS 
(1982) 

Les Blank


                                            

esta selva, su casa
este río, su camino
este barco su sueño y no va a dejarlo ir
cuarenta grados de inclinación imposible son la única manera de llegar
aquí, la vida y la muerte tan cerca, tan lo mismo
no sabe si vive o si muere
vive y muere cada día
es hoja, barro, yuca, flecha
aquí la naturaleza en su más puro estado: obscena y violenta
quiere parar
la rendición sería dulce
...
sabe que si abandona su barco no tendría sueños
y no quiere vivir siendo una persona sin sueños


Ésto es lo que ella me escribió cuando vió la película. Ella me preguntó, ¿ de qué va? Yo le dije que no trataba de nada, que había un hombre y un barco que se dejaban llevar por el agua. Luego, una noche, metida bajo de la manta -porque no quería saber nada del mundo-, vió el film y escribió el poema. Me dijo: no sé muy bien si es un poema. Yo le dije que Herzog tampoco sabía muy bien lo que hacía, pero que era su vida; de eso se trataba. Ella me dijo que le gustó la película de Herzog. Yo le dije que no era de Herzog, sino de un tal Le Blank, un puto francés al que sólo le interesaba la política. En cambio, a Herzog sólo le importaba el barco y lo que llevaba ese barco y sólo le interesaba coger animales que se ahogan en el río y contemplar las cuchilladas que se metían los indígenas del amazonas vestido con su bañador amarillo, con su acento alemán y balbuceando español. La película podría haber sido mucho mejor, me dijo y yo le respondía que podría haber sido su mejor película, pero no lo fue. Si la hubiera filmado él, creo que hubiera sido su mejor película, pero la dirigió ese francés que tan poco sabe de cine y que tampoco parece saber nada de vivir. Por eso Herzog, cuando habla a la cámara, está curiosamente nervioso y desconfiado, pues sabe que no le graban como el querría; hay cosas que las tiene que hacer uno mismo para que salgan como tienen que salir. Menos mal que el barco no dependía de Le Blank y fue una catástrofe como soñó Herzog desde un principio. Herzog convenció a todos porque sabía que sus sueños le habían hablado de una catástrofe que debía ser atravesada para poder contemplar algo que se pudiera fimar sin verguenza, pero todo fue mucho peor, pues la película que nació de ese rodaje (Fitzcarraldo), acabó siendo artificiosa y fallida. Por eso Burden of dreams es el rastro más honesto que queda de esos años y finalmente es el film en sí mismo que vivió Herzog, aunque no sea del todo suyo, una partícula de todo aquel espíritu de aventura del que estaba poseído su corazón. Pero su corazón le engañó una vez más y en vez de filmar el proceso de subir el barco él mismo y hacer del barco una película en sí misma, -un film que se podría haber llamado EL BARCO-, se dejó llevar por la literatura y la narración y acabó con las manos vacías, o mejor dicho, llenas de barro. Tal vez es lo que él quería, me dijo. Seguramente, le respondí, no tengo ninguna duda. Un proceso superlativo de esta embergadura es muy difícil de pronosticar, me dijo ella, pero él lo sabía antes de empezar, le respondí. Es como la película de Hooper, ¿no? es lo mismo: The american Dreamer (1971). En vez de ser Le Blank, fueron unos tipos llamados L.M. Kit Carson y Lawrence Schiller. Pasó lo mismo. ¿qué pasó? Pues que Hooper estaba en su proceso, en su paranoia y ellos se pusieron a filmar sin ser Dennis Hooper -sin ser la cabeza de Hooper-, sin escucharle del todo y resultó igual. Ese fue su único error. 
Herzog y Hooper viven sus sueños pero sólo ellos podrían filmarlos.
Después de ésto, Herzog filmó un emocionantísimo film llamado Donde sueñan las verdes hormigas (1984) y Hooper su indisciplinada e irregularísima The Last Movie (1978). Las dos valen la pena y tal vez son el resultado de esos precedentes procesos superlativos que se intentaron filmar, dejando ese rastro de leyenda, de peligro, de aventura y de épica, aunque finalmente es filmar algo imposible, porque en realidad, estos procesos no existen más que en los sueños de aquellos que están abiertos para recibirlos. Y punto.
Pero entonces, ¿qué es lo que existe según tú?
Existes tú, bajo la manta, viendo esos sueños fracasar.







http://www.youtube.com/watch?v=DTgzMtdOtpw






miércoles, 4 de diciembre de 2013






LA SILLA
(2006) 

Julio D. Wallovits






¿qué nos dicen las cosas? Todo está ahí para tocarlo y nadie lo prohíbe. Todo está ahí para pasearlo, para comentarlo, para investigarlo. Todo nos habla de alguna manera si se le hace caso, porque todo vive en soledad, en esa intimidad de cama para protegerse del mundo. Todo se amontona en el rincón de la locura y de la estupidez para quitarle el polvo, y por eso, de vez en cuando, nos vemos rodeados por extraños objetos que nos acompañan en silencio, abultando la larga lista de pertenencias que nos hace sentirnos libres, de una u otra forma; aunque secretamente, sabemos que son una jaula.  SOMOS UNA JAULA. Las cosas son el tanatorio de nuestros deseos, los envases de promoción donde metemos nuestras ganas de salir volando de este horrible mundo con cara de orangután al que le salen dos toboganes del pecho porque tiene dos corazones; nosotros sólo tenemos uno.
Julio Wallovits nos regala su pesadilla particular, su oda a la nada y su escalinata de luz de pollo frito con ribetes de existencia, para proponernos el viejo juego de JUGAR. En su cabeza se repite el título de ese diso de Krahe tan cojonudo: Haz lo que quieras. Pues al igual que Krahe, Wallovits está harto del cliché, de la apariencia de lo común, de lo vulgar y por eso se arrima a la poética de Ionesco, de Topor, de Roy Anderson, y estruja la realidad en un pequeño pañuelo industrial –su pequeño soplamocos- lleno de calles que no llevan a ningún sitio, donde todo está atascado y vacío a la vez, donde cada paso, merece una pirueta distinta para sobrevivir y aplacar el suicidio de los días, un lugar donde parece que la muerte ha dejado de existir, para convertirse en un motivo más: ¿puedo ser YO tan eficaz como la muerte?
Al contrario que en su anterior película, la divertidísima Smoking Room,-donde Wallovits utiliza esencialmente el diálogo como una máquina de sucesos- La silla se opone diametralmente, para ser un artefacto de acciones, un aparato donde nada se cuenta, pero donde todo se ve. Nadie dice lo que hace o lo que le ha pasado, sino que lo hace y le ocurre dentro del tiempo del film, allí mismo, obligando al ojo a perseguir las cosas una a una, a reconocer a los cuerpos aislados, a entender las nuevas reglas de esa jaula llamada La silla.
La silla es como el lenguaje de los delfines: nadie sabe qué significa, pero todo el mundo cree que dice algo. Así, Wallovits desarrolla este ensayo abstracto de lo banal, donde la cuestión principal no es entrar o salir, sino ver qué ocurre allí, cómo se vive allí, qué hay allí; es un film dedicado a la curiosidad, la misma, por ejemplo, de Alicia a través del espejo, donde los objetos se rebelan por sí mismos, se deforman en la mente y se transforman en protagonistas que hacen y deshacen las vidas y las muertes de personajes, que finalmente no existen; pero todo existe si se expresa y por eso, de alguna manera, La silla es un sueño baudrillariano, lleno de Sartre y de detectives salvajes que creen en la Ley como en una patata, como en una piedra, como en algo material que reluce y respira (nada muere ni se destruye, sólo se transforma). La silla es un mundo donde todo está a la inversa y bocabajo, donde el bien y el mal son estrategias para vender chismes, donde el amor se infla y se desinfla, donde se pintan las paredes para no perderse, donde nada tiene precio y todo el mundo tira la casa por la ventana, allí donde las cafeterías están abiertas y cerradas y donde sin querer, se celebran NO CUMPLEAÑOS todos los días. Nadie ha nacido aún en La silla, pero todos siguen el guión hasta que salga volando. Wallovits se acerca a Carroll y al postmaterialismo para inventar un avión de papel que se sumerge en el agua para ser un juego.
Un sueño.
Lo horrible se transforma en agradable, pues esa es la magia de Wallovits, un autor donde el humore y el despiste están asegurados como cura al sinsentido y al absurdo irreal del curso de la existencia, por tanto se recomiendo tomar asiento y disfrutar de nuestra propia comedia, pues finalmente, La silla no es más que una estilización profana y bufona sobre nuestra estupidez y nuestra locura; ¿podremos ser algún día tan eficaces como ellas?



domingo, 20 de octubre de 2013






INLAND EMPIRE
(2006)

David Lynch






1[...] Cuando empezamos con Inland empire, no existía nada. Simplemente me topé con Laura Dern en la calle y me enteré de que era mi nueva vecina. Hacía tiempo que no la veía y me dijo: David, tenemos que volver a hacer algo juntos; así empezamos a rodar con una cámara DV.


2[...] un día todavía al principio del proceso, hablando con Laura, me enteré de que su actual marido, Ben Harper, es de Inland Empire, L.A. Estábamos charlando y Laura lo nombró por casualidad. No sé cuando surgió pero lo dije: ese es el título de la película. Por entonces yo todavía no sabía nada de lo que iba a ser la película, pero quería titularla, Inland Empire.


3[...] Mis padres tiene una cabaña de madera en Montana, y un día mi hermano, limpiándola, encontró un álbum de recortes antiguos. Me lo mandó porque era mi album de cuando tenía 5 años, de cuando vivíamos en Spokane, Washington. Abrí el álbum de recortes y la primera fotografía era una vista aérea de la zona. Debajo podía leerse: Inland Empire. De modo que deduje que iba por el buen camino.


4[...]  Trabajar en Inland Empire fue muy diferente. La rodamos entera en video digital, por lo que disfrutamos de un grado de flexibilidad y control sorprendentes. Además, no tenía guión. La escribí escena a escena, sin una pista clara de cómo acabaría. Me arriesgué, pero tenía la impresión de que, como todas las cosas están unificadas, de algún modo una idea acabaría relacionándose con otra. 


5[...] comencé a trabajar con una PD 150. No sabía qué iba a hacer, pero en seguida me enamoré de esta cámara experimentando diferentes cosas para mi web. Empecé a filmar escenas con esta cámara y en seguida me gustó lo que me proporcionaba. Cuando me dije que podía hacer una película, realicé algunas pruebas de transferencia sobre película química y quedé asombrado por el resultado.  Quise continuar con la misma cámara. (...) Lo realmente importante al realizar Inland Empire ha sido filmar con esta cámara. Me permitía estar cerca de Laura Dern y disponer de cuarenta minutos para rodar de nuevo en el mismo lugar. No tiene nada que ver con mi manera de trabajar anteriormente con película.  Hemos filmado durante tres años. En un momento concreto, cuando el conjunto estuvo diseñado, un equipo más grande empezó a intervenir, con un rodaje clásico en continuo. Pero al principio, filmaba con Laura y nadie más. 
Me gusta aún la palabra film, pero no volveré a rodar un film.


6[...] He terminado con el cine como formato; para mí ese cine ha muerto. Si piensas con qué saca ahora fotografías la gente de todo el mundo, empiezas a comprender lo que se avecina.



Inland Empire es un lugar que se ve en una pantalla, un lugar donde está todo lo que eres, todo lo que has perdido, todo lo que serás. Inland Empire no existe, pero se dirige hacia ti para hacerse real de otra manera muy distinta. Inland Empire es una forma para salir de las tinieblas, otra forma de purificar y ver por un agujero, la claridad absoluta. Esa imagen-brecha, es un viaje a través del miedo para atravesar el futuro y llegar a ti, a ese lugar tan profundo llamado Inland Empire donde todos sonríen y bailan, donde todo tiene sentido más allá del sentido, donde un mono salta y una mujer desea, donde las chicas bailan y un hombre corta leña, sólo por una idea: mantener viva la canción.
Eso es Inland Empire: el océano sin regreso donde todo es posible y donde nunca más serás lo que creíste ser, un lugar que solicita un sacrificio de tu parte para conseguir su mapa, una ruta imposible de seguir donde sin duda, te toparás con el pasado y volverás a él para perderte de nuevo y nunca saber dónde te encuentras, hasta encontrarte contigo mismo en un lugar fuera del tiempo. Una habitación, un arma, un asesinato. Un resumen de una vida completa. Una llamada de teléfono. Coge el teléfono, será alguien de Inland Empire que sólo quiere escuchar cómo le preguntas: ¿quién eres? ¿qué quieres de mí?
Inland Empire es la aventura de una vida a través de un rayo de luz que se proyecta en un segundo hacia el infinito y que viaja en él. Allí montados, impotentes, preguntaréis: ¿qué ocurrirá ahora?
Alguien, al otro lado del teléfono os lo dirá:


en el futuro vais a flotar como un sueño.


Inland Empire, una jaula de estrellas recitando sueños,
un lugar que entiendes y que no entiendes.







sábado, 19 de octubre de 2013






LOVE STREAMS
(1984)

John Cassavetes







La vida de la calle, la vida nocturna, la gente solitaria en busca de algo... a veces son incluso más suaves porque no llevan implícito el sentido de la responsabilidad y el dolor. Son únicamente intercambios, pero sin pagar ningún precio. El tema de la familia en conjunción con eso es un drama que toca de cerca la vida de la gente. Es algo que ocurre todo el tiempo, y siempre es cuestión de poder salir de eso una vez que te has metido. La mayoría piensa que la vida de la calle son cinturones negros, látigos, asuntos turbios y sórdidos, pero no es así. Esa vida implica una búsqueda.
La victoria importa menos que la tenacidad. La vida no es un asunto de ganar o perder; de lo que se trata es de seguir trabajando y amando a pesar de todo. Por eso, por extraño que parezca, no es una película dolorosa. Verla es una experiencia bastante agradable. Al menos para mí; me hace sentir que vale la pena vivir. Creo que la gente vive toda su vida tratando de encontrar algo que la haga feliz. Esta película trata de una lucha, de lo difícil que resulta ser feliz, pero, de una manera extraña, todas esas personas viven su vida dentro de un marco de amor. El dolor está en la pérdida de ese amor, pero nada más.


Extractos del libro Cassavetes por Cassavetes 
de Ray Carney












jueves, 10 de octubre de 2013




 SCÉNARIO DU FILM PASSION
(1982)
Jean -Luc Godard





¿qué es lo que ves?
una playa bajo un sol cegador
¿qué podría verse?
lo invisible si fuera visible
¿qué es lo invisible?
la playa
¿y qué te encuentras allí?
te encuentras contigo mismo,
cara a cara con lo invisible
¿y qué es lo invisible?
un movimiento
¿y qué es un movimiento?
algo probablemente posible
¿y cómo sabes eso?
porque lo he visto
¿y cómo has visto lo invisible?
con una cámara y un escenario
¿para qué esas dos cosas?
la cámara crea lo probable, lo posible
¿y el escenario?
el escenario establece la posibilidad
de que acontezca
¿entonces?
dentro de uno sucede algo,
dentro del otro, vuelve a suceder la acción
¿eso es un trabajo?
eso es el amor 
¿eso es el amor?
es el trabajo
¿qué es?
el amor y el trabajo, 
el trabajo del amor
¿de qué trata el trabajo?
de ver lo invisible y describirlo
¿de qué trata el amor?
de ver lo invisible y amarlo
¿eso es la pasión?
la pasión es el trabajo realizándose
¿qué hay que hacer?
primero hay que ver el mundo y
luego hay que escribirlo
¿para escribir una novela?
no quiero escribir una novela,
quiero verla
¿por qué?
porque hay cosas que deben verse 
para saber que existen
¿pero si no se ven?
tú, si quieres, puedes
 inventar el mar
¿para qué?
para vivir en tu playa
¿pero qué es la playa?
aquello que nace de algo 
que se consume
¿qué es lo que se consume?
tú, yo, él, ella
¿entonces, qué queda?
la pasión














miércoles, 9 de octubre de 2013






MINNI AND MOSKOWITZ
(1971) John Cassavettes
PIERROT LE FOU
(1965) Jean-Luc Godard





¿De qué trata el cine exactamente?
El cine es un campo de batalla: amor, odio, acción, 
violencia y muerte. En una palabra: emoción.

Samuel Fuller



En el juego del amor todo vale; en el juego del cine también.
Godard y Cassavettes juegan con el cine para comprender un sentimiento muy concreto, tratado desde un punto de vista casi mágico. Se suele decir: eso son cosas que sólo pasan en las películas y tal vez, en esa simple bagatela, se esconde la verdadera filosofía practicada en los films presentes. Se trata básicamente de estirar la realidad de lo posible hasta el máximo, mostrando su versatilidad, su campo de acción, su velocidad, su melodía, su violencia. Es curioso ver cómo dos cineastas coinciden en desarrollar la idea del amor como romanticismo, y cuando digo ésto, me refiero al término romanticismo como ideología, como bastión de las pasiones, de la expresión, de la libertad.
Tanto Minni and Moskowitz como Pierrot Le Fou, desarrollan los caminos del azar guiados por el amor en un mundo loco -como diría Onetti-, un mundo que no tiene un sitio para ellos, esos personajes perdidos y aburridos en la maraña de lo cotidiano, de la rutina, de la vida pasiva. Así, Godard y Cassavettes lanzan en un cohete de aventura a sus personajes y al mundo en general hacia los campos del sentimiento, de la utopía; a ese mundo de la pareja prácticamente intransitable. Sí es cierto que la película de Godard es mucho más sofisticada que la de Cassavettes, pero es igual de infantil e igual de graciosa y es igual de trágica e igual de feliz, pues finalmente hablan de lo mismo. Sí es cierto que Cassavettes utiliza un estilo más parco, con menos elementos, menos barroco y por eso su film es más engañoso, pues cuando te enfrentas a Minni and Moskowitz, crees que entras en una realidad pura y sucia, pero al correr el metraje, vas descubriendo que también es un sueño, una visión muy parecida a la de Godard, un intento de evasión de la regla dentro de un mundo muy particular donde ocurren cosas que normalmente no ocurren. Por eso es curioso observar cómo ese extraño hiperrrealismo de Cassavettes, se emparenta con el curioso manierismo pop godardiano, siguiendo esa linea del alambre del amor y del cine, de su obsesión por las cosas, de su terquedad y resistencia por mostrarlas tal y como aparecen dentro de ellos mismos, liberando al deseo para que haga lo que quiera donde quiera y todo parezca un cuento de hadas que no siempre es triste, que no siempre es alegre.
Dicen que en entre otras cosas, Godard hizo Pierrot le fou para despedirse de Anna Karina y de un cine que él sabía, se iba a marchar con ella; Godard nunca más volvería a filmar de la misma manera. Cassavettes estuvo con Genna Rowlands toda su vida, pero se cuenta que su relación fue muy atormentada y tal vez, Cassavettes ideó Minni and Moskowitz para que no se le olvidara el amor, para que no se le olvidara -aunque sólo fuera una idea- que el amor puede ser eso, un baile, una persecución, una canción, un hechizo; Cassavettes nunca más volvió a hacer una película parecida. A través de sus formas, los dos filmes afirman que el amor es lo más vital cuando se vive al máximo, es lo más parecido a aquello que llamamos libertad, aunque nunca sepamos qué signica esa palabra y por eso estas dos películas son importantes y por eso estos dos artistas, también lo son.
Godard, hoy sigue encarnando el cine.
Cassavettes ya murió, pero su cine aún late.
Ellos son la sístole y la diástole de la modernidad, un momento que aún no ha terminado del todo aunque lo quieran llamar como lo quieran llamar, pues la batalla sigue siendo la misma y el objetivo debe seguir siendo la búsqueda de la emoción.




















martes, 8 de octubre de 2013






VAMPYR
(1932)

Carl Theodor Dreyer





Cuentan que Julian West fue un vampiro que vivió mil vidas desde que interpretó a Allan Grey. Julian West fue un misterioso actor que no era precisamente un actor, sino un gentleman al que le gustaba coquetear con la muerte de una forma especial. Dicen que Julian West llegó a hipnotizar a traición a Dreyer para que le concediera el papel protagonista de Vampyr, un papel que curiosamente fue el primero y el último de la carrera de West, siendo éste el que le lanzó a la posteridad del cine.
Julian West nació en Paris siendo el Baron Nicolas de Gunzburg, un extraño personaje descendiente de una misteriosa saga familiar de polacos aficionados al satanismo y a los fantasmas. La primera vez que Julian West figuró con ese nombre, fue precisamente en los créditos de la película de Dreyer. Nadie sabe por qué se cambió de nombre ni cómo convenció a Dreyer, pero lo que sí se sabe es que Vampyr marcó inevitablemente su destino.
Después de estrenarse con un rotundo fracaso de público y crítica, Vampyr quedó de alguna manera olvidada y apartada para siempre injustamente. Viéndola hoy, disfrutando de su brillantez y de su belleza, aún no se comprende cuál fue el extraño motivo de su obligada marginación. Después del fracaso, Julian West entró en una profunda depresión y estuvo algunos años desaparecido. Por otro lado, Dreyer pasó una decada sin hacer películas, sin la posibilidad de poder realizar un sólo proyecto personal; Vampyr se transformó en una maldición.

¿cuál fue el motivo que arrastró al ostracismo a estos dos talentosos artistas?

Años más tarde, Julian West se retiró a New York para ganarse la vida como un dandi, junto a un tal Erich Oswald Stroheim, un estravagante buscavidas austrohúngaro. Se dice que entre los dos llegaron a ganar millones de dólares explotando el simple arte de la seducción; era dos expertos truhanes, decididos a triunfar. Se inventaron la boyante historia de que ambos eran barones austríacos de alta alcurnia y bromeaban con el hecho de que por las noches, sobre todo en luna llena, se transformaban en vampiros y castigaban a todos aquellos que no cumplían sus peticiones. Se hicieron muy populares y toda sus compañías les reían las gracias, pero su encanto hechizante y la siniestra forma en que vestían los dos supuestos austrohúngaros, hicieron dudar a más de uno sobre quiénes eran en realidad esos dos tipos. Muchos creyeron la historia de los vampiros.
Pronto, West se interesó por la moda y Stroheim -ya convertido en Von y vistiendo monóculo, uniforme y botas- se empeñó en el cine. A pesar de las advertencias de West, Stroheim intentó hacer películas y así, con su tozudez imperial, llegó a hacer diez personalísimos films de enigmática factura, entre los que se encuentran joyitas como Avaricia (1923) o Queen Kelly (1928). Todas sus películas fueron un enorme fracaso y de hecho, la mitad de ellas, o no fueron estrenadas o quedaron incompletas -por ejemplo, su segundo film: The Devil's Passkey, se perdió incomprensiblemente y sólo se sabe algo de él por alguna nota de prensa de la época-. Parece ser que Stroheim, a pesar de su voluntad, estaba marcado también con una suerte maldita.
Tal vez la culpa la tuvo Julian West, tal vez la tuvo el Diablo (pues ya se sabe que a veces viste de Prada).
Pensado así, el cine puede llegar a ser un tipo de vampirismo (a Ivan Zulueta le encantaba Vampyr), una experiencia hipnótica infundido por la pantalla; una imagen que te roba el alma. Nadie sabe cómo ocurre, pero gente como Julian West sí sabía cosas distintas, sabía secretos de esos que nunca se cuentan y sabía que el cine era la única manera de vivir cosas como su propia muerte, pues sabía que una vez filmado, su rostro podría vivir eternamente. Lo que pocos saben, es que en realidad Vampyr se llamó originalmente Der Traum des Allan Grey o lo que es lo mismo, El sueño de Allan Grey, lo cual parece dar una esclarecedora pista sobre la verdadera intención de la obra. Muchos son los misterios que planean sobre la extraña filmación que Dreyer realizó en 1932, basándose en uno de los relatos de In a Glass Darkly (1872), un librito del famoso escritor romántico Joseph Thomas Sheridan Le Fanu, quien escribió en este libro, uno de los primeros relatos sobre vampiros que se conocen en la literatura. Teniendo en cuenta dicho relato, Dreyer consiguió filmar su propia imagen de la muerte o lo que es lo mismo, conseguir imitar la sensación de verse muerto en una imagen a través del rostro de West. Si se pone atención, se podrá comprobar cómo hay partes de la película que parecen filmadas por  un vampiro volante o un fantasma evanescente y esto no lo digo yo, sino David Lynch, quien siempre ha adorado al cineasta danés y en particular, a esta película. Lynch realizó su homenaje personal a la idea del vampiro filmante, en una de las secuencias más famosas de Lost Highway, cuando la pareja protagonista es filmada por un extraño espíritu mientras duermen en la habitación. Lynch dice que aprendió a filmar el misterio viendo Vampyr (dicen que en los años 80´, Lynch no paraba de ver esta película y que casi se vuelve loco) y que por eso hizo Blue Velvet (1985). Detrás de la puerta de su despacho, Lynch tiene un póster con la cara de Dreyer al que ha dibujado dos colmillos.
No le ha confesado a nadie el por qué (Lynch sabe cosas).
Existen otros rumores acreditados que afirman ésta misma teoría, y que no dudan que Dreyer fue un auténtico vampiro, gracias a lo cuál sometía a sus actores con sus potentes encantos nigromantes, haciéndoles esclavos insomnes y voluntariosos (sólo hay que ver películas como Ordet o Gertrud para darse cuenta de su poder hipnótico). Existe una leyenda en los Países Bajos que explica el modus operandi a la hora de enterrar a un vampiro: simplemente hay que sepultarle bajo una gran roca. Dreyer murió en 1968 y fue enterrado en el cementerio de la iglesia de Frederiksberg en Copenague, inexplicablemente, bajo una enorme roca.
Todo sea una coincidencia.
La transcendentalidad de todas sus películas habla de una naturaleza necrofílica y perversa, que se ha confundido con religiosidad y metafísica, aunque poco más se sabe del tema. El río sigue corriendo. Lo que si se sabe es que durante el rodaje de Vampyr, Julian West hablaba como hechizado, andando sonámbulo por el set. Dicen que Dreyer tuvo muchos problemas con él y que discutían durante horas, pues West llegaba muy tarde al rodaje, casi de noche, sin explicación ni motivo y recitaba pasajes enteros de aquel relato llamado Carmilla de Sheridan Le Fanu. Posteriormente, Julian West se dedicó a la moda y pasó a la historia por ser uno de los mejores especialistas de EEUU en el mundo de la alta costura.
Actualmente no se conserva ninguna foto suya.
Algunos dicen que nunca existió y que sólo se trató de una leyenda de Hollywood.
Otros siguen pensando que es un vampiro y que sigue vivo.
Muchos menos son los que piensan que Julian West quedó atrapado eternamente en el sueño de Allan Grey, lo cual es al menos intrigante.
Si toda esta historia que cuentan es verdad, ¿quién es realmente Allan Gray?
¿Fue su sueño la película de Dreyer?
¿Cuántos sueños conviven en el film?
¿Quién es el verdadero vampiro: Dreyer, Grey, West
o el propio cine?



















lunes, 30 de septiembre de 2013




HUSBANDS
(1970) 

John Cassavettes





Vuelve el cine. Cada cierto tiempo, siempre vuelve y no es coincidencia que las películas de John Cassavettes hagan que vuelva como si se tratase de una invocación fílmica. Cuando todo parece tranquilo y acomodado, cuando las cosas parecen estar claras, aparecen películas como ésta, para recordarnos que el cine en sus formas, es tan infinito como todos aquellos autores que se atrevan a ser ellos mismos. Husbands es un film pletórico de delirio y grandeza, una batidora de las pasiones más bajas de lo políticamente correcto, para destruir toda una imagen de la cortesía social de las relaciones personales. Como se señala en el subtítulo inicial del film, esta película trata de la muerte, la vida y la libertad, pero no indica que también trata, y en mayor medida, sobre la amistad y la locura. Las relaciones personales son una guerra intensa en la que nos jugamos la supervivencia de nuetra propia identidad, de si la perdemos o no, de si somos nosotros al 100% o en cambio, somos más la otra persona con la que se comparte una relación (el eterno dilema). Husbands muestra cómo sólo a partir de la locura, del desarraigo y de la perdida de la consciencia, podemos volver a amar realmente, dejándonos llevar por los instintos más naturales, por la violencia de nuestros actos, por la ridiculez de nuestros pensamientos. Esa parece ser la sola vía que presenta Cassavettes como alternativa por la supervivencia de la felicidad, o sea, la opción del espasmo, de la risa contagiosa, de la canción, del baile, en definitiva, de la pasión por la vida en todas sus formas. La lucha, el empujón, la carrera, el viaje son los elementos indispensables para la llegada de la emoción, ese sentimiento que nos hace estar vivos, haciéndonos capaces de sonreir y de hacer el mono por todas partes, pues Cassavettes no habla aquí de los matrimonios en sí, sino de la liberación del espíritu que vamos perdiendo sin darnos cuenta, de las cadenas cotidianas que nos hacen perder el gusto por la melodía de la vida y que nos llevan al silencio y la desesperación. Husbands es un grito salvaje hacia lo incomprensible, lleno de fracaso y paranoia, un ejercicio de ascesis que cuestiona el por qué de nuestro modus operandi, destacando lo más bello del delirio como cura, dejando una puerta abierta llena de inconsciente y palabrería casi chamánica, de hermosas carreras por las calles, de absurdas peleas en las camas y borracheras eternas y brutales, durante días insomnes sin término. Husbands es una especie de fuga de la realidad para hablar de la realidad, una inmersión etílica que se dirige hacia el final de la noche, en una secuencia que nunca termina ni se deja domar; un lugar donde se dice -por una vez- lo que se piensa y se hace lo que se desea. El film es un deseo desatado del lado masculino de las cosas, que transforma a los hombres en niños y al mundo en un juego. Ya lo decía Godard: ellas tienen más infancia, nosotros somos más infantiles, por ello Husbands puede definirse como una película salvajemente infantil sobre el amor por las cosas que nos importan de verdad, sobre la esencia y los deseos que nos constituyen. Cassavettes invoca a la Libertad para que vuelva el cine, y para que el cine vuelva a colocar sus formas y hacernos sentir que todo puede seguir teniendo vida, si estamos dispuestos a sobrevivir con todas nuestras multiplicidades, dejando a un lado las  adocenadas concepciones sobre la existencia, sobre lo que está bien o mal, sobre lo que se puede o no se puede hacer (es increíble que aún haya gente que crea en la moral como algo verdadero).
Husbands interroga con sus imágenes a todo el status quo del aburrimiento eterno y a la insípida sobriedad que acaba destruyendo el espíritu y el amor que nos constituye, representando así, una especie de conjuro de monjes locos por vivir y sentir que la emoción sigue allí fuera, esperando a que la despertemos y juguemos con ella, aunque sólo sea por un ratito.